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Por
Vero
El Reporte Femenino
02.11.2000
Identidades
Debe ser la falta de entrenamiento.
Es la tercera Copa que vivo.
Levantarse por la mañana y sentir que algo oprime el alma. Pasar horas y más horas de clase esperando el momento que rompa con la rutina. Observar la llegada de la tarde.
Era sólo una cuestión de paciencia. Por unas pocas horas más. Lapso que se vio acortado por una desprolijidad de PSN. Cuando llega el instante en que toda la tensión de esperar se libera, para dar lugar a una ansiedad aún peor que durará noventa minutos, muchas cosas se pasean por la mente.
Césped. Once y once. Brasil. Central. Vasco. Victoria. Empate. Derrota. Se piensa en los amigos que viajaron los kilómetros necesarios para encontrarse, en ese momento, en ese mismo estadio. Y en los amigos que escucharán el partido por radio, desde el trabajo, el estudio, el colectivo. Desde alguna ciudad lejana.
Yo no sé ustedes, pero les aseguro que cada instancia como ésta será para mí un vivo recuerdo del Corinthians. Ambos partidos.
Definición por penales. Ezequiel. El Mono Gordillo. Fatalidad. Afuera. Es un recuerdo amargo. Todavía tengo en la mente la imagen del Monito llorando desconsolado, mientras Iván Moreno y Fabianesi trata de calmarlo. Y el relato, que oí pero no vi, de los rostros desgarrados por el dolor de no poder ser.
La sal trae aridez.
También recuerdo la lesión del Maxi. En Perú.
Y el primer partido de Libertadores.
Hay una mística extraña alrededor de todo este asunto de las Copas... Casi como una realidad paralela. Es el sabor de saberse grande. De explorar nuevos territorios. De probar nuevos desafíos. De expandir fronteras. Es difícil. Pero es hermoso. Cada partido tiene una identidad propia. Y éste que vivimos con el Vasco de Gama no es la excepción. Voy a quedarme con un sonido. La batucada en el estadio. Resonaba. Resonaba. Resonaba. Constante. Sobradora. Enervante. Al ritmo de la batucada, perdimos 0-1. Un ritmo que no se plasmó en la cancha. Porque todos aquellos pesimistas que esperaban un cuatro a cero en contra tuvieron que cerrar la boca.
Pudimos haber empatado. Y, aunque me quedo con esa sensación del “podríamos...”, no estoy desconforme.
Vuelve la Fe Ciega... Ese extraño elemento de la historia futbolera que vivimos y no comprendemos. Ese que empuja a los grandes hinchas a viajar, a poner la radio a todo volumen en el trabajo, la facultad o el colectivo. Ese que debería ser la constante en cada partido de Copa.
El próximo miércoles será terrible... La Fe Ciega sacudirá más que nunca. Y la tensión será mayor.
Tendrá que haber gente en el Gigante.
Hoy se lesionó Romario. La gran leyenda, ícono del terror.
El resultado es remontable.
Cada partido tiene una identidad propia. Y éste que viviremos con el Vasco de Gama no es la excepción.
¿No será, quizás... ...que en realidad habrá recompensa para quienes creemos?
Con probar, no pierdo nada.
Hasta el miércoles que viene.
Quizás sobrevenga el final del sueño. (Corinthians...)
O el principio del milagro.