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Por
Buqui Vatalaro
Mi mejor pesadilla
- 18.12.2002
Caí, tardes pasadas, en un sueño de escritorio. Quedé adormecido por el transitar de la prosa que yo mismo estaba escribiendo y viajé hasta mi mejor pesadilla: “El Colorado Vázquez”.
Sin ahondar en horrorosas burocracias literarias, diré que, en el sueño, él me instalaba de prepo en un tenebroso lugar, a la sazón un bar de la ciudad, donde debía compartir mis horas junto a una suerte de filósofos barriales, literatos, librepensadores, médicos, periodistas y críticos todos locos ellos, hacía tiempo ya.
En ese bar oscuro y hediondo con olor a azufre, sentado a la mesa, me hallaba frente al papel y a la pluma. El Colorado estaba en otra cosa, sonriente, despreocupado, se lo veía feliz; apartado de la realidad que se cernía sobre nuestras humanidades; nos hablaba y hablaba sin parar. Decía cosas incomprensibles, casi esquizofrénicas: “...el Gran Lama está complacido por vuestra labor...”; “...así como hicimos la más alta en México, la más baja la haremos en el Mar Muerto...”; seguía con las incoherencias que yo no comprendía muy bien: “...el Prócer está dispuesto a arrojarse desde 54 metros de altura a las aguas del Paraná desde el puente Rosario-Victoria...” o remataba la “conversa” con: “...mucho piripipí, muchachos, quiero mucho piripipí, ruido y más ruido quiero esta vez...”. No cabían dudas, el Colorado estaba también loco...muy loco.
El lugar, insisto, era convenientemente desagradable. Confieso que estaba aterrado. Los locos que me rodeaban parecían estar de acuerdo en un todo con el Colorado. Asentían con la cabeza, escuchaban serios todas las incoherencias, con gestos adustos como si se tratase de la preparación previa, en una mesa de arena, de la próxima incursión militar tras las filas enemigas.
Como un estratega militar no cesaba de dar indicaciones aquí y acullá. Todos lo miraban embelesados. Ordenaba las tácticas a emplear cual si fuese el mismísimo Napoleón planeando el ataque francés momentos antes de su descabellado intento en Waterloo; o Leónidas dirigiendo a sus 300 héroes en el Paso de las Termópilas, haciendo un inútil esfuerzo frente al ejército de Jerjes; o Calígula el perverso, temido y colorado como él, emperador romano. Y yo en medio de esa dependencia infernal, antes que celestial, formando parte de un auditorio de orates que no cesaban de asentir con la cabeza.
Atrás habían quedado mis tiempos mejores: la infancia sobre el empedrado del centro, esos adoquines con historias; aquellos inviernos de bruma temprana, paradito junto a las vías esperando el tranvía que pasaba por Montevideo y Paraguay para ir al Normal Nº 3 vestido con mi guardapolvo blanco; o los carnavales en el barrio donde los viejos cuarentones se corrían entre sí, unos a otros, por toda la cuadra, arrojándose sendos baldazos de agua. Y ahora mi adolescencia, que había transitado feliz por mi vida, me rezongaba al oído ante semejante situación delirante. El Colorado, pertinaz, insistía con volverme loco también. Si hasta sobreviví, a pesar de él, cuando le tocó educarme, enseñarme, transmitirme sus conocimientos -que no son pocos, eso sí- allá por los sesenta en la Escuela Dante Alighieri.
Pero mi destino estaba signado. El sino inevitable reservó para mí, arteramente, un espacio y un tiempo cerca del Colorado por el resto de mi vida. Con la impresión de algo que me pareció alegría reconocí, en el sueño, misteriosamente, a ciertos personajes admirados. Cada uno de ellos se me acercó de modo amistoso, aunque advertí un tono socarrón en aquella deferencia. Me alarmó que insistieran tanto, a cada momento, en que les pagara un vermouth.
Un anciano asustado con andar gracioso fue el primero en acercarse. Parecía no pertenecer a este grupo de locos. Casi como un espectro, vestido con yaqué negro y pechera blanca, abrió una especie de pico corto y me dijo: “...Cuídese señor, esta gente no sabe lo que hace y el Colorado que los dirige es un hechicero y seductor, es el peor de todos; esta gente nos ha causado muchos disgustos, es burlona y compadrita como dice el tango...”. Luego desapareció entre las mesas no sin antes acariciar, con un dejo de tristeza, la cabeza de un antiguo pingüino con vino tinto que estaba servido sobre una de ellas.
Pedí un Cinzano con ingredientes para todos y me dispuse a entender de qué se trataba. Tomé nota de lo que se decía, de lo que se hablaba en el grupo, escuché atentamente a cada uno de ellos, todos dispuestos a concretar los anhelos del Colorado sin atreverse jamás a desobedecer sus mandatos.
“...Acá hay varias ideas geniales del Colorado que deberemos llevarlas a la práctica tal cual las explicó...”, dijo un morocho barbado con aspecto de humorista y luego escritor, que estaba sentado, como ausente, en un extremo de la mesa. “...Es verdad, pues entonces, al trabajo” asintió, resuelto, otro personaje vestido con una chaquetilla blanca y un estetoscopio colgando del cuello. “...Hay que concretar el vuelo inmortal esta vez en Chile, San Martín y O´Higgins nos esperan...”, gritó un tercero con aspecto de intelectual. Mientras tanto, el Colorado miraba callado y sonreía cual líder carismático.
Avanzaba la tarde, entre charlas y toma de decisiones incomprensibles, pedí otra vuelta de Cinzano. Comenzaba a sentirme a gusto entre la gente. Sin comprender todavía, seguía no obstante asustado por lo que me estaba pasando en la pesadilla hasta que llegó un amigo.
“¿Qué hacés acá Aldo?, sacame por favor de este lugar, estos tipos están todos locos”. Inmediatamente comenzó a sonar un música celestial. Fue entonces cuando mi amigo el Aldo dirigió su rostro hacia el cielo, abrió sus brazos formando una cruz y apareció, detrás de él, una intensa luz azul y amarilla.
Casi no había espacio para tantas confusiones mías. Cuando reaccioné, pude ver a todos los locos arrodillados adorando a mi amigo el Aldo; con los brazos extendidos en ofrenda, apoyaban sus cabezas en el piso mugriento de ese bar escandaloso mientras, El Colorado, ese extraño personaje burlón y compadrito, pronunciaba un Ommmm.... casi imperceptible.
¡Desperté!, por suerte a tiempo, antes de que me devoraran todos los miedos juntos. Sobre mi escritorio, en un cuaderno Rivadavia de tapa dura, con hojas amarillentas que no fueron tales en los sesenta estaba escrito, de mi puño y letra, el relato completo de esta pesadilla. Al menos, por fin, me había liberado del Colorado.
A mi derecha, en la pantalla del ordenador, el Outlook Express anunciaba bien visible un mensaje nuevo:
“...Buqui: mis contactos en la Nasa dicen que todavía quedan algunas plazas en el trasbordador espacial Discovery, para participar de la paloma 2003 en la luna, ¿te anotás?. Fdo: Colorado Vázquez...”
En ese momento, no sabía si salir a comprarme un traje espacial, antes de que se agote mi talle, o tomarme otro Cinzano.
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)