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- 16.06.2003
Ese día pensé en hacer unas lindas notas y entrevistas relacionadas con el trabajo en divisiones inferiores, allá en la Ciudad Deportiva. La mañana asomaba templadita y soleada; a medias, es verdad, pero muy linda para intentar pasar la tarde al “aire libre” en nuestro amado Central y producir, además, para canalla.com.
Preparé la mochila, a la sazón azul y amarilla, el termo, el mate, el grabador, dos casetes nuevos, un juego de pilas de repuesto, por las dudas, y todas mis ganas de participar, de ayudar y de promocionar en la web a este fantástico club más que centenario; ganas que nunca he perdido y llevo conmigo a lo largo de casi 49 años no interrumpidos como socio. Me faltaba una cámara digital, lástima, porque esa tarde nefasta podría haber fotografiado algunas realidades dolorosas que no pensaba encontrar, al menos no todavía.
Llegué a las tres de la tarde, minutos antes del inicio de las actividades vespertinas programadas, como es costumbre, por Timoteo. Luego de abonar dos pesos para el ingreso del vehículo, estacioné el auto convenientemente para que “no estorbe” la circulación. Me dirigí directamente al comedor de Fernando, que es el hijo mayor de un viejo amigo, devenido concesionario del lugar para atender todas las necesidades gastronómicas de los socios y, especialmente, de los pibes que allí se alojan y pasan sus días lejos de casa practicando para jugar, alguna vez, en la primera división del más grande.
El panorama era desolador. La figura imponente de Fernando se recortaba en la semipenumbra del salón; estaba solo, sentado en un rincón, cabizbajo y meditabundo. Ambas manos sostenían su cabeza que parecía querer caerse. Creí que dormitaba. Me acerqué con intención de “hacerle una broma”, de esas bromas medias tontas e inocentes que suelen hacerse los amigos para reírse, luego, a dúo.
Pero no, Fernando no estaba dormitando. Fernando estaba realmente compungido, malhumorado y a punto de llorar. Mi intención de saber qué le estaba pasando fue en vano, nada quiso contarme, sólo atinó a decir que se sentía muy mal, que tenía sendos problemas a resolver y que no sabía cómo hacerlo. Que, por favor, lo dejara solo.
Claro que lo último que debía yo hacer, en este caso al hijo de un gran amigo, era precisamente dejarlo solo. Me aparté prudentemente, acomodé mi humanidad en el otro extremo de un salón desierto, triste como nunca lo había vivenciado antes y quedé allí asumiendo una indisimulada atención a su persona.
Mi intriga y curiosidad quedaron develadas al ratito nomás. No me resultó para nada difícil informarme. Parece que Rosario Central, tu club, mi club, nuestro club le estaba debiendo una suma importante de dinero desde hacía meses y que él ya no podía seguir “pidiendo fiado” a sus proveedores y viviendo en esa precaria situación. Lo más triste, entonces, era que ya no podía darles más de comer a los chicos.
Según pude averiguar, sendos cheques sin fondos venían, una y otra vez, de vuelta generando una creciente desconfianza y falta de motivación para seguir adelante. Me sentí muy mal como amigo pero, esencialmente, como socio del club. La vergüenza que sentí en esos momentos no puede describirse con palabras dos días después del hecho.
Los pibes, ya cambiados, salían del vestuario sonrientes y dispuestos a entrenar con sus profes, siempre bajo la atenta mirada de Timoteo y de Aldo. Cerca de las tres y media, se había levantado un vientito fresco ribereño. Bolsas repletas de pelotas, conos anaranjados y demás elementos, eran cargados por algunos de los protagonistas rumbo a las canchas de atrás.
El cuchicheo de los chicos, las bromas entre ellos y las ganas de aprender a jugar al fútbol de la mano de los mejores entrenadores, podían apreciarse a simple vista. Nadie sospechaba, todavía, el drama que se desarrollaba en el interior del comedor.
Aparecen luego, caminando detrás de los pibes, Aldo, Hijitus Gómez y Gabriel Perrone apropiadamente vestidos y prestos para dar sus clases del día. Gustavo Piñero, por su parte, ya estaba en un arco entrenando a los veinte y tantos arqueros que conforman todas las divisiones, pateando más de trescientos disparos al arco por turno lo que lo convierte, según una vez me comentara el mismísimo Timoteo, en el mejor pateador de tiros libres.
Nada hacía sospechar la debacle que se avecinaba hasta que entraron a saludarme al interior del salón. El clima no era el mejor. ¿Y ahora qué hacemos?, se preguntaron a sí mismos luego de enterarse. Vanos fueron los innumerables intentos que ambos, tanto Aldo como Gabriel, hicieron durante toda la tarde, incluso hasta la noche, para comunicarse por teléfono con el Vicepresidente Ricardo Ferguson designado, oportunamente, para atender a las necesidades de la Ciudad Deportiva. No sé para qué, realmente.
Nunca atendió a los llamados, siempre el teléfono anunciaba “apagado”. Presumo que el Señor Ferguson, al leer en el display el origen de las llamadas, optaba, adrede, por apagar el teléfono celular para no atenderlas. Ojalá me equivoque. Al ratito nomás llegó Timoteo en su coche particular, como lo hace siempre. Estacionó el Wolkswagen, descendió parsimoniosamente, mientras lo observábamos desde el interior del comedor.
Pobre Timo, pensé, cuando se entere de la situación ¿cómo reaccionará?. Me aparté de ellos y quedé observando. La cara de Timo se endureció, una mirada triste asomó rápidamente en sus ojos. Abrió los brazos en señal de total resignación sin saber, claro está, cómo solucionarían un problema ajeno. Un problema exclusivo de la dirigencia del club. O de su “falta de dirigencia”.
Caía la tarde, los chicos regresaban del entrenamiento, todos embarrados, cansados pero felices. Fueron a ducharse y cambiarse para aprestarse a tomar la cena. “Para colmo esta noche viene la primera a cenar”, repetía, una y otra vez, Fernando tomándose de las sienes con ambas manos. Yo veía cómo iba y venía hacia el teléfono público que allí se encuentra intentando, él también, hablar con algún directivo.
Nada. Todo era inútil. Los directivos de Central, todos ellos o gran parte, estaban nuevamente “mirando hacia un costado del problema”. Como parece ser ya una costumbre, ninguno asumía el compromiso de “solucionar” un verdadero inconveniente que urgía en el seno mismo de la institución que dicen conducir.
Se acercó un camioncito blanco, refrigerado. Ya estaba oscuro. Un señor bajó dos o tres cajones de pollos frescos para asar esa noche. Para darles de cenar a los muchachos de la primera división y su cuerpo técnico, alrededor de veinticinco personas. Presumo que Miguel Russo, al parecer el único que atendió a los llamados desesperados de Fernando, en un acto de buena voluntad envió, o hizo enviar, la avícola mercadería para sus jugadores.
¿Y los chicos?, ¿acaso quedarían, esa noche, mirando cenar a sus ídolos?. Otro cajoncito de pollos, entonces, pidió Fernando que le bajaran del camioncito. “No puedo permitir que los chicos no cenen, repetía, me muero de vergüenza y de dolor, pobrecitos. Mañana veré que haremos”.
Fue entonces que escuché al Aldo decir: “si no pagan y no traen más mercadería, la comida se las haremos nosotros a los pibes, de alguna manera les daremos de comer”. Patético señores, patético.
Todo esto me hace presumir que tampoco le pagan el sueldo a Timoteo, Aldo y demás técnicos y profesores de las divisiones inferiores, a cambio del trabajo que vienen llevando a cabo desde enero del corriente año. Presumo, también, que no se compran las pelotas ni los elementos necesarios para practicar, que no le importa, a la dirigencia, si el trabajo de los chicos progresa o no. Pero esto es sólo una presunción mía, claro. Aunque, confieso, me gustaría saberlo a ciencias ciertas. ¿Habrá algún directivo que lo informe?.
Por todo esto estoy harto. Y por mucho más. Porque Central es un grande con abundancia de dirigentes enanos. Pero de ellos no es la culpa, sino de nosotros mismos que los votamos. La responsabilidad es absolutamente nuestra, queridos socios y amigos, a la hora de emitir el sufragio y de participar activamente durante las gestiones. Debemos controlar y criticar, desde el llano, para intentar, definitivamente y entre todos, que esto alguna vez cambie para bien.
La vocación por la mediocridad que se empeñan en demostrar, a diario, nuestros dirigentes, torna imposible un cambio sustancial en la política del club. Porque el progreso será siempre el resultado de la lucha entre la variación a llevarse a cabo en el futuro y la herencia recibida. Lo que resiste a morir se opone a lo que necesita nacer.
Los hombres y las instituciones achacosas son obstáculos para el crecimiento. Hay que desterrar de las dirigencias a los inadaptables de siempre. El progreso verá la luz cuando el cambio logre una victoria sobre lo heredado, sobre lo viejo. Se trata de la preeminencia de la inteligencia de los dirigentes sobre sus hábitos y sus costumbres ya anacrónicas y perimidas en un mundo que exige capacidad, conocimiento y, por sobre todas las cosas, transparencia en la administración.
El ideal debe primar sobre la rutina y el porvenir sobre el pasado. Central, por ejemplo, está en crisis. Central es un enfermo terminal que sólo podrá ser salvado cuando tomemos conciencia de ello y, entre todos los sectores, interactuemos en consecuencia, dejando definitivamente de lado a la vieja dirigencia obsoleta y perniciosa que tanto daño está causando.
Por esto y por mucho más digo que estoy harto, un poco triste y, si me apuran, hasta enojado. Y ustedes señores dirigentes, los que están ahora y los que pretenden estar en breve, con humildad pero con grandeza y espíritu renovado, les digo: “respeten a todos los hinchas de la más querida, grande y mítica institución”.
Pero, por sobre todas las cosas, traten de recordar siempre este buen consejo: “no permitan nunca que los socios se enojen”.
La bondad no es norma sino acción. No basta con ser buenos dirigentes, también hay que parecerlo.
No lo olviden.
“Buqui” Vatalaro
(Socio Vitalicio Enojado... y Harto)