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Por
Buqui Vatalaro
Rosario es una Mina...
- 03.12.2002
Rosario es una mina de las buenas. Mete violín en bolsa y encara la vida cotidiana, poniendo su pecho gringo apuntando hacia el sur que, para ella, también existe.
Sube y baja de los tranvías de antaño tropezando con el empedrado de sus calles mortecinas. Por las tardes acaricia el alma de sus días con bochorno inusitado, hasta extasiar su empecinado interés por el retorno a su grandeza. Rosario tiene sueños de mágicos zaguanes con temblor de besos largos y una mano canalla que la acaricia sin pedirle permiso.
Rosario es una mina que recibe en cada ochava la promesa de un cantor, el perfume de sus barrios adolescentes son el colmenar de un tango vivo con aroma a yerba mate.
Rosario es una mina de tiempos lindos que fueron de otra ciudad imaginaria, con silbidos y melodías de fútbol, tango y arrabal. Tiene su boca entreabierta respirando recuerdos, como su mente encendida para que el olvido no pueda jamás con ella.
Los muchachos de la barra de la noche, en la esquina, sueñan con un Rosario campeón de cien jornadas victoriosas, pretenden sus manos y sus penas. Porque Rosario es una mina con penas largas, empecinadas en no dejarla de lado.
Rosario es como un tango de Discépolo, en Pichincha mezcla biblias y calefones, mostrando una vidriera escandalosa que orgullo inspira. Rosario descorre sus cortinas, se desnuda. Es una mina que nos rescata del mundo de los ciegos, de los sordos y de los necios; tiene siempre el alma encinta para que su gente balancee sus emociones esperando el comienzo de una disputa para aplaudirla y saludarla jubilosa.
Rosario es una mina de la ciudad que se le fue de las manos. La ciudad que se alcanzó a amasar con su arcilla azul y oro, debió partir hacia el mundo, temprano, al alba, con una pequeña maleta de sueños y otra muy grande de recuerdos. La ciudad le pone luces de neón a la vida, calentando con el símbolo auriazul de su divisa las frías madrugadas domingueras.
La ciudad es una jaulón de baches y asfalto, de una garúa de antenas y plumas de gorrión. Hoy su gente está triste, preocupada, y su arrabal canyengue ensombrecido por un fantasma que ya conoce y que la visitó en el ´85. Pero ella, con su pasión infinita, pone una grúa sobre sus penas auriazules y alza un puño fastidioso y enojado que reserva para tiempos mejores.
Rosario es una mina a quien mojan las aguas de sus playas, deja sus besos en el río y, cuando se harta, entra a orejear un caracol marinero; y hasta el amor, el pan y la baraja de la suerte la trampearon con mentiras de colores.
Pero Rosario es una mina valiente que busca madrugadas fabriqueras. Manotea entre las llagas, en el amor, en la amistad que no se paga y en esa bronca que la une con cualquiera.
Rosario es así, persigue la ternura, entiende su locura, le hace muecas al dolor de ya no ser protagonista, bajo esa luz eterna que le dura. Empecinada en el aguante, nació como el fútbol, o como el tango mismo: retobada, tiene el orgullo erguido de no doblegarse, de saber que nadie, nunca más, le venderá un buzón.
Rosario es una mina que sabe vivir a los saltos, pero siempre cae parada como una gata que reza un credo por las tardecitas sentada en un balcón azul y amarillo. Muchacha de sangre rebelde por las noches, empecinada en parir sus días al alba.
Rosario es una mina que a los barquinazos aprendió a cantar, a gritar un primer gol, allá por el 1889. Cuando cree en alguien se le pone al lado y si está jugada, no se vuelve atrás. Confía en sus brazos y en lo que ellos pueden dar; de su lado izquierdo, a menudo, se cae a pedazos; ella tiene ojos que miran de más porque un corazón impertinente y “Gigante”, le abre los párpados cada domingo a la vera del río.
Rosario es una mina cuerpeando la mala, con pesas que pesan, con dolores que duelen. Le costó sus golpes conservar el rumbo pero no aflojó jamás. Ella es entera, conservada en un sola pieza de noble material forjado en fraguas calientes de un tal “Barrio de Arroyito”.
Hay un sol argentino que la ilumina y un pecho caliente con mil pulmones y rayas verticales, le incendia los labios para protestar.
Rosario es una mina con ecos cercanos de voces que fueron bohemias de antaño, y entre todas esas voces... la mía.
A Rosario la pincela un Central de recuerdos, de proezas canallescas y de amores impertinentes que prolongarán 19 fechas la agonía.
Hoy Rosario es un corso a contramano, alternando bombitas azules y amarillas que nos encandilan para que podamos “despertar a tiempo”.
A Rosario la habita aquel tiempo, su refugio fiel...pero también éste.
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)