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Por Buqui Vatalaro

Charlar de lo que Más nos Gusta I

Diálogos con Timoteo y Aldo (primera parte)

 

 

 

 

La tarde cayó abruptamente. Era ya casi de noche cuando nos encontramos, los tres, cómodamente sentados en los sofás del lobby del hotel. Afuera estaba lloviendo con poca intensidad; tímidamente, como el llanto disimulado durante la proyección de un drama en el cine. Pero persistente. También hacía frío, un frío tempranero de un abril que no llegaba, aún, a calarnos los huesos.

Timoteo había llegado de la farmacia con una bolsita repleta de analgésicos, antigripales y descongestivos nasales. Quizás previendo, como un “viejo zorro” que es, su eventual e inminente suministro a los chicos de la City con la llegada del invierno.

El día había transcurrido “pesado” de noticias, perturbable: secuestros, persecuciones, tiroteos, inocentes abatidos, piquetes y hasta una incipiente inundación que se esperaba en el centro-norte de la provincia, con los tristes resultados que hoy conocemos. Entonces la pregunta trajo el alivio, como el bálsamo reparador en medio de la debacle: “¿cómo les fue por el norte argentino, estuvieron viendo jugadores en Tucumán, no?. Fue como abrir la válvula de una olla a presión. La distensión apareció en los rostros de cada uno de nosotros y comenzamos a charlar de lo que más nos gusta: “el trabajo de los maestros y de los pibes canallas en las divisiones inferiores de Central”.

“Es la primera vez que voy allá –comentó Timoteo mientras se sonaba la nariz- hay muchas escuelas de fútbol en Tucumán. Uno en Buenos Aires cree que los tiene ahí cerca de los chicos. Pero es en las provincias donde hay que ir a buscarlos. Nos vino muy bien ir hasta allá a ver tantos chicos. Nos invitó Petrella que es un pibe que jugó en las inferiores de Central hasta la tercera división allá por el ´71, cuando yo estaba acá en Rosario Central. Él me había hablado allá en La Plata; entonces yo le pedía que me mandara a los diez mejores que le quedaban. Pero los mejores ya estaban todos distribuidos y los que quedaban no alcanzaban el nivel de los pibes que había en La Plata. Se le complicaba bastante poder dejar un pibe”.

“¿Vamos a pedir un cafecito muchachos?, sugerí para pasar aún mejor el momento. “Sí dale”, respondió el Aldo mientras Timo continuaba:

“Vimos más de quinientos jugadores en Tucumán, en dos días. Desde las nueve de la mañana hasta que caía el sol. Queremos dar una vuelta ahora en julio, en vacaciones de invierno. Queremos ver si nos equivocamos en la elección y hemos dejado allá algún jugador interesante. Seleccionamos veinticinco más o menos y ya tenemos cuatro acá en Baigorria. Ahora debemos volver a hacer un rastrillaje otra vez. Una segunda vuelta para ver si podemos traer seis o siete pibes más. Suele pasar que nos equivoquemos en la elección a primera vista. También ocurre que los pibes, cuando son observados, a veces no rinden o no pueden demostrar todo lo que realmente saben. Les tiemblan las piernas, pero le sucede a todos en general”.

Llegaron los tres cafés humeantes y aromáticos que fueron depositados sobre la mesa ratona del living. Y, luego del primer sorbo, insistió el “viejo zorro”:

“Lo más feo es la adaptación de los pibes que vienen de afuera. Se van adaptando de a poco. Mirá, yo te voy a comentar que hay chicos que se quieren volver, definitivamente, a sus pagos todos los fines de semana. Como me sucedió a mí a los diecinueve años cuando estaba solo en Bs. As. Yo quería volverme a Córdoba a ver a mi mamá, a mis amigos, a mis primos; yo quería estar con ellos. Al principio me volvía luego de jugar, todos los domingos. Pero el lunes a la tarde debía estar de regreso. Tenía que terminar con esa maratón y ese desgaste tonto que estaba haciendo con los viajes. Para colmo los martes, a la mañana, nos agarraba el profesor Mobileschi, que era uno de los mejores profes que había en ese momento para la parte física. Te mataba...te ma ta ba. Yo era un trotador, iba siempre primero en la fila pero, después, tenía que dormir tres días seguidos para poder recuperarme”.

Detrás de los ventanales seguía lloviendo. La gente pasaba caminando raudamente por las veredas intentando, vanamente, no pisar baldosas flojas. Paraguas de todos los colores, formas y tamaños le daban a la ciudad un aspecto parisino de antaño. Timo, sin advertirlo continuaba diciendo:

“Nosotros estamos hace cuatro meses dirigiendo las inferiores de Central. En este tiempo hemos buscado de organizar a los planteles, de educar a los técnicos, preparadores físicos y ayudantes, de ordenar a los utileros. Estamos buscando primero un montón de cosas que no son fáciles de lograr y ver en tan poco tiempo las mejoras. Tenemos muy buenas canchas. En cantidad suficiente. Y, si vos a eso le agregás buenas pelotas podés ver algo positivo que te puedan mostrar los chicos. Nosotros buscamos, en principio, darles una cancha con muy buen césped, una buena pelota para que todo desemboque en un muy buen trabajo posterior. Como somos muchos, a veces los trabajos no se ven, o cuesta verlos. Porque no es lo mismo trabajar con quince o diecisiete jugadores que con treinta o cuarenta por división. Además a estos chicos hay que enseñarles, educarlos desde el principio. Eso es lo que estamos buscando pero se hace muy difícil porque se demora mucho. En una jugada, solamente en una jugada, el chico no puede demostrar todo lo que sabe. Hay que estar encima, insistir y ver muy bien lo que pasa”.

Continuará...


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com