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Por
Buqui Vatalaro
Cuando el Silencio es Salud
El hombre llega a viejo mucho antes que a sabio…
- 18.11.2003
Ud. sabe escribano Vesco, porque me conoce, que en más de una ocasión he adherido a sus fórmulas de gobierno como tantos socios. Y otras muchas veces hemos salido a festejar por las calles de Rosario, junto a Ud., un resonante triunfo deportivo. No puede suponer, entonces, que soy algo así como una especie de “opositor empedernido”, ni descalificarme por ser “un caprichoso contrera”, tampoco un detractor de su persona y estilo de gestión. Ud. nada me debe. Yo, por mi parte y como socio de Central, mucho le debo todavía. Por eso me atrevo a escribirle esta “carta”
Una vez, Ud. recuerda, a mitad de este año, tomando juntos un café y charlando amenamente con un querido amigo en común le dije que, como socio de Central, pretendía el bronce para Ud. por su pasado como dirigente y por tantas jornadas de gloria que nos regaló conduciendo al más grande. Y agregué: “pero el bronce no se compra, se obtiene”, que no es lo mismo.
Los jóvenes centralistas habrán leído, o les habrán relatado la historia canalla de aquellos años setenta, otrora épocas de una gestión pretendidamente impecable junto al legendario “Secretario” que hoy se erige legítimamente como nuestro presidente, el Sr. Pablo Scarabino.
Lágrimas se nos caían a todos los canallas sabiendo que, más allá de los éxitos en el deporte, teníamos en el club conductores de su talla junto a otros que ya no están, que no cesaban nunca de “guerrear en favor de Central” en los oscuros despachos del poder “afista” y porteño. Las pruebas sobran y están a la vista.
Fueron años de encendidas pasiones auriazules; luego de un dirigente de la estatura de Don Adolfo Pablo Boerio, surgieron otros como Ud. escribano, o Don Osvaldo “Tito” Rodenas y ahora Pablo Scarabino. A una Ciudad Deportiva que nos llenó de orgullo le sobrevino, una década después, el Gigante de Arroyito, “boca al cielo” que habita permanente en el imaginario popular canalla; y los primeros títulos nacionales en el fútbol profesional o aquel abrazo pasional y sostenido, interminable, con el supremo, nuestro “Prócer Aldo” a su regreso de la isla que escogió para esconderse de los mercaderes del sur. Por entonces, a todos los canallas nos parecía fácil “tocar el cielo con las manos”.
Recuerdo haberlo visto llorar de emoción, escribano, entrecortando la voz al declarar sus sentimientos; o pelear por Central junto a un puñado de canallas, como Leónidas, contra los poderes económicos y estructurales de una unitaria Buenos Aires. Siempre defendiendo a nuestro club como si fuese más que propio. Lo he visto, escribano, sobre el hombro de los hinchas, en andas por la calle Corrientes saltando y brindando junto a nosotros -sus acólitos- festejando el fracaso del enemigo, por así llamarlo. También recuerdo su presencia en las tribunas populares, cerquita nuestro, bajo el ardiente sol estival, junto al pueblo canalla, en todos los estadios, especialmente en cancha de NOB alentando al nuestro en los clásicos, a morir.
Porque Ud. siempre ha sido considerado, para quienes ya peinamos canas, un dirigente hincha. Más de una voz se alzó sosteniendo esto que detallo, ¿lo recuerda?. “Vesco es lo mejor que le pudo pasar a Central” podía leerse en las crónicas de antaño; “todos junto al presidente Vesco” solía repetir la masa societaria en pleno, con algunas pocas opiniones en contrario que nunca faltan.
De hecho que su perpetuidad en el poder -que siempre confunde y, a veces, corrompe- lo ha demostrado durante treinta años. Por alguna razón Ud. fue electo y reelecto una decena de veces.
Pero llegó el momento de decirle, escribano, que “el hombre llega a viejo mucho antes que a sabio”. Parece ser una sentencia sin fundamentos que la refuten. Ud., escribano, ya ha tenido la suerte de alcanzar la senectud dejando profundas huellas detrás suyo; a sus espaldas, entre otras cosas, podrá visualizar una vida plena dedicada al club de sus amores, muchas veces con aciertos y otras tantas con errores. Nadie podrá indicar lo contrario.
No es una hazaña -aunque algunos así lo crean en el mundo convulsionado y violento en que nos toca vivir- llegar a viejo. Sí, en cambio, es un acto extraordinario llegar a sabio. A Ud., escribano, le toca vivir este mágico momento, el de procurar primero alcanzar para luego donar sabiduría. Es casi una obligación que debe asumir en estas horas de recogimiento y de reconocimiento de los errores cometidos.
Por eso, permítaseme, le exijo que lo haga o, al menos, que lo intente. Ser sabio no es el resultado de una pase de magia hecho con una varita sideral, no responde a una receta preestablecida, todo lo contrario. Ser sabio, presumo, es el resultado de una actitud inteligente, profundamente reflexiva y de exaltación de la verdad histórica, personal y colectiva.
Ud. escribano, cariñosamente “viejo zorro ganador de cien batallas”, el último de los dinosaurios, conocedor como pocos de las reglas del juego, no puede ni debe sucumbir a la tentación de decir sandeces frente a un micrófono, una cámara o un grabador que -algún periodista malintencionado o “lastimado” con mugroso dinero- le acerca a la boca.
Es la hora, escribano, de meditar, de hacer un sincero acto de contrición y ofrecer sus disculpas. Sé que Ud. lo va a intentar porque sé que ama a Central como todos.
Si no puede lograrlo, de ahora en más llámese a silencio por el bien de nosotros… por el bien de Central.
“Buqui” Vatalaro
Secretario de Cultura CARC