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Buqui Vatalaro
Para Ser un Canalla
No te bastó sólo con curarle el asma al bandoneón...
- 04.07.2003
Tan grande como tu genio fueron tus sueños y mágicos tus dedos. Provocador de mil rencillas cotidianas. Asustador profesional de autores pacotilleros que terminaron peleados entre sí. Hiciste con la música popular ciudadana, el tango, una cuna de acordes nuevos, maravillosos y finalizaste tu tarea metiendo a todos dentro de una bolsa de gatos. Canalla.
Te paraste como un cinco. Ocupaste el centro del escenario para nunca más dejárselo a otro. Cinco eterno. Distribuidor del juego. Le quitaste la pelota a los demás tangueros y te adueñaste de ella para siempre. Como si fuese tuya y nada más.
Un coro de mil Salieris gritan, hoy, su desconsuelo. Canalla. Trituraste a los mediocres utilizando tu mejor argumento: estudiar música. Hiciste que se herrumbraran los atriles más añosos y farandularios. Inventaste la teoría del “nunca más un bodrio musiquero”.
Rescataste
del mundo de los sordos a nuestros oídos resignados y conformistas. Extendiste
tu mano salvadora para recoger nuestros restos del interior del pozo de los
mediocres. Imponente, siempre de pié, vestido de negro, orondo, vivaz y “burlantero”
zapabas el “fueye” mirando de frente a un público extasiado, incrédulo. Mozart
Milonguero te llamó un antiguo “Duende” con pañuelito al cuello y flor en
el ojal, sabio, y también canalla, que provino desde el más allá del Río de
la Plata.
Prócer también, como el Aldo. Metiste un gol de antología que luego, tu público, se encargó de eternizar. Con qué impertinente coraje le dijiste adiós a Nonino; llamaste porteño al invierno; llevaste a cabo una fuga misteriosa hasta hoy no comprendida; le tocaste a María, impúdicamente y sin permiso, una operita. Vanguardista como pocos, si hasta los pájaros se te volaron, canalla, y se te perdieron.
Una vez y para siempre decidiste entrar a la cancha de los teatros a jugar el gran partido de tu vida, contra los detractores y los mediocres, y lo ganaste por goleada. Le quitaste las ganas a todos aquellos exitosos músicos, compositores e intérpretes milongueros populares de antaño para metamorfosearlos cruelmente y convertirlos, a sabiendas, en simples “rascadores de tripas”. Mirá que sos canalla, eh!
Si hasta te hiciste odiar por los ineptos y disfrutabas con ello. Compadrito y burlón como el tango mismo. Conquistador del mundo de la cultura y de la música grande. Argentina, tu país, te debe una y mil partidas. Ella ahora espera por tu regreso triunfal habitando en un sideral compact disc, para instalarte definitivamente en el centro de la escena de la música popular y ciudadana.
El Viejo Piazzolla, el tuyo, el mío, el nuestro; canalla empedernido en lograr torcer todos los brazos. Provocaste la rotura de mil partituras endebles, vacías de fusas y semifusas. Pescador de sueños y de escualos, si hasta parecés un “miembro de la OCAL”. Te mofaste, sí, te mofaste del pobre talento de los necios y de los improvisados. Sacando pecho te impusiste, como el Gigante que “sos”, frente a los enanos que, además de odiarte, te admiraban azorados y escondidos tras bambalinas, lamentando no poder emular tus “fechorías bandoneónicas”.
Por estos días, un millón de chiquilines con ramitos de rosas te hacen ronda cerca de algún Bachín, allá en el cielo, abrazando un semáforo celestial que se enciende y los ilumina con tres luces, obviamente celestes. Y ese loco que una vez inventaste y que no para de saludarnos con su medio melón, que vemos todos los días esconderse detrás de los árboles de las calles de mi ciudad, siempre nos recuerda que estamos vivos. Como viva está tu música “Hado de las Fusas y de las Corcheas”.
Ahora, que ya tu materia no nos pertenece, Dios ha dejado de soñarte. Ahora, que ya sos parte del elenco estable de un teatro sideral colmado de ángeles que no cesan de aplaudir, siento que te extraño mucho. Por eso te reivindico en este día, querido Astor, y te agradezco haberme rescatado a tiempo del submundo tanguero y musical en el que estuve, alguna vez, inmerso.
A vos te debo este ensueño de poder escuchar, todos los días, la más maravillosa melodía canallesca, canyengue y arrabalera que me legaste. Porque me llenaste la vida de notas amigas de las leyes de la melodía, la armonía y el ritmo.
Tus dedos, blancos como las teclas de tu piano y de tu “fueye”, llevan consigo y guardan para siempre las tres “d”. Juntos con Dedé, Diana y Daniel: tu obra cumbre.
Astor Piazzolla, canalla y malandrín. Te prometo que, alguna vez, te haremos una misa rea en la tribuna más popular de todas: la tribuna canalla. Porque yo también en este día medio tristón estoy sobrado, como vos, por la tarde tanga y fría de un “Invierno Rosarino”.
Mi pequeño homenaje a Astor Piazzolla al cumplirse, hoy, el undécimo año de su “penúltima canallada”.
Permítaseme afirmar: considerado el más grande músico argentino de todos los tiempos. Menos en Argentina, claro.
Así somos.
“Buqui” Vatalaro