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Alberto Bono y su fuelle durante su presentación en el teatro El Círculo |
Por Buqui Vatalaro
Tocate un Tango Flaco
Alberto Bono, tanguero, pintor y canalla, es todo rosarino...
- 15.08.2003
Alberto Bono tiene un aspecto melancólico, soñador y de peregrino en mundos lejanos. Emite, en cada una de las notas musicales que nacen de sus teclas nacaradas y en cada pincelada sobre el lienzo de sus cuadros, ese aire bien rosarino, aunque medio “aporteñado”, que deja fluir con su exagerada oblonga presencia.
Porque Alberto pinta como si olvidara el ayer, como cuando “uno está tan solo en su dolor”. Fanfarrón entre cuatro paredes. Siempre guardado en los bulines de La Coruña, se ufanaba en presumir con ser ese “taita canyengue” embajador de mil raleas suburbanas y tangueras propias de una ciudad olvidada y orillera de un país lejano, allá en el Cono Sur.
Exuda el aroma característico de quien pasea su conciencia por el Barrio de Arroyito. Bien canalla, típico canalla orgulloso, empedernido y “embalao”. Del otro lado de su pincel -donde terminan las cerdas- suele dejar coloridas huellas perennes de un arte pictórico “tangamente” protuberante, igual que aquellas “pálidas rubionas de un cuento de Tuñón”.
El Flaco Bono es igualito a un barra brava de antaño. Ese derroche de talentos artísticos en consonancia que lleva consigo, lo invita a subir sobre un para avalanchas en la popular alta de Regatas y entonces, como si fuese un ángel “en cueros” y en chancletas aferrado a un trapo azul y amarillo, quedarse a vivir allí para siempre, en medio de ese equilibrio permanente entre el amor y la aventura.
Su arte no tiene precio, tiene valor. Pintor y tanguero, canalla y noctámbulo hacedor de veladas madrugonas. Amigazo de todos sus amigos; ocalista evangelizador; él hace sentir a menudo su presencia aunque simule parecer un eremita habitando en el corner de un lúgubre atelier.
Encima toca el bandoneón. O no lo toca. Qué se yo si lo toca. Lo acaricia y lo azota. Como un extravagante ventrílocuo dictador de los ´70, el Flaco hace hablar al fuelle a su manera para que diga sólo lo que él quiere oír. Yo lo vi, te lo juro, yo lo vi pararse en medio del escenario, a lo Piazzolla, para zaparle el asma al bandoneón como aquel “maestro de luto” con pañuelito al cuello; como si él mismo fuese, apenas, un héroe procaz compositor de cien melodías arrabaleras o un viajero clandestino, polizón a bordo de una ajena sinfonía para bandoneón y orquesta.
Al chistarle los dedos Alberto los ensambla, respira hondo, deja de lado la fanfarronería, cierra los ojos y mece la cabeza “emboinada de negro” sobre los pliegues púrpura de su fuelle. Entonces toca, toca como tocarían los dioses paganos en un olímpico carnaval de funeralas. Siente la “música tangata” como pocos, o como tantos otros. Por las tardecitas, suele componer rapsodias en dos por cuatro. Agudiza el oído; sobre las tablas de un colmado teatro, el Flaco escucha con atención lo que frasea su “fueye” que llama a la feligresía del tango a escuchar la última misa rea, “canyengue” y canalla sobre un altar alucinante pleno de azules y amarillos.
Un relincho incandescente, allende los mares, otrora lo llamaba en las madrugadas. Entonces allá, en aquellas tierras lejanas y hospitalarias, como lo haría un Quijote sin adarga -esta vez no en La Mancha sino en un lugar cuyo nombre sí quiero acordarme- el Flaco Bono salía para asomarse a un imaginario balcón de su piecita para escucharlo mejor. Era el grito guerrero de mil gargantas centralistas que flotaban en la españolísima noche fresca y sola de La Coruña.
Entonces, misericordiosamente, Dios se apiadaba de él y comenzaba a rasparle en los oídos esa música “tribunera” y más que centenaria que vive y que muere en cada barrio de Rosario: “...soy canalla, soy canalla, canalla yo soy...”
Y así, por fin, la espectral “bandoneonía” de un antiguo café de la calle Corrientes y Pellegrini; o los acordes melodiosos de un tango de Pugliese con “ruido a púa” que copaban la parada en los intervalos sabatinos de los continuados de acción del cine “Sol de Mayo”; o hasta las milongueras fusas y semifusas de violines que usurparon siempre el pañol del Teatro El Círculo, lo volvían a la realidad.
Alberto Bono soñaba sus madrugadas tocando el bandoneón, en un dueto, junto al piano de un joven Colorado Vázquez. Su Central y su gente, con aquel rumor “catedralero” en su extrañamiento, le gastaron los días y las noches. El fuelle peregrino, a su vez, le dio las propinas tramposas para algún lujo “baratieri” a la distancia y le quitó, de a poco, la sempiterna “mufa”, sentina y profana que acompañó su “tristería”.
Hoy el Flaco Alberto Bono, un canalla que no entiende de cursilerías, despinta su alma para pintar óleos y acuarelas multicolores.
Hoy el Flaco Alberto Bono, un canalla inquieto y conmovido por el asma de su fuelle, toca el tango en los proscenios.
Y ello me emociona.
“Buqui” Vatalaro