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Angelito Labruna, conductor del primer título de Rosario Central, en 1971

Por Buqui Vatalaro

Preanuncio de Un Estilo Ganador

La llegada de Angelito Labruna y el primer gran título de campeón...

 

 

 

 

“Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lousteau” solía repetir mi querido padre, como rezando un rosario, cuando llegaba esa mágica hora de un encuentro a solas con él para enseñarme “las cosas del fútbol”, como solía decir.

“Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla” eran apellidos que también abundaban en su voz de tango y de fútbol a la hora de mencionar una delantera completa de cinco jugadores. O cuando se le encendía el rostro con ese brillo especial que solamente lo provoca Rosario Central, entonces recitaba orgulloso los nuestros: “Vilariño, Funes, Bravo, Aguirre y Marracino”.

“Los hubieras visto jugar Buqui, los hubieras visto”, me decía papá con una mueca de respetuoso desdén para con el fútbol que vino después. Tanto el “Charro” Moreno y Angelito Labruna, dos excepcionales “insides”, uno derecho y el otro izquierdo, de hace muchas décadas estaban en las retinas de todos los amantes del buen juego por aquellas épocas. Ni que hablar de Don Vicente de la Mata, el querido “Capote”, charrúa él o de Arsenio Erico, goleador de pura raza guaraní. Pero a la hora de “sacarse el sombrero”, papá no lo dudaba y entonces me hacía una referencia inolvidable del “Torito” Aguirre o de Rubén Bravo. “La gente iba a ver el enfrentamiento Aguirre-Perucca, no te miento hijo, más que ver un Central-NOB querían verlos a ellos dos frente a frente”, aseguraba papá en cada uno de sus accesos de emocionados recuerdos de antaño.

Por eso, cuando Angelito Labruna se hizo cargo de la primera división canalla, la excitación de mi padre, como la de tantos otros de su edad, por entonces, parecía no tener límites. “Ojalá pueda hacer jugar a los pibes de la misma manera y con la misma convicción con que jugaba él”, se les oía decir, como una imploración divina, a los “viejos” centralistas cuarentones de los ´70.

En 1971, los directivos auriazules -con Vesco a la cabeza- buscaban contratar a un técnico con alma de campeón, con vocación de campeón. Timoteo, mientras tanto, seguía trabajando y produciendo jugadores en las famosas divisiones inferiores. Llegó así la 25º fecha, ocasión en la que Central debía hacer un riesgoso viaje hasta La Plata para jugar contra Gimnasia, ambos muy necesitados de puntos.

Fue el 27 de junio del ´71 y ese día debutaba en la dirección técnica auriazul nada menos que Don Ángel Amadeo Labruna. Sí, Angelito Labruna, aquel “inside” izquierdo del que todo el mundo hablaba maravillas. Fue un partido memorable porque, desde el comienzo, Central anunció sus nuevos propósitos, sus ganas de ganar, de luchar por los dos puntos. Aldo y Villagra en dos ocasiones y Carrascosa la restante, lograron un premonitorio 5 a 4.

Justamente después de esa fecha, una serie de encuentros internacionales afrontados por la selección nacional marcó una inactividad de algo más de un mes, suspendiéndose el Campeonato Metropolitano en nuestro país. Central aprovechó el receso para realizar una más que interesante gira por el exterior y Angelito para conocer más a fondo a sus jugadores. Nuestro primer equipo jugó nueve partidos amistosos repartidos entre Perú, Guatemala, Honduras, El Salvador y México, perdiendo sólo el primero de ellos 3 a 2 contra un combinado de los equipos de Alianza y Deportivo Municipal de Lima.

Finalmente el “Metro” lo encontró con 34 puntos, en mitad de tabla. Pero Angelito, ya en la antesala del Campeonato Nacional ´71, había provocado en el seno del plantel otro espíritu, otra mentalidad, con la que muy pronto se identificó la hinchada centralista: Angelito quería salir campeón.

Y aquel Nacional que se inició el 5 de octubre, fue una fiesta. Te lo juro hermano canalla, una fiesta. Yo apenas pincelaba 19 pirulines. Imaginate cómo estábamos todos los centralistas, viejos y jóvenes canallones, esperando el primer título grande en la historia de los clubes.

Iniciamos, desde ese mismo día de octubre, un verdadero jolgorio que alcanzó su cumbre máxima la noche del 22 de diciembre en el Parque Independencia en aquella final contra San Lorenzo. El “siempre triste” parque, el rosedal, el laguito, el palomar, hasta el hipódromo y los demás clubes usurpadores de tierras fiscales, la Av. Pellegrini, el Monumento, la peatonal y todos los rincones de esta bendita ciudad sin fundador fueron, entonces, un corsódromo gigante de dos colores donde desfilaban las comparsas más canallas y se daba riendas sueltas al carnaval más fabuloso e increíble de nuestra historia rosarina.

Ante el delirio de la mayoría y la envidia de unos pocos, esa noche los inolvidables “Chango” Gramajo y “Pato” Colman, de la mano del más grande: el Aldo, junto a los demás jugadores, nos regalaron el primer título de campeón.

Rosario tuvo, al fin, y de la mano de Angelito Labruna, su primer y verdadero carnaval. Sin el Rey Momo y sin el Poeta Aragón, a ese carnaval lo hicimos todos nosotros en cada calle de cada barrio rosarino, en cada reunión, en cada fiesta de cumpleaños, en los cines, en las discotecas, en los picaditos sabatinos y en cada uno de los encuentros con amigos. Si hasta hicimos que se agotase la lana azul y amarilla en toda la ciudad usando, todos los días, gorritos y bufandas tejidas por las manos de nuestras mamás y abuelitas que, no te miento, no daban abasto a los pedidos.

Por una rara ironía del destino, el hombre que mucho había hecho para ver alguna vez a su querido Central campeón, dejaba este mundo apenas unos días antes de iniciarse el campeonato. Don Adolfo Pablo Boerio fallecía el 24 de setiembre de 1971, quince días antes de que Central iniciara su triunfal campaña con Angelito a la cabeza.

La “Paloma Inmortal del Aldo”, construida junto con el entrañable y eternamente amado Jorge José “Uruguayo” González aquella tarde inolvidable del 19 de diciembre, curiosamente en el mismo estadio donde se luciera “La Máquina” de “Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lousteau”, en el mismo arco vulnerado tantas veces por Labruna tiene, sin dudas, y tendrá siempre, la sonoridad de un organito, de un laúd y de un bandoneón trasnochado que proviene, sutilmente, de atrás de las cortinas del cielo desde donde el querido Angelito nos mira jugar todos los domingos.

Porque él también es un canalla.

Homenaje a Don Ángel Amadeo Labruna


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com