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La Epopeya de Mayo
Recuerdos de un Mayo otoñal. Dieciséis años pasaron desde aquella tarde soleada y fresca...
- 02.05.2003
Las ansias por partir hacia el sur bonaerense asomaban, con su máxima expresión, en cada uno de nosotros. Casi sin darnos cuenta habíamos cargado en los autos todos los elementos del folclore canalla. Banderas, pitos, cornetas y matracas formaban parte de nuestro arsenal, propio de las fiestas carnestolendas.
Don Tito, su hijo el Colo, Pedro, Hugo, Raúl, Marcelo, Ariel, Julio, mis queridos hermanos Fernando y Guillermo y yo, conformábamos la “punta de lanza” de una multitud pasional y arrabalera que se movilizaba, una vez más, hacia el sur. Partimos bien tempranito.
Once personas y tres autos no hacían un ejército. Once corazones latiendo en “do mayor”, en cambio, podían abatir con una voz de once gritos canallas a cualquier lánguido fantoche figurón acamalado que se cruzara en el camino.
¡Un puntito carajo!... apenas un puntito nos bastaba para reavivar una vuelta olímpica dejada en el Chateau siete años antes. La cosa no era tan difícil. Fácil tampoco. Siempre en un partido final, decisivo, lo inalterable transmuta. La lógica parece, entonces, confundida. El pacto con Dios ya estaba acordado; por la dudas, con el Diablo también.
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El
"grupo de los once" delirando en la tribuna de la cancha de
Temperley |
Como una mezcolanza que viene desde el fondo de las cosas, en medio de gritos casi humanos y de voceos canallas tradicionales, consumíamos el camino. Haciendo gala de inocentes gestos exhibicionistas, aunque poco ortodoxos a la hora de viajar en auto, con medio cuerpo afuera de las ventanillas, banderas en mano, mostrábamos orgullosos los colores de Central al pobre incauto pasajero o transeúnte que se cruzara.
Diez mil es poco. Veinte mil, sí, veinte mil fuimos hasta Temperley. O treinta mil, tal vez cien mil. No importaba cuántos, estábamos todos en esas tribunas semblanteando el panorama futbolero parados en “puntitas de pie” como si de bailar un “pas de deux” se tratara.
Porque llegamos temprano, sólo por eso no tuvimos la necesidad de “hacernos socios” de Temperley, como ocurrió con otros canallas. Nunca en su historia ese club había llegado a una cifra récord, aunque efímera, de asociados como en ese día 2 de mayo de 1987. Toda una canallada.
Aquí en Rosario, en el chiquero, los ahora pingüinos se jugaban una parada más que facilonga contra Deportivo Italiano, con la consabida pretensión de salir campeones. La matemática, cruel en algunos casos, determinaba remotamente tal posibilidad. Pero nosotros, obteniendo un solo y jodido puntito de visitantes, terminaríamos con sus sueños de purretes.
Eran ellos o éramos nosotros... ¡que lo parió! Nada menos. La adrenalina a mil, el sudor canalla esparcido por las tribunas de una cancha que tenía pinta de fueye fogonero y que se estiraba a más no poder para albergar la multitud. No cabía un alma, todo era fervor y confianza hasta que nos embocaron el gol.
Remontamos el frío por la espalda sabiendo que la angustia cadenera se iría a multiplicar si no ganábamos el torneo. No podía ser de otra manera. Por otro lado, no había forma de tomarse un avión directo a Ruanda desde allí y para siempre si era que Central no sacaba ese puntito de mierda. No habíamos previsto tal posibilidad.
Un aliento ultratúmbico bajaba desde la canallada en pleno, que condensaba en el alambrado olímpico la misma y antigua saliva quijotesca de mil epopeyas similares. ¡Vamooooo Centraaaaal carajoooo!. ¡Sooooy canallaaaa...sooooy canallaaa, canalla yo sooooooy!
Los transistores, a través del broadcasting, anunciaban un fácil triunfo de los no bautizados aún pingüinos. ¡Quehijodemil...!, ¿cómo puede ser que estos lepro...?. ¡Vaaamoooo Centraaaaal carajoooo!
Cada vez que lo recuerdo se me pianta un lagrimón hermano... un lagrimón. El arco de la gloria y del honor centralista esperaba impaciente a nuestra derecha. Cuando de repente, una pelota cachirusa puesta por el Pichi Escudero en medio del área de ellos, empecinada y terca, termina estrolándose en la mano inocente de un celeste defensor.
Nadie, excepto Espósito, vio nada. El archiconocido y estrambótico grito de ¡penaaaaal!, típico en jugadas como ésta, nunca se escuchó. El silbato, en cambio, trinó en los aires del enmudecido estadio malandrinesco y un dedo acusador y rígido señaló el manchón blanquecino pintado sobre el escaso césped dentro del área.
¿Qué cobrás hijodemil...?, ¿penal?, ¡penal, cobró penal para nosotros! Sí señor, fue penal yo lo vi, una mano grande como una casa. ¡Penaaaaal!. ¡Cobró penaaaal! Ya faltaba menos para que todo termine, poco, muy poco y ese puntito de mierda que no podíamos lograr estaba ahora en el pie derecho de...El Negro Palma.
Vamo´ Negro querido todavía..., Dios te salve María..., Vos viejito que lo mirás desde arriba no permitas que..., ahora o nunca la puta que lo parió..., Padre nuestro que estás..., es lo último que te pido Diosito..., Mama haga fuerza desde el cielo..., cuánto barro que hay la recalcada conch..., pisá fuerte Negro por favor no te “refalés”..., a la derecha, tiralo a la derecha..., a la derecha no, fuerte y al medio..., tocala suave a un palo y a la mierda... no me fallés en esta Negro, Tordo querido, Chaco puede..., ¡vamo´ Chaco todavía!.
El Negro Palma, seguro de sí mismo, puso la pelota sobre lo que quedaba del manchón blanco. Retrocedió unos metros, esperó paciente que tronara el pito, miró fijamente los gajos de la bocha y tomó carrera. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíri... ¡¡¡¡¡GOOOOOOLLLLLL!!!!!. Delirio, ¡GOOOOLL!, más delirio, ¡GOOOOLL!, éxtasis, ¡GOOOOLL!, desparramo, locura, quilombo, ¡¡GOOOOLL!
Diez, doce, quince escalones más abajo, fuimos a parar todos juntos y apretados como libros en biblioteca. Me abracé con un pelado bigotudo, ilustre desconocido que casi me ahorca. Un señor de “lunga caravana” con las sienes de plata y las suelas gastadas, mirando al cielo gritaba: ¡Gracias Ema, gracias Ema!
La pelota entró como pidiendo permiso entre las gentes de una “yeca” adoquinada y sin salida para anidarse y morir enterrada en el fondo de ese bendito arco de la derecha. El puntito ya no era más de mierda, era de oro. Te lo juro, de oro.
Pitazo final y a cobrar. A otra cosa mariposa. El carnaval canalla desató, entonces, todo su fragor y su vómito de lava. Cuatro días locos que íbamos a vivir. Entre mis ropas, envuelta en su bolsita de nylon, adrede, llevé escondida desde Rosario la bandera auriazul con tres estrellas que compré en el Chateau en aquella final del ´80, cuando me dañaron el Fiat 1600 de un piedrazo, y que sólo la desplegué una vez finalizado el partido con el campeonato en casa. Cábalas que le dicen.
El regreso soñado, otra caravana de la locura; esta vez sin el estéreo del Colo, robado tras reventarle los vidrios de su cupé Renault Fuego blanca. Don Tito, que ahora está en el cielo, sabe bien de qué hablo. Pedro, un amigo entrañable que hace muchos años ya no veo porque el destino lo llevó lejos de Rosario, seguramente estará memorando ese día. Con El Colo, mis hermanos y los demás nunca permitiremos que falten las oportunidades para recordar con nostálgica emoción aquel Mayo Otoñal del ´87.
En el parador de Ramallo, entrada ya la noche, nos estaban esperando los “sánguches” de milanesa con vinito tinto para festejar. Sobre la mesa, con un fibrón azul prestado y con los ojos salpicados por una llorona alegría oronda y compadrita, dibujé prolijamente la cuarta estrella en mi bandera.
Aún conservo mi bandera de la suerte, claro que sí. En el centro, sobre una de las franjas amarillas dice, simplemente: “Gracias Central”.
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)