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Si hay un rasgo argentino es el éxito como obligación...
- 03.07.2004
Todos esperamos ganar la Libertadores, obtener más títulos y campeonatos o, al menos, seguir clasificando para tener acceso a disputar las copas. Se trata de un manifiesto sentir y deseo característico del mundo canalla, especialmente a partir de los setenta.
Para alcanzar estas metas, muchos apelan a los más variados métodos cabalísticos. Aparecen en escena las plantitas de ruda macho, las cruces de sal, el uso de la misma y sucia remera descolorida, la precisa ubicación en el exacto lugar de la platea donde ganamos la última vez, el pie izquierdo apoyado todo el partido siempre sobre el mismo para avalanchas detrás de la cabecera norte, evitar caminos alternos para llegar hasta el Gigante, calzar las “zapatillas de la suerte”, no olvidarse poner el maltratado pañuelo anudado en el bolsillo derecho trasero del jean, etc.
También -como es lógico- los socios y simpatizantes esperan observar claras muestras de administración honesta y eficiente de parte de los directivos de turno. Depositan toda la confianza en ellos y le dan un plus de garantía de “no injerencia” hasta pasado el primer tramo de gestión. Pero... ¿cuánto tiempo dura ese primer tramo?
No en todos los casos es igual de prolongado. Depende de muchos factores que siempre hay que tener en cuenta. Por ejemplo, el estado en que se recibieron las finanzas; los compromisos contraídos con anterioridad; la premura o demora en la conformación de los equipos de trabajo; los contratos firmados oportunamente y que “siempre” hay que respetar; las propias capacidades de gestión; la férrea y -a veces- cruel oposición de los incapaces; los fútiles y obsecuentes “lameculos”; los interesados en denostar sin aportar; los interesados en aplaudir sin entender; etc.
Cuando -a criterio de la masa- el éxito se retarda, tanto en lo deportivo como en la administración, sobreviene la impaciencia, el estallido... la bronca. Parecería que el meollo no es el éxito propiamente dicho sino su pronta aparición que satisfaga la impaciencia. Se pretende que el éxito asome como “por arte de magia”; con facilidad y sin esfuerzo previo. Tiene que ser hoy.
Como una cuestión que yo llamaría patológica, se dicen y hacen cosas propias de verdaderos enemigos que, al parecer, están unidos por una misma bandera. Insultos, peleas, agravios, epítetos, injurias, cobardes “panfleteadas” y hasta la imputación pública, lisa y llana, de la comisión de delitos, con las consecuencias que ello podría acarrear. Se provoca con esto, una situación que confunde al grueso, opera a favor de unos pocos y, probablemente, pocas veces tiene en cuenta los intereses del propio Rosario Central. Todo esto, claro está, con una absoluta falta de pruebas en la mayoría de los casos.
Se insulta al otro sin siquiera conocerlo, sin saber de su historia, de su pasado y de su relación con el club, en nombre del cual, reclaman y acusan. Lo peor, lo triste, lo paradojal es que son todos componentes de una misma pasión: Central.
Los argentinos -incluidos los canallas- no sabemos debatir, hay que admitirlo. Me cuentan que en otros países, en especial Europa y EEUU, suelen decir que un argentino solo es muy trabajador y creativo, hasta sumiso y obediente, pero que dos argentinos juntos son un desastre. Debemos aceptar definitivamente que el secreto está en aprender a “sentarse en la misma mesa”. El rasgo es el éxito como obligación. No importa cómo se logre; por derecha o por izquierda. Honestamente o utilizando arteras artimañas non sanctas. Si el éxito asoma, los responsables somos todos; si, en cambio, aparece el fracaso como resultado final, es probable que nadie lo asuma como propio. Un hincha de Boca me dijo, luego del partido final por la Copa Libertadores: “...ya está, el ciclo Bianchi ya se cumplió”. Me resulta difícil de creer que algunos ya piensan en el “descarte” de Bianchi después de tantos éxitos.
Y Central está en el medio de las batallas, sufriendo las heridas y esperando pacientemente por la unidad; si no de criterio, al menos de acción conjunta en procura de una misma meta.
Cuando nos fallan las cábalas y cuando sobreviene el fracaso deportivo, aparecen las otras cuestiones que acortan el camino hacia la violencia, hacia la agresión mutua.
No se puede esperar al éxito, esa es la cuestión. Es una vergüenza, parece denigrante no tenerlo ya.
“Buqui” Vatalaro
Secretario de Cultura C.A.R.C.