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Por Buqui Vatalaro

La Peligrosa “Anemia” de los Dirigentes

Ante el sopor de los dirigentes habrá que involucrarse y dejar de mirar hacia un costado como esperando que todo “lo resuelva el otro”...

 

 

- 14.07.2003

La falta de compromiso de los dirigentes, en general, es cada vez más visible. Ocurre que la improvisación, en nuestro país, parece haberse convertido en la vedette de moda; cualquiera se postula para desarrollar actividades de gobierno y ocupar cargos los cuales, ni siquiera, conoce someramente.

La culpa, en ocasiones, “no es del chancho”, como solemos decir. La carencia casi total de escuelas de dirigentes en todos los niveles los posiciona, a ellos mismos, en una peligrosa postura de equilibrio permanente y, cuyo único resultado es la caída estrepitosa de las instituciones a su cargo.

Como herramienta esgrimen la única que conocen a la perfección: la improvisación constante y la mentira permanente. Necios y torpes, propensos al ridículo, algunos de ellos siempre están navegando en las aguas de la mediocridad y la falta de compromiso real con la gente, con “su” gente.

Para muestra basta un botón. Ocurre siempre lo mismo en casi todos los estamentos del país o de cualquier organización donde un dirigente debe llevar a cabo su actividad cotidiana. Hacen las cosas mal porque no saben hacerla y, lo peor, no quieren aprender.

Se agrava más todavía, cuando se trata de dirigentes electos por el voto popular y cuya “heroica misión” es la de defender los intereses comunitarios y, además, al no sentirse comprometidos en invertir capitales propios ni asumir compromiso patrimonial alguno, las burdas actuaciones y el desinterés que demuestran ponen en vilo, al borde del abismo diría yo, a las organizaciones, a las estructuras sólidamente conformadas en concomitancia con las pasiones e intereses populares; instituciones que, en algunos casos como la nuestra, como Rosario Central, son más que centenarias.

El Congreso Nacional, las legislaturas provinciales, los concejos deliberantes, los poderes ejecutivos nacional, provinciales y municipales, en fin, las instituciones están llamadas al fracaso, en la mayoría de los casos, en desmedro de la calidad de vida del pueblo debido a las paupérrimas gestiones, por llamarlas de alguna manera elegante, de sus dirigentes y que obedecen, precisamente, a su falta de capacidad y de compromiso.

 “¡Que se vayan todos!”, fue el clamor popular hace apenas un año y que no comparto en absoluto; porque, de ser así, ¿quiénes asumirán entonces los compromisos?. Soy de los que piensan que no toda la elite de dirigentes merecen el mismo trato. “¡Que se queden los buenos!”, en cambio, podría el pueblo exigir con mayor cordura y reflexión. Pero dar un paso al costado parece ser, para los dirigentes, un salto inconmensurable al vacío que jamás podrían ejecutar. El poder enceguece, obnubila, relame, provoca sensación de saciedad casi demoníaca, especialmente en aquellas personas que integran las listas de los necios, torpes, débiles e inseguros. 

No saben que el verdadero poder está en el saber, en el conocimiento y en la voluntad de compromiso serio, formal y honesto con quienes le han confiado la posibilidad de gestionar o de dirigir. No escapan a estas falencias en la conducción, las organizaciones llamadas “sin fines de lucro” y los clubes en general. Especialmente en estos últimos, en los clubes, es donde los dirigentes responsables deben estudiar y aprender mucho más sobre liderazgo, están obligados a poner más énfasis y esfuerzo personal en la conducción debido a la enorme carga emotiva y pasional que provocan las instituciones amadas por todo un pueblo sin distinción ni sectarismos sociales, económicos políticos, raciales o religiosos.

¡Argentina año verde!, pensará más de un lector. Lamentablemente es así, por ahora hay que seguir alimentándose con el poco guiso que quedó pegado en el fondo de la olla hasta que se produzca un despertar masivo, convocador, estimulante y movilizador de todas las voluntades. Y la única herramienta disponible para provocar el cambio de dirección en la conducta y compromiso de gestión de nuestros dirigentes es, sin dudas, “la urna”.

Este es un año donde la urna será, prácticamente, la única esperanza. Por un lado, los argentinos enrolados asumimos, con vocación inusitada, el formal compromiso de elegir y luego controlar a la autoridad presidencial que regirá el destino de nación reservado para los próximos cuatro años. Por otro lado, en cambio, los socios centralistas tendremos, además, un doble compromiso formal, ineludible y esperanzador muy pronto: “la elección de nuevas autoridades en nuestro querido club, testigo activo de tres siglos”.

De nosotros depende el futuro institucional de la República Argentina y del Club Atlético Rosario Central, ambas patrias grandes que conservamos, desde siempre, en el seno de nuestros pechos calientes y a las que nos debemos enteros de cuerpo y alma.

Pero si no asoma la voluntad de compromiso, si no aparecen las ganas de involucrarnos con la honestidad y la sabiduría necesarias, después no tendremos más  excusas.

Y ya será tarde para reaccionar.


“Buqui” Vatalaro

buqui@canalla.com