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De cómo Rosario Central estuvo a punto de desaparecer...
- 21.05.2003
Resulta que las autoridades del Ferrocarril Central Argentino habían demandado el desalojo inmediato del terreno que ocupaba Rosario Central, allá en el primer cuarto del siglo pasado.
No fue eso producto de la casualidad. Ocurría que el estatuto vigente desde 1917 era asiduamente violado al permitir Central el ingreso de socios que no pertenecían al ferrocarril, “picardía criolla” diría un experto en argentinidad.
Claro, esta franquicia no estaba bien vista por los adustos y rigurosos funcionarios de la empresa británica. Ellos, que solían hablar del “Setter Irlandés” nada entendían acerca del “Perro Salchicha”. La flema y aristocracia inglesa les impedía incorporar, mucho menos aceptar, la autóctona costumbre de vulnerar lo reglamentado, la empecinada actitud acriollada de infringir siempre la ley o predisponerse en contra de los intereses establecidos en normas estatutarias. Era, por lo tanto, un acto inadmisible bajo todo punto de vista.
Pensaron llevar a cabo una maniobra poco digna para recuperar el control de una entidad, de un club que ellos mismos habían dado impulso inicial pero que ya había obtenido vida propia. La jugada, producto de una sumarísima toma de decisión, envilecida por los intereses que una junta ambiciosa intentaba lograr a toda costa, consistía en obligar al club a que desaloje el terreno oportunamente cedido y que ocupaba en forma precaria. “No tendrán a dónde ir y aceptarán nuestras condiciones”, pensaron los estrategas de turno.
Don Federico J. Flynn, presidente de Rosario Central, una y otra vez se reunía con los dirigentes del ferrocarril para obtener de ellos un plazo de tiempo prudencial para acatar la demanda y cumplimentar el desalojo. Desconsolado informó, en la asamblea de socios del 1º de agosto del ´25, que las autoridades de la empresa ferroviaria suprimían todo tipo de colaboración con el club. Sin su ayuda, el club estaba destinado a desaparecer, sería irremediablemente disuelto. La propuesta era muy simple, los ingleses querían fundar otra institución bajo el control de la empresa y que irían a pensar si continuaba llamándose Rosario Central o no.
El informe del presidente enardeció los ánimos de los asambleístas. Un jugador de la época, un grande de verdad: Ignacio Rota, fue ovacionado cuando dijo, a viva voz, que antes de cederle el club al ferrocarril prefería su desaparición como había acontecido anteriormente con el glorioso Alumni. Flynn, por su parte, pedía prudencia y tiempo antes de tomar una decisión.
El 7 de setiembre de ese mismo año, en otra asamblea de socios, el presidente Flynn informó acerca de una nota de la empresa, recibida en propias manos, en papel con membrete de un nuevo club denominado “Deportivo Central Argentino”. En ella invitaban a Rosario Central a ingresar con su patrimonio y, especialmente, con todos sus asociados a la nueva entidad permitiéndoles ser incorporados, claro que sin voz ni voto en asambleas, a las personas que no eran empleados del ferrocarril.
La respuesta no se hizo esperar demasiado.
Continuará...
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)