WebRing Canalla | | Acerca de este sitio

¿Que te pareció?

columnas@canalla.com

 

NOTAS ANTERIORES

 

El Poeta te Bautizó... Mujer

La C. Deportiva bajo la lluvia

Arrastrando los Crespones de...

Tocando el Chelo con las manos

Y... si el trabajo es impecable

Cuando se Quiere se Puede

Hablarte de mi tristeza...

Mucho más que un 6º Grande V

Mucho más que un6º Grande IV

Mucho más que un 6 Grande III

Mucho más que un 6º Grande II

Mucho más que un 6º Grande

Le ponía un candado

Central, esa Gran Familia

Mi mejor pesadilla

Rosario es una Mina...

¿Te Queremos ver Campeón? 

Carta Abierta a un Escribano

Ximena no es humana

 

 

 

 

 

 

Timoteo derrapando en la Ciudad Deportiva. Es un ejemplo para los pibes

Por Buqui Vatalaro

Otra lección de Timoteo

Un Hombre con Espíritu y Vocación Docentes sobre un Tractor Amarillo...

 

 

 

 

 

- 08.03.2003

Cuatro canchas atiborradas de pibes que trabajaban jugando o que jugaban trabajando, ¿qué mas da?, poniendo todo. La cuarta, quinta y sexta división de AFA y de la Rosarina desplegaban todo su potencial sobre el verde césped esa mañana.

Los gritos y las indicaciones de los técnicos y profesores tronaban por el aire:

“¡Así no, se hace así, mirá bien Fulanito!”

“¡Metele Menganito que llegás!”

“¡Miren la posición del compañero antes de sacar el centro!”

“¡Siempre hay que jugar para que se luzca el compañero!”

“¡Vamos, vamos que se puede!”

“¡En el medio hay que aguantar!”

“¡Poné el cuerpo, poné el cuerpo!”

“¡Firme en la marca!”

“¡Seguro de arriba arquero!”

“¡No lo deje dos, no lo deje dos!”

“¡Más de dos toques y la perdés!”

El Aldo y Gabriel Perrone, mientras tanto, juntos o por separado, recorrían alternativamente cada una de las canchas para observar “in situ” todos y cada uno de los movimientos preparados con anticipación, durante el planteamiento de la jornada. No había detalles sin supervisar.

La mañana estaba sumamente limpia, soleada, caliente. Poco tiempo pasó para que el esfuerzo de todos los protagonistas se hiciera evidente. Sudores canallas, dientes apretados y ganas, muchas ganas de llegar a la cima, podían advertirse en los gestos y actitud de esa hermosa muchachada ávida de sueños domingueros a Gigante pleno.

Un alto para beber, como un elíxir, el agua fresca y reparadora. Y vuelta al trabajo. Se secan los sudores con las propias camisetas, los pibes están con las baterías puestas. Como en todo grupo de personas hay quienes son más talentosos, hay quienes son menos voluntariosos, hay quienes tienen los sueños altos y otros, quizás los menos, se conforman volando rasante. Pero, lo verdaderamente trascendente, lo que importa es que cada maestro, entrenador o preparador físico en cada una de las divisiones inferiores de Central, procura siempre ayudar al joven futbolista a no perder nunca de vista sus propios objetivos para no apartarse de la realidad, de su realidad.

Timo supervisa todo mientras realiza la abnegada tarea de cortar el césped

A pesar de las enormes carencias materiales que pude constatar, más allá de la inadmisible falta de soporte económico y la ausencia de contención de toda esa ciclópea tarea allí llevada a cabo; no obstante la anemia demostrada a la hora de asumir compromisos con el club que se dice querer y defender, y la imprudente ceguera de algunos dirigentes para ocupar su atención, también, en el desarrollo de nuestras tradicionales divisiones inferiores -único recurso propio y genuino, con tendencia, ahora sí, a la asepsia y a la pureza deseadas por todos los socios- en medio de un sol casi insolente, impío y tórrido, el “Viejo” Timoteo, un maestro de vocación honda, medular y sin inmutarse, se aprestaba para dictar una de sus mejores clases.

Se subió al tractor, lo puso en marcha, bajó las cuchillas, las reguló y fijó a la altura que, él mismo, supuso la más adecuada a las exigencias. Acomodó su infaltable gorrito, observó prudentemente la hora, olvidó por un momento que tiene en stock suficientes agostos y entonces: “se puso a segar el césped” sin reparar en lo agotador de semejante tarea.

Boquiabiertos, sí con la boca abierta quedamos más de uno. Los jóvenes jugadores, a la vez que entrenaban, durante los primeros minutos miraban de soslayo, serios, con recato y pudor frente al maestro que les estaba dando otra lección, esta vez de vida.

“Increíble, el Maestro Griguol me corta el césped donde yo entreno”, escuché decir a uno de ellos dentro de un grupo. “Pues entonces, que esto también les sirva a todos ustedes de lección”, respondí airoso y con cierta complicidad sumándome al ejemplo que daba Timoteo.

El tractorcito amarillo de Timoteo tampoco cesaba su marcha, y digo de Timoteo porque él mismo lo compró el mes pasado con su propio dinero; debió hacerlo pues, increíble e irresponsablemente, en la Ciudad Deportiva de Granadero Baigorria, nada menos que del Club Atlético Rosario Central, no había disponible tan sólo una moderna segadora motriz en condiciones de ser utilizada. A él, menos que a nadie, le importaba el sol, el calor agobiante y las mil vueltas que hubo de dar para finalizar su tarea.

Mientras marcha en su tractorcito, el maestro le da indicaciones a los pibes

Como buen maestro, lejos de desentenderse de su especificidad en la tarea, como un “viejo zorro” que es, recorría con la vista todas y cada una de las jugadas desplegadas por los jóvenes sin perderse detalle alguno. A menudo detenía el tractor, daba indicaciones a Aldo y continuaba su marcha incesante.

Las prácticas simultáneas, en las cuatro canchas, nunca se detuvo más que unos minutos para refresco de sus protagonistas; concluyendo con las actividades a las once y media en punto, como ocurre en todas las jornadas.

Entonces, luego de elongar como es de práctica, se recogieron las pelotas en sus redes, se apilaron los conos y se cargaron sobre los hombros de los voluntariosos profes para emprender el regreso hacia los vestuarios.

Después, terminado con la ducha reparadora, los jóvenes de sueños altos se retiraron con la premisa de renovar sus energías para el día siguiente. Por otro lado, las cinco mesas tempranamente alistadas para el almuerzo, esperaban en el comedor por los jóvenes que se alojan allí, en el  renovado hotel de la City.

Lejos, muy lejos, allá en las canchas, a las doce y veinte del bochornoso mediodía todavía podíamos ver, en un movimiento lineal, siguiendo una recta imaginaria y prolija, el cansino andar del tractorcito amarillo.

Timoteo es, sin dudas, un ejemplo para todos y un hacedor de lecciones  aún para aquellos que, siendo directamente responsables de sus actos y obligaciones, se hacen los distraídos o miran para otro lado cuando deberían estar, por fin, a su merced y entera disposición. 

Y al que le quepa el sayo que se lo ponga o, al menos, que lo intente de una vez por todas para el bien de Rosario Central.

No sé si me explico.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com