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Buqui Vatalaro
Señora de la Vida
Qué daría por volver a ser aquel niño, mamá...
- 19.10.2003
La "Señora de la Vida", mi madre, ahora ya está en el mundo de los mares calmos y de los sueños altos. Ha decidido cruzar la frontera de las dos realidades; fue el domingo 28 de setiembre a las siete de la mañana. Definitivamente se ha reencontrado con su caballero, el de los sueños: mi padre.
Estoy triste; aunque finalmente he quedado en paz conmigo y con mis penas. Ya no me invade aquel dolor intensivo. Tan intensivo como fue su terapia de siete días; apenas siete días, pero que fueron excesivos para una sola guerrera en su batalla final.
En su último acto, mi madre se despedía dándome una nueva lección de vida, como siempre lo hizo. Me hizo comprender, con su partida, que “la muerte es más digna que la agonía”.
Hoy, en uno de tus anhelados domingos, en el “Día de la Madre”, te evoco mamá y te extraño. Deberías estar aquí conmigo, esperando el almuerzo con aroma a tuco casero junto a tu familia. Pero ya ves, la vida te premió elevándote a los cielos en el final del camino y aquí quedamos tus mortales vivos llorando esta ausencia.
Por eso mamá, en este día especial, quiero pagarte una nueva cuota de amor. Porque, aun cuando falta tu breve figura y no escucho tu dulce voz, estás presente. Porque eres el aire que respiro cada mañana, porque vives en cada uno de mis sueños y de mis actos.
¡Qué daría por volver a ser aquel niño que cabía perfecto en tu regazo! Añoro las épocas de juegos escondidos en los que, pícaramente, me mirabas para transformarte en mi cómplice silenciosa. Que daría por volver a hacer las travesuras en los '60 y pedirte: “no le cuentes a papá, mami ¿eh?, por favor mami... por favor, ¿sí?” y esperar esa sonrisa complaciente cargada de amor que siempre me regalaste.
Extraño los mediodías en que solías ir a buscarme a la escuela. Parece que fue ayer cuando asomaba corriendo ansioso por la puerta grande de calle Entre Ríos para verte allí, paradita sonriente esperándome para fundirnos en un abrazo y sentir el olor de tu piel. Aquel olor que quedará por siempre en mí y que no se perderá como los años.
Mientras escribo, mamá, siento la necesidad de llevarte de nuevo mis penas para que las cures, como cuando te llevaba mis cuadernos desprolijos, garabateados, para embellecerlos con tus hábiles manos leves y evitarme así el reto de la señorita.
Conservo en el estuche de mis pertenencias cada una de tus arrugas que no son arrugas sino que son recuerdos. En cada uno de ellos guardo también nuestros besos, día tras día.
Cuando supe que no estarías para siempre, recién pude comprender que nada podría yo hacer por que estés a mi lado eternamente. Pero me enseñaste a no ser egoísta en la vida y aprendí de vos, mamá, a agradecer y a decir “te quiero” cada vez que esas palabras se me aparezcan en los labios.
Hoy puedo compartir con mis hijas y su propia madre esa felicidad que tengo de saber que todos los días son los días tuyos. Y esperar estar juntos otra vez mamá; esperar a que llegue el momento para ir los dos al Jardín del Edén a regar las flores por las tardes.
Te imagino sorprendida por esta carta mamá, la que no supe escribir antes de tu partida, por eso hoy me arrepiento y me cenizo. En mi ceguera y necedad no pude apreciar el valor de las palabras y esperé tanto para escribirte lo que siento que, el impío tren que abordaste, partió esta vez sin demoras para dejarme solo en el andén con mi papel y mi pluma.
Pero ya ves mamá, tu hijo nunca fue el mejor como creías. Ahora aquí, sentado frente a tu risa en la última foto y con mis lágrimas altas, añoro tanto las cosas pequeñas y dulces de la vida como cuando, con una carcajada, anunciabas “aquí estoy para cuidarte”.
Y ahora, que ya me abruma la orfandad, te quisiera hacer “upa” mamá. Quisiera alzarte en mis brazos para tenerte acunada esta vez en mi regazo. Pero ya es tarde... ya es tarde.
Sé, bien que sé mamá, que continúas siendo la misma guerrera de entonces. Sé que sigues viva, sé que estás latiendo en el corazón caliente de toda madre; sé que dices presente en la hermosa panza gorda de cada mujer embarazada y hoy soy yo, mamá, el que intenta reír a carcajadas duplicando tus cosas con mi vida para regresar, en el tiempo, a ser aquel niño otra vez.
Por eso estoy tan agradecido, por eso...
Vaya mi pequeño homenaje
a todas las madres en su día.
Y a vos canalla te digo: “no esperes que parta el tren de la estación”.
“Buqui” Vatalaro
Secretario de Cultura CARC