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Por Buqui Vatalaro
El grito de mi ciudad
- 09.09.2005
Si algo puedo hacer con alegría, con esa alegría que tiene el sol, la lluvia o el rocío mañanero, es hablar de Pirulo.
Porque Pirulo está hecho a la medida de la ciudad. Es decir, a la medida de su grito desaforado de gol. Como el canto del canalla, sus ruidos, sus fervores, sus desasosiegos y sus risas.
Porque el grito canalla suena -en medio de las entrañas frustradas en las callecitas del parque- con un acorde viejo y nuevo a la vez, con un estremecimiento inexplicable, con un asombro que a muchos duele y que grita y que tiene de visceral, de profundo, su extraña antigua voz canalla, ronca y dominguera. Esa voz canalla que aprendió que la peor de las moderaciones es la del corazón.
Y hoy tiene doble significado: de zurda y a lo hondo; directo a lo más profundo de aquel arco frío y frágil. Pirulo grita y no tiene compasión. Impío y desafiante, Pirulo les dejó la niebla en los ojos con áspera crueldad y, a nosotros, con singular ternura.
La impaciente y fastidiosa intolerancia de nuestra sangre caliente ahora puede dar permanente testimonio de “un 29 de agosto” y puede hablarnos de “aquél uno a cero de Pirulo” en la tristeza de un prójimo real, verdadero, pero que no existe.
Es que el gol de Pirulo es como un tango que tiene sabor a este Central que nos instala todas las noches en el insomnio, que nos apura, que nos invade, que nos arrastra, pero al que vivimos sujetos y queremos con pasión irrefrenable.
La puerta que este gol -el Pirulazo- abre al imaginario popular es, por imperio de la personalidad del intérprete, una nueva puerta a la poesía y a las memorias y al tiempo y a las ausencias y a la nostalgia. Esta nueva puerta se abrió como se abre una grieta en la piedra ante el persistente filo de la gota de agua.
Porque Pirulo logra más que un festejo, que una nueva forma de comunicación: una forma de comunión entre nosotros. La comunión con los canallas que le andamos al asfalto rosarino y que por andarle nos sabemos trascendentes, superiores, justificados y hasta mitológicos.
Oír nuestra voz canalla es comenzar a saber que ahora “las cosas están en su lugar”. En el lugar donde las puso el Pirulo... y los talones de Ojeda sentándose sobre la pelota en la última, que por poco me infarta.
"Buqui" Vatalaro
Secretario de Cultura C.A.R.C.