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Don Luis Indaco, todo un símbolo de Central en la era amateur

Por Buqui Vatalaro

Había una Vez un Jugador...

Que solía contar sus añejos recuerdos...

 

 

 

El relato de las viejas crónicas amarillentas de los años ´20 es un fiel trasunto de lo acontecido por aquellos tiempos “charlestonianos”. El furor del popularizado baile de origen africano de voz inglesa que fuera adoptado por todas las culturas occidentales, incluso la nuestra, la urbana, la porteña, parece que se trasladaba, también, al césped de la cancha de Central.

Y no se trataba de meros bailarines avezados siguiendo un ritmo rápido y sincopado sino de jugadores de fútbol. Cual un saltimbanqui gracioso, los pasos del charlestón –como se lo solía llamar en un lunfardo callejero suburbano- no sólo motivaba al público bailantero de esa época de oropeles y de sonidos broncíneos sino, curiosamente, a los gráciles jugadores de fútbol. “Luis no jugaba a la pelota, Luis bailaba el charlestón sobre el césped”, decían algunos comentaristas de la época.

Don Luis Indaco, un grande entre los grandes, que parecía pedir disculpas por haber sido uno de los más brillantes entrealas izquierdos que pasaron por las canchas argentinas, forma parte de una indiscutible galería de célebres auriazules. Entrecierro mis ojos como para despejar la bruma de los tiempos y lo imagino jugando.

Cada anécdota que lo tiene como protagonista nunca dejó de ser contada por sus amigos. “Era un fenómeno”, solían resumir. Don Luis tenía una rarísima habilidad para “apilar” rivales. Por ese motivo, en uno de sus primeros partidos en el equipo superior de Central, le valió una reconvención de Harry Hayes, nada menos, creyendo que se burlaba de los contrarios con su habilidad.

Admirado y mimado por la hinchada centralista, fue pilar indiscutible de muchas selecciones rosarinas y nacionales. Una tarde, en la cancha municipal del Parque Independencia, allá por setiembre del ´28, su estrella futbolística brilló más que nunca.  Derrotaron al fuerte equipo del Barcelona que traía en sus filas al celebérrimo “Mago” Samitier, al húngaro Platkó, a Sastre, a Irurzun.

Fue un concierto. La orquesta de la selección rosarina sonó como nunca. Homogénea y brillante, la orquesta estaba integrada por excelsos solistas de calidad: Guida, Capitanelli y Cockrane; Podestá, Villa y Conti; Peruch, Libonatti, Gabino Sosa, Luis Indaco y Celestino López. En medio de semejantes futbolistas, Don Luis Indaco dio su propio espectáculo marcando los cuatro goles para su equipo.

Conquistó varios campeonatos con su querida camiseta auriazul. También ganó el campeonato argentino con la selección local que lo llevó a inscribir su nombre en una placa de bronce, que se colocó en el estadio centralista, junto con los nombres de Octavio Díaz, Francisco De Cicco y Juan González. Todos canallas.

Algunos sinsabores lo llevaron, en 1926, a militar y deslumbrar en Platense. Varios clubes pretendieron retenerlo hasta que atendió al llamado de un viejo amigo y jugador, lamentablemente de la vereda de enfrente, Don Julio Libonatti, el primer argentino que jugó en Italia. Hasta la lejana Génova se fue Don Luis Indaco a probar su suerte. También llegó a Roma, pero la nostalgia lo invadió muy pronto y la aventura terminó casi en el mismo instante en que comenzaba. Retornó a Rosario, a su viejo y amado Rosario Central donde prosiguió cosechando triunfos y halagos. Otra vez volvió a ser “el niño mimado” por sus condiciones deportivas y bondades personales.

Su juego estaba hecho para divertir. Pasaba a sus rivales de turno como postes pero jamás se burló de ninguno de ellos. Todo lo hacía naturalmente (como las rabonas del Chacho o los enganches del Chelito) con la sola intención de superar a un adversario. Así lo entendían todos, hasta las hinchadas ajenas.

Siguió jugando en Central hasta 1933, año en que decidió dejar su actividad profesional. Ya estaba en pleno auge el profesionalismo y él, que debió ser un millonario en esta época del fútbol actual, se retiró con la misma e idéntica humildad con que había iniciado su carrera quince años atrás.

Pero igual se apartó del fútbol canalla rico, muy rico en anécdotas, en amistades, en el cariño de tanta gente que lo quiso y que ahora lo recuerda como una de las más fulgurantes estrellas que brilló sobre el césped de una cancha de fútbol.

Vaya pues, éste, nuestro recuerdo a Don Luis Indaco.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com