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Por
Buqui Vatalaro
El Dirigente que Yo Quiero
De la pasión a la razón. Dirigir no es para cualquiera...
- 09.07.2003
Voy a partir del análisis de la dirigencia que tenemos para llegar a determinar la dirigencia que queremos. Todo ello está basado en la consideración, fundamentalmente, de los “recursos humanos” disponibles, anteponiéndolos a cualquier otra cuestión y dándoles prioridad sobre el resto de la problemática que luego, llegada la ocasión, se analizará convenientemente en estas columnas.
Es así que aporto, humildemente, algunas consideraciones personales para dar y abrir una opinión al respecto. No participo activamente en ninguna fórmula partidista, es cierto, sin que ello signifique, a mi juicio, desentenderme absolutamente del problema electoral que se avecina en mi querido Central. Pero, como socio y vitalicio, sí formo parte de la organización que pretendemos “mejorar”.
Desde lo estrictamente empírico creo conveniente advertir que no todos los dirigentes -cada vez más proclives a caer en tentaciones marginales- las terminan concretando. En las actividades humanas, como en todo orden, siempre dirán presente los buenos y también los malos. Los idóneos y los incapaces; los justos y los arbitrarios; los honrados y los impúdicos.
El buen dirigente de Central, sin dudas, deberá comenzar poseyendo ciertas acreencias en su haber. En primer lugar deberá sentir honrosa distinción de pertenecer al Club Atlético Rosario Central. Para ello tendrá que conocer, como una obligación insoslayable, la “Historia de Rosario Central” y valorar las condiciones positivas de todos aquellos directivos que lo antecedieron en todos los tiempos; sin venganzas ni revanchismos mediocres.
Será fiel y puntual en el desempeño de sus funciones porque es una condición primaria que distingue a los hombres honestos y eficientes de aquellos inhábiles y corruptos. Por eso, el dirigente que yo quiero deberá asumir la responsabilidad de velar por la continuidad y grandeza del club que dice amar tanto como yo.
Defenderá la cultura canalla, respondiendo a la idiosincrasia de todos y cada uno de los socios y antepondrá seguridad en la toma de las decisiones para poder canalizar la energía de la fuerza en el control de las acciones a llevar a cabo.
El dirigente que yo quiero en Central deberá aceptar los propios errores -que seguramente cometerá- proponiéndose revertir conductas equivocadas. Esa actitud lo habilitará para exigir respeto por Central, respetándolo él primero. Cumplir las misiones encomendadas por la masa societaria con elevado espíritu de servicio demostrando valor y actuando con templanza en situaciones imprevistas, lo convertirá en el paradigma del dirigente moderno del “Tercer Milenio Canalla”.
Tendremos, en poco tiempo, la inmejorable oportunidad de acceder a las urnas. Los cambios que se avecinan, o al menos los cambios que pregonan los candidatos, forman parte de ese discurso que yo quiero escuchar y creer definitivamente. Con distintas palabras, timbres de voz y rimbombancias, todos dicen lo mismo: “por un Central sin deudas, por un Central sin juicios, por un Central campeón, por un Central con distinguidas divisiones inferiores, por un Central con 50 mil socios y, en definitiva, por un Central más grande”.
¡Patrañas!, pensará más de uno y no lo culpo, porque todos los socios, al menos una buena parte del “anémico padrón”, estamos bastante decepcionados desde hace ya mucho tiempo. No obstante, siendo joven aprendí que el optimismo y la esperanza en un futuro mejor prohijará costumbres diferentes y actitudes nuevas en beneficio de los intereses comunitarios por encima de los particulares.
¡Iluso!, me dirán algunos amigos que no conozco y que suelen leer esta inigualable página centralista. Es probable que tengan razón. Pero a ellos les digo, insistentemente, que los cambios se provocan siempre desde abajo, en la base. Las cúpulas muy pocas veces estarán pensando en producir variantes para mejorar la vida institucional de nuestro club en este caso; los agobia la inmediatez de los problemas, las urgencias y las propias limitaciones que muestran con su diario accionar.
Por eso es importante, casi inevitable en estos días, para el bien y la verdadera grandeza de Rosario Central, que nos involucremos sin dejar de mirar atentamente el meollo, el nudo, la médula de todos y cada uno de los inconvenientes para poder solucionarlos con la participación popular -no populista- de todos.
Todavía no es tarde para quejarse. De nosotros depende el futuro del más grande e increíble club de fútbol de todos los tiempos. Las urnas aguardan por nuestra presencia y por nuestra íntima convicción a la hora de estar a oscuras en el cuarto.
Ojalá que los próximos dirigentes de Central me liberen de esta “especie de hartazgo” que llevo conmigo y que no quisiera contagiarles.
“Buqui” Vatalaro