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Aldo festejando el momento en el cual pasó -sin saberlo- a la Inmortalidad

Por Buqui Vatalaro

Especie de un Individuo Solo

Raza de uno. Aldo Pedro Poy: Redentor del Siglo XX, Merlín del Tercer Milenio...

 

 

- 14.09.2003

Aquella noche de diciembre de 1974 lo vi caer; quedó inmóvil, adolorido, tendido sobre el césped, el sudor frío corrió por mi espalda y por la de miles de centralistas más.

Entonces, un silencio increíble se apoderó del estadio. Estábamos ganando a los del parque, una vez más y como de costumbre, con las clases prácticas que dictaba este verdadero “Maestro”.

Fue su última clase, la culminación de un ciclo que se había iniciado el 3 de octubre del '65 cuando, debutando en primera división, enfrentaba a los de Huracán allá en Parque Patricios, siendo aún un chiquilín y vistiendo la camiseta Nº 7.

Él sabía cómo moverse en la cancha, hacer una “cortina” para facilitar la labor de un compañero, en qué momento frenar, de qué manera aprovechar la mejor ubicación de otros futbolistas para descargar la pelota o recibirla de ellos, conocía y explotaba muy bien la vitalidad de Aimar, el despliegue de Bóveda, las subidas de González por derecha, la potencia arrolladora de Kempes y la movilidad de Cabral o el mejor perfil de Gramajo. Junto con el Gitano Juárez, a mi criterio, fueron los dos mejores “jugadores sin pelota” que he visto. Siempre libre, desmarcado, buscando los espacios, anticipando las marcas y arrastrándolas. El Aldo fue uno de esos escasos futbolistas que jugaban y hacían que los demás jueguen también. Con su magia a pleno y su luz encendida, Central nunca se opacaba en las canchas. Podía ganar o perder, eso no importaba tanto; sí, en cambio, importaba su “chueca” presencia siempre vigente a la hora de las exigencias deportivas y de la creación espontánea.

El pequeño Aldo (izquierda) junto con un compañero en Ben Hur. Año 1960

Nació centralista, nació en Arroyito cerca del Parque Alem y del Gigante. Empecinado en mirar siempre, y desde chico, la red en el arco rival. Fue goleador en los baby de Leña y Leña y de Talleres hasta que Central se lo llevó a sus inferiores en 1962. Sin saberlo, en aquellos tiempos, el Aldo comenzaba a escribir esta “historia de nunca acabar”.

Luchó siempre, despejó los nubarrones de críticas que, en sus comienzos, bajaban de las tribunas del viejo estadio de Arroyito, cruelmente hostigado por una parcialidad canalla exageradamente influenciada y ganó. Ganó porque el Aldo... nunca dudó. Mostró su temple, nos hizo ver a todos, incluso a sus detractores, su coraje y su convicción de vestir la casaca Nº 9 del más grande.

La tribuna, entonces, comenzó a descubrir su fibra canalla y su enorme talento futbolero y fue rápidamente convirtiéndose en adicta a Poy, como sintetizan las crónicas deportivas de aquellos años. Alguien, alguna vez, ilusoriamente quiso llevárselo a jugar a otras tierras. Pero como la misma tierra llama a su gente, el Aldo esperó escondido en una isla y se quedó. Estaba llamado para realizar grandes proezas. Condenado a la inmortalidad, el Aldo se convirtió en ídolo, el más grande ídolo de Central de todos los tiempos.

En el '70 Central quería ser campeón. Despojado arteramente por los intereses porteños de semejante halago, en una final lamentable contra Boca y contra el árbitro Ángel Coerezza en el Monumental, el Aldo se erigió como el abanderado, apretó los dientes, sacó a relucir toda su estirpe canalla y esperó la revancha que se produjo al año siguiente, por aquel glorioso '71. Y fue campeón, por primera vez, junto a su Central querido de toda la vida.

El Monumental de Núñez, testigo presencial de sus amagues y gambetas, que un año antes había preanunciado el milagro que habría de suceder, lo tuvo como protagonista principal de su mayor canallada: imitó el vuelo de una paloma, se elevó por el aire y, con ese gol a los leprosos, pasó tempranamente a la inmortalidad aquel 19 de diciembre de 1971.

El Prócer dando una entrevista radial en sus épocas de jugador de fútbol

Supo decir el Aldo: “Aquella vez, cuando hice el gol de palomita, el pecho se me hinchó de alegría... Era algo difícil de explicar, parecía que iba a reventarse el corazón. Y corrí hacia la tribuna, hacia aquellos hinchas que nos habían seguido tantas veces a Buenos Aires, a San Juan, a Jujuy, a todos lados... Después recuerdo el retorno a Rosario. La gente me abrazaba, me besaban, me llamaban “Maestro”, “Ingeniero”, qué se yo... Un día tocaron a la puerta de mi casa y apareció una señora mayor. Traía una valiosísima pulsera de oro, con una leyenda tallada que decía, simplemente: “Gracias Aldo”.

Ese fue Aldo Pedro Poy como jugador. Cuando llegue su momento de convertirse en un mito, vendrán otras generaciones de muchos otros canallas que repetirán la historia, que invocarán su nombre bajo el grito, también inmortal, y cada vez más guerrero: “Aldo Poy, Aldo Poy el papá de ñulsolboy”.

Pero es cierto, aquella noche de diciembre de 1974, el mismo año en que integró la selección nacional, se retiraba de la cancha ayudado por los camilleros, con la rodilla destrozada, el gran ídolo centralista. Aquella bandera que empuñó el Aldo espera ser recogida, alguna vez, por quienes lo suceden. Él le ganó primero a su propia tribuna, haciéndole un gol sobre la hora, tribuna que lo convirtió, con la nobleza de quienes lo queremos bien, en su figura más querida.

Por eso Aldo te digo que hoy, cada vez que entro al Gigante, me hago ilusiones y te recuerdo casi en blanco y negro cuando de pibe te veía jugar con tu camiseta de piqué bien transpirada. Si todavía me parece verte correr por el Gigante que nunca te conoció, escondido detrás de tus enormes bigotes negros, al acecho de la oportunidad, quebrando la cintura cerca de la medialuna del arco rival, poniendo la bocha debajo de los tapones, tu cabeza levantada, “junando” la posición del compañero mejor ubicado para descargar. Recién vuelvo en mí, cuando mis hijas, una a cada lado sentadas en la platea, me tocan el hombro diciéndome: “Papá, estás llorando”. ¿Sabés qué pasa Aldo?, cada vez que te recuerdo, cada vez que añoro aquellos tiempos de tardes de gloria azul y oro, o mientras escribo esto, qué se yo, se me pianta un lagrimón, de alegría por supuesto... y de nostalgia. Vos me entendés, claro.

Con el tiempo te has convertido en el más grande ídolo de todos y, lo peor del caso, es que lo sabés Aldo... lo sabés.

Una jornada como hoy, por el '45, hace cincuenta y ocho años ya, iniciaste tu vida como uno más de nosotros hasta que, aquel 19 de diciembre y casi sin darte cuenta, diste riendas sueltas a tu inmortalidad. Cuando terminaba el horror de la Segunda Guerra, premonitoriamente, viniste al mundo sin saber que habrías de ser llamado para instalarte definitivamente en todas las tribunas y en todas las memorias. Eres el Redentor del Siglo XX, el Merlín del Tercer Milenio. Aldo Pedro Poy: fuiste aquel mago que usaba por botines, dos varitas mágicas en los pies, el hacedor de mil jugarretas canallescas conjuradas todas en una estampita; has invertido tus horas y sus sueños en evangelizar a los más jóvenes para transformarlos en verdaderos centralistas de alma.

¡Cuánto te queremos Aldo Pedro Poy!, nuestro Prócer, mentor de un vuelo eterno y de muchos más. Jamás será suficiente el agradecimiento de toda la hinchada de Central; de los que tuvimos, junto a vos, el mismo tiempo y espacio para verte jugar y de los pibes que nunca te vieron... pero que te imaginan.

Cuando se agoten las pilas de tu reloj, vendrán a la vida otros pibes que aprenderán a mencionar tu nombre en las ceremonias reas de una OCAL impertinente. Esos pibes, que no existen todavía, nacerán para venerarte otra vez. Entonces tu nombre, Aldo Pedro Poy, estará descansando para siempre en las páginas rayadas de un misal azul y amarillo.

Habrás de permanecer en cada rezo de la gente: “Aldo nuestro que estás en el Cielo…” y en el santuario imaginario erigido en las tribunas de un Central y de un Rosario eterno como el tiempo mismo.

¡Feliz Cumpleaños Maestro!... Redentor y Merlín.

Con todo mi afecto,


“Buqui” Vatalaro

buqui@canalla.com