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- 04.03.2003

Y fue así nomás, como te digo, igual que un “naranjo en flor”. Fue como el regreso a una eterna y vieja juventud bien canallesca, cuando fui uno más entre decenas de miles, un protagonista de no pocas tardes de gloria, allá por los ´70 y que hoy abriga mi dudosa memoria de diez lustros.

El domingo en La Plata, madre de inexplicables diagonales, me descubrí súbitamente sentado en una silla de plástico blanco torpemente fijada sobre un testimonial tablón de madera reseca. A un lado, sentado Gastón, un porteñito demasiado canalla, con ojos deslumbrantes, empecinadamente convertido en un querubín delicioso, con un loco metejón por una sola y enorme chifladura: Central, no cesaba de alentar al nuestro.

Ubicado a la derecha de nuestro máximo Prócer, nada menos, sentí bajo el sol intenso del estío y en lo profundo de mi ser, que se abría nuevamente el arcón canalla de los recuerdos polvorientos; estaba viviendo el momento previo a esa siempre esperada y temida regresión a la adolescencia y a la juventud que, sobre el último pitazo, estallara luego como un fuego azul con llamas amarillas.

Estacionamos el auto en el bosque. Tuvimos luego que desandar con relativa prisa el camino que nos separaba de la entrada a las populares visitantes, zigzagueando entre las gentes, entre esa solemne canallada que asombra  tanto y que encurdela hasta a los tibios, sacudiendo los trapos donde garuaban eufóricas gotas de sudor bien de acá, de la ribera rosarina.

En medio de vítores y aplausos disfruté del sabor de sentirme amigo de “El Aldo” y comprobé, aunque tarde ya, por qué su piel siempre se eriza y sangrentea como la vendimia de su vino perenne en el paladar de todos nosotros, sus súbditos terrenales. El amor por el Aldo sigue trepando las barrancas y una cureña de organitos de la calle acompañan los eternos estribillos: “Aldo Poy, Aldo Poy el papá...”

Mastiqué los recuerdos saltando como un tramposo muchachote en aquellas populares visitantes cuando joven, y no tan joven, preludiaba un berretín de triunfos y de glorias centralistas. Y fui uno más entre miles. Anudé mi empapado pañuelo celeste y blanco sobre mi cabeza y, de ahí en más, ya no me importaron las formas ni el pudoroso recato, aunque rechacé la idea de quitarme la camisa y revolearla enérgicamente sobre mi cabeza.

El sol canalla, estrambótico, que anida desde siempre en mi pecho, me freía más que el sol celeste. Estábamos todos mimetizados en un poco recoleto repiquetear de lunfardos coloquios tribuneros: ...¡vamos Central carajo!. Si hasta un ángel en chancletas, pelado, con una sonrisa ancha, alentaba trepado a  un alambrado celestial envuelto en una estola de nubes que decía: “Rucucu es un Canallón”.

“¡Chelito: pará de emocionarme!”, recuerdo haberle vanamente gritado desde la platea, temiendo que el zurdo se me tiña de un delirio sumamente peligroso. “¡No te vayas nunca Petaco!”, vociferaba con una nota que desafina sobre la mufa de saber que ya no es nuestro. Uno, dos, tres y hasta cuatro explosiones enrostré insolente, casi furioso, en la propia cara del putodio cicerone, en una tarde más, entra tantas otras vividas, de procaz retreta brava.

La tarde fue cayendo, el viaje de regreso a la Capital Federal ya era un hecho. En el interior del auto de Adri, con Aldo y Gastón, poquito a poco se iba convirtiendo en parsimoniosa alegría todo el eufórico sainetón de otro cuatro a cero.

Regresé, paulatinamente, a mis cinco décadas y volví en mí otra vez. Feliz, dichoso de haberme involucrado en otro festejo loco, centralista y pasional que remedó virósicos tiempos idos.

Casi llegando a Buenos Aires, todavía en la autopista, me quité el pañuelo de la cabeza, lo desanudé y guardé prolijamente en el bolsillo trasero derecho del pantalón y, como un viejo taura partícipe de mil tardes futboleras, fui sintiendo piedad por aquellos que nunca pudieron libar las mieles de esta auténtica chifladura que es la pasión canalla.

Más feliz en este día, porque mi antiguo Central desnarcotiza todas las proas y porque mi eterna y vieja juventud nunca me ha dejado acobardado.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)