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Por
Buqui Vatalaro
Del dirigente que tenemos al dirigente que queremos
- 18.07.2003
La decisión fue tomada dijo, una vez, el pueblo: “para cambiar el modo de dirigir hay que cambiar a los dirigentes o, en su defecto, enseñarles todos los secretos del cambio”.
Una parcial visualización de la labor del dirigente que tenemos en la actualidad, nos pone de cara con resultados verdaderamente patéticos. Al menos en su gran mayoría donde, las excepciones, ahora sí confirman la regla.
Muchos de esos dirigentes que se ufanan por ostentar el poder delegado, en casi todos los casos, por el pueblo-masa, tienen una base de estudios muy deficitaria. Se les nota falta de preparación y estudio. Además, muestran dificultad para enfrentar los diferentes temas a abordar durante la función y salir airosos en el final de su gestión. Tampoco saben rendir cuentas.
Toda “escuela de dirigentes”, para muchos de ellos, es apenas un liviano argumento al que jamás tienen acceso. Adolecen de una severa falta de conciencia acerca de que la formación, el estudio y la capacitación son el único modo de avanzar en la carrera dirigencial. El nivel promedio manifiesto, analizando cada una de sus múltiples gestiones de gobierno, puede considerarse como muy bajo en la mayoría de los casos.
Pueden ser otras las causas; por ejemplo, el exceso de horas de trabajo que no les permite dedicarse a aprender se constituye, si se quiere, en un buen argumento a su favor. Pero no es suficiente a los intereses de la institución que los necesita. Considero conveniente estimular el interés de los futuros directivos de Central y animarlos a que arbitren los medios para que les alcancen las horas del día que fueren necesarias.
Muchas veces he podido advertir que demuestran una rara y enfermiza inseguridad para “enfrentarse” con la masa societaria y sus reclamos. A menudo tienen profundos conocimientos de los temas pero ostentan una fatal incapacidad para poder expresarlos verbalmente; sea por falta de experiencia en estas situaciones, sea porque no aceptan la necesidad de ser examinados con mayor frecuencia por quienes lo eligieron con su voto, sea porque se sienten obligados a mentir; lo cierto es que no advierten que todo ello redundará en un mejor desempeño personal y una mayor eficacia en el desarrollo de la función; pues “tocando el arpa es como se aprende a tocar el arpa”.
En situaciones no poco frecuentes, no logran exteriorizar una armonía y equilibrio ni en lo más elemental: la uniformidad del discurso. Les hace falta más amplitud para elegir un tema medular relacionado con la vida institucional del club y abordarlo desde todos los ángulos sin reiteraciones permanentes.
Resulta increíble notar la enorme incapacidad que muestran -no todos claro- para dar respuestas a razonamientos mínimos “fuera de libreto”. Es como si no supiesen pensar. Ante una pregunta “difícil” o un comentario poco halagüeño aunque bien intencionado, la respuesta será el enojo y el fastidio de su parte.
La escasa facilidad en la creación de nuevas ideas y en la exposición de los conceptos los convierte en presas fáciles, algunos lo saben. Otros, en cambio, menos prudentes “dicen cualquier cosa” con tal de quedar bien, haciendo gala de una exultante práctica y manejo de la oralidad sin sentido. Y, para “zafar del apuro y del momento”, terminan su discurso diciendo lo que los demás quieren oír a sabiendas, incluso, que jamás cumplirán con su palabra.
Es tiempo de una metamorfosis colectiva. La dirigencia no puede ni debe seguir por este camino anacrónico plagado de formas perimidas y superadas por el paso de los años en la vida de los hombres y de las organizaciones.
Rosario Central no es la excepción, el club espera por los ansiados cambios en la manera de conducir que, inexorablemente, deberán producirse y propiciarse en el seno mismo de la próxima comisión directiva que resulte electa por el voto mayoritario de sus socios. El presidente de Central, durante el próximo período de gestión, se encargará de lograrlos. No importa de quién se trate. Sea Adolfo Boerio o Pablo Scarabino porque, en definitiva, lo que menos le importa al socio de Central son los nombres de sus dirigentes sino las acciones que éstos llevarán a cabo todos los días para beneficio y grandeza del club.
“No cambiar para que nada cambie” es el lema de los menos ambiciosos, de los conformistas y de los perezosos holgazanes asustadizos y que yo, particularmente, los quiero lejos de mi Central.
Del dirigente que tenemos al dirigente que queremos puede haber un camino interminable como apenas un breve paso que, alguna vez, todos tendremos que dar.
“Buqui” Vatalaro