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Por Buqui Vatalaro

Mamita Querida...

Cuando desperté me sentí un pibe, me sentí...

 

 

 

 

 

Adormecido por el penoso andar de un domingo lluvioso y sin fútbol, luego del asado y el cabernet sauvignon de la una y media, caí en una tarde de sofá. Casi ni escuchaba la charla de sobremesa. El comedor diario de la casa de Fernando, contiguo al living, era un verdadero jolgorio de risas y anécdotas familiares.

Mis hermanos reían, junto a mi madre, recordando travesuras de pibes en la vieja casona de Montevideo y Paraguay -justito en la esquina- y que el implacable piquete ya demolió, impío, hace más de una año. Las mujeres de la familia compartían sus tradicionales quehaceres domingueros pos almuerzo y los más jóvenes: Ivana, Florencia, Nicolás y Sofía, sentados en un semicírculo perfecto, debatían acerca de la posibilidad de extender aún más las veladas nocturnas los fines de semana, sin descuidar sus respectivos estudios, claro.

Yo, en cambio, y el sofá, formábamos casi una sola pieza de formas irregulares. Mis ochenta y cinco kilos esparcidos, parecían perderse entre sus cojines mullidos color escarlata. Hasta que me vi instalado en el medio del Gigante. Pero no en la platea Sector “P” para vitalicios como suele ocurrir cada quince días, sino “en medio de la cancha”. Sí, parado en la mitad del campo de juego, en el césped del Gigante vestido de jugador con la número cinco canalla.

No pude verme la espalda, pero sí visualicé el cinco pequeñito, blanco, impreso sobre el muslo izquierdo de mi pantalón “Le Coq” azul francia. Sentí el rugido de mil leones. Miré hacia los costados, hacia arriba y, antes de que se me caiga la pera, advertí la presencia de una canallada en ebullición y atenta a lo que pronto iría a ocurrir sobre el terreno de juego.

Con algo que en el sueño me pareció una alegría reconocí a ciertos personajes admirados. Se me acercaron de modo amistoso, me abrazaron y me dieron un beso de aliento en la mejilla derecha no sin antes palmearme la espalda en señal de reconocimiento, como para darme ánimo.

El lugar era convenientemente agradable. Con un estadio lleno, la tarde bien soleada, temperatura agradable especial para jugar al fútbol, el rugido tribunero en su tono más alto y ensordecedor que, confieso, me producía un poquito de temblor pero sólo de las rodillas para abajo, por suerte.

El rival parecía resignado en su conjunto, al menos algunos de sus jugadores que lucían, casi con desprecio, casacas demasiado opacas y tristonas que desentonaban y rompían el encanto de un ambiente colorido y jubiloso. Sus colores eran una mezcla rara de negro con gris y rojo que le daban un aspecto de “ropa vieja”, de ropa usada y comprada en un bazar del “Viejo Cairo” a un precio vil y en una mesa de saldos.

Debo haber mostrado mi mejor “cara de susto”. Estaba paradito en el borde del círculo central, casi pisando la línea de cal, mirando hacia la tribuna que da su espalda al Club Regatas. Los primeros en volver a acercarse fueron ellos tres. Me hablaron cerca del oído, golpeaban las palmas de sus manos con las mías incesantemente y me gritaban cosas como: ”¡Movete pibe, fuerza carajo, no te ablandés, tenete confianza, es tu gran debut, buscanos a nosotros todo el partido, estaremos cerca tuyo, no te procupés, pensá en la vieja!”.

Moverme, lo que se dice moverme, casi no podía porque estaba paralizado. Toda mi: ¡fuerza carajo!... se limitaba apenas a controlar el esfínter, bastante blando por cierto bajo esas circunstancias. Confianza me tenía, eso sí, confiaba que no me iba a desmayar en los “córneres” en mi gran debut a pesar que sabía que estos tres compañeros no me dejarían solo, que estarían cerca de mí en cada jugada. En la vieja, pobrecita, no podía pensar porque estaba más ocupado en concentrarme para poder mantener el equilibrio, no sólo el emocional sino, también, el propiamente dicho: me costaba mantener la vertical.

Todo estaba dispuesto para comenzar. Miré hacia la derecha y lo vi a él sonriente, uno de los tres que me habían alentado: el “Chacho” Coudet me guiñaba el ojo. Giré la cabeza, esta vez miré hacia la izquierda, él estaba haciéndome la señal “del pulgar hacia arriba”: el “Tordo” Palma. ¡La pucha!, ya me sentía mejor. Miré hacia el frente, y allí estaba con la nueve en la espalda: el “Polillita” Da Silva parado con las manos en jarra, mirándome fijamente directo a los ojos mientras me decía: “¡tiramelá a mí, tiramelá a mí!”.

¡¡Mamita querida!!. Ya me sentía un ganador, seguro de mí mismo, un pibe...te lo juro, un pibe me sentía, agrandado como el que más. La sensación de placer era absoluta, debutaría en el Gigante con toda la confianza depositada en mí por estos tres también gigantes. La expectativa era enorme y la alegría total. Hasta pensaba en hacerles un gol, hasta eso pensaba.

Me alarmé cuando sentí sonar un pitazo estridente, largo, sostenido. El silbato del árbitro indicaba el inicio. Sacamos del medio, me la tocan hacia atrás, la estoy por recibir, pienso en pararla con la derecha y salir de zurda jugando con el Chacho. ¡Cuánto placer me provocaba!.

Y ocurrió entonces, antes de que me llegue la pelota, un segundo antes, una voz familiar me despierta dulcemente con la mano tendida, ofreciéndome un mate espumoso, sin azúcar, recién cebado...como me gusta a mí.

“¿De qué te sonreís?, ¿qué estuviste soñando?... ¡Lascivo!, por la cara que tenés con alguna mina seguro. Ustedes los hombres son todos iguales”, me dijo mi amada esposa, ahora ya no tan dulce, mientras le daba la primera pitada a la bombilla.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com