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Y... si el trabajo es impecable
Por
Buqui Vatalaro
¿Qué Nos Pasó a los Socios?
Un diagnóstico para conocernos mejor….
- 11.10.2003
Hasta no hace mucho tiempo aparecíamos como deprimidos, con una creciente falta de voluntad para participar, invariables en las actividades relacionadas con el club de nuestros amores; nos mostrábamos, a su vez, como una suma de personas casi monótonas sin prestarle la debida atención a un Central que la “pedía a gritos”. Dicho de otra manera: “nos transformamos en simples canallas domingueros”.
La falta de creatividad estaba a la orden del día; incluso solían estar ausentes de nuestro ánimo la “culpa” y la “tristeza”. Se nos había instalado casi definitivamente la idea de expresarnos como si el club no fuese más nuestro; asegurando siempre que: “solamente los demás, los dirigentes, eran los responsables de todo lo malo y los únicos que debían solucionar ese estado calamitoso”.
No habíamos podido incorporar, en los últimos años, un sentimiento de pertenencia que nos movilizara a actuar para cambiar entre todos. Se esperaba una solución mágica. Todos los socios la esperaban. Y la solución, al menos el principio de solución, aunque no mágica, llegó al fin.
Veamos, a mi juicio, algunas de las posibles causas de esta especie de “neurosis institucional”, para llamarla de una manera más o menos elegante. En principio, los socios del más grande habíamos sufrido una pérdida de contacto con los acontecimientos del mundo canalla, más allá del aliento dominguero. Nos mostrábamos ociosos a la hora de actuar en defensa de los intereses del club que, en definitiva, eran los nuestros.
Solía coincidir con quienes pensaban que los socios, los pocos socios, habíamos aceptado, sumisos, la idea de que en Central ya se había instalado un “sistema de gobierno autoritario, sectario y perenne” muy difícil de revertir. La atmósfera social se tornó, entonces, tan desagradable como las propias actividades en la sede de calle Mitre; lugar donde parecía deambular el “Fantasma de Canterville”.
La pérdida de expectativas de los socios se notaba en cada conversación, en cada mesa de café, en cada grupo de amigos. Cada vez con más frecuencia aparecía, en todo su esplendor, el desprecio por el socio y su familia, incluso el maltrato y hasta la sorna y el sarcasmo llegando, en ocasiones, a exhibirse “la fuerza de los poderosos” utilizando la vieja costumbre de los necios, esto es: violencia, intimidación y aspereza en el trato con las personas.
Como si esto fuese poco, solían cohabitar los espacios de nuestras instalaciones una caterva de ineptos que nunca faltan a las citas; “segundones de pacotilla” que ocupaban las terceras líneas creyéndose defensores de una lealtad mal entendida para con sus “jefes” y, lo que es peor, para con el mismísimo Rosario Central.
Se había generado, con el curso de los últimos años, un “estado de desigualdad” absoluta. La desigualdad, se sabe, converge en la injusticia y, en tal caso, sobreviene la permisividad y la corrupción de los hombres para transformarse, de a poco, en una “corrupción institucional estructural”. Porque hacer mal el trabajo directivo, o hacerlo a medias, también constituye un acto de corrupción.
Pueden disiparse algunos aspectos pero, mientras la institución no cambie, la enfermedad persiste. La vida es movimiento y, como tal, el club también tuvo su movimiento. Se produjo el “casi milagroso cambio de dirigentes”. No sé si mejores -hace falta tiempo para demostrarlo- pero sí, con seguridad, diferentes.
Los aires que se respiran ahora son otros, parecen más frescos, ecológicos diría yo. De acuerdo a mi modesto saber y entender y por lo que puedo observar a diario en el seno mismo de la actual dirigencia -encabezada por el presidente Pablo Scarabino- se impone como ápice de la administración procurar restablecer contactos sociales en todas las formas posibles.
Los severos problemas económicos heredados, jaquecosos para el Tesorero, ocupan la atención de las urgencias que de ellos emergen, constituyéndose en un tema vital, si los hay, y fatal a la vez en nuestra cotidianeidad canalla. No obstante, creo firmemente que se anida en el ánimo de cada miembro de la actual Comisión Directiva, de los Secretarios, de los Gerentes y de las Subcomisiones la idea de alentar a todos los integrantes de la institución -me refiero a los socios de Central- a participar en distintos acontecimientos, a planificar actividades con una organización laboral única, seria, desde arriba y como guía.
Lejos de los caprichos, estoy convencido que los directivos del más grande, elegidos el 3 de agosto, están dispuestos a generar los espacios necesarios para modificar las actitudes de todos nosotros -los fieles canallas- sabiendo que no se logra impartiendo órdenes, dando la espalda o burlándose sistemáticamente sino a través de encuentros periódicos concientizadores; comunicándonos, estando siempre informados de todos y cada uno de los acontecimientos que se suceden en el corazón de un club con “pretensiones imperiales”.
Las actividades renovadas; la creación de un ambiente diferente, amistoso, tolerante, cómodo, de colaboración, con perspectivas de avance y crecimiento es la clave. Convencido, desde siempre, que este es el camino a seguir para el crecimiento institucional, se me ocurre pensar en voz alta a modo de reflexión final: “ahora sí canalla, es tu oportunidad de hacerte socio, porque Central exige un poco de cada uno; por no decir todo de todos”.
Vale el intento, vale el esfuerzo.
“Buqui” Vatalaro