¿Que te pareció?
NOTAS ANTERIORES
Para llegar a ser Un Gigante III
Para llegar a ser Un Gigante II
Para llegar a ser Un Gigante (I)
Charlar de lo que nos gusta
Charlar de lo que nos gusta IV
Charlar de lo que nos Gusta
III
Charlar de lo que nos Gusta II
Charlar de lo que Más nos Gusta
Preanuncio de un estilo ganador
Yes my Lord... Yes my Captain!
La C. Deportiva bajo la lluvia
Arrastrando los Crespones de...
Tocando el Chelo con las manos
Y... si el trabajo es impecable
Por Buqui Vatalaro
Gran Censo Nacional de Personas
- 21.05.2003
La cosa estaba mal. Había cerrado la fábrica donde me desempeñé durante casi siete años. Ahora mi título de “Tornero Matricero” me servía de muy poco. No había trabajo y las perspectivas de conseguir uno estable empeoraban cada día.
Hacía algunas changas, pocas, dos o tres cositas por semana, pero que me dejaban algunos mangos como para ir tirando. Todavía tenía guardados los pocos pesos de la indemnización que me pagaron al despedirme, con un cheque, el mismo día en que dejé atrás una buena parte de mi vida como obrero metalúrgico.
Por eso, no dudé ni un instante cuando se me presentó la oportunidad de trabajar en la realización del “Gran Censo Nacional de Personas”. La verdad es que pagaban muy bien por el trabajo, muy buena la remuneración por una tarea que sólo llevaría un día de esfuerzo. Eso sí, había que “patear la calle como un cartero”.
La convocatoria fue enorme. Concurrí, entre miles, para la selección. Al cabo de dos días, me llegó a domicilio una citación para presentarme a recibir las directivas y convertirme, al fin, en un nuevo censista.
Mis estudios, aunque sin formación universitaria, resultaron suficientes como para aprobar la selección de personas. Regresé a casa con una enorme carpeta azul llena de planillas, formularios, algunas biromes con la inscripción “Argentina Puede” y decenas de calcos con el Escudo Nacional y debajo la palabra “Gracias por su Colaboración”, para pegar en las puertas de entrada de cada casa censada.
La macana era que el trabajo debía hacerse un domingo, desde las siete hasta terminar. Por ese motivo, el sábado anterior me acosté apenas dieron las diez. Me levanté tempranito; ese domingo de mayo se presentó cálido y soleado, contrariando a la naturaleza propia del otoño y a la “historia argentina de Billiken”. Tomé unos mates con mi mujer y partí, carpeta en mano, en dirección a las manzanas asignadas.
La verdad que la encuesta no era complicada. Se trataba de una serie de preguntas para respuestas rápidas. Si me movía con cierta rapidez, presurosamente, quizás para las cinco de la tarde terminaría con mis tareas. Después a casa y al día siguiente a cobrar y... “listo el pollo”.
Las primeras cuatro horas pasaron casi sin darme cuenta. La gente, por lo general muy amable, me invitaba con galletitas, pastaflora casera, mate amargo y hasta con un fernet con anchoas al ajillo que, por razones obvias, rechacé delicadamente para no ofender. Fue así que llegué a la esquina, a esa maldita esquina. Era casi la una y estaba un poco cansado ya.
Buenas, dije.
Buenas, me respondió sin siquiera mirarme un corpachón, morocho que estaba agachado acomodando unas manzanas dentro de un cajón, sobre la vereda.
Soy el muchacho del censo, que se viene anunciando por TV.
Ah!... see... metele nomá.
Lindo día ¿no?, dije como para que respondiese y me mirase a la cara. Como para comenzar diciendo algo ajeno al cuestionario propiamente dicho.
Dale fierita que estoy por cerrar... metele nomá te dije.
¿Nombre?
Tapia...Oscar Tapia
¿Así como suena?
El tipo se paró, medía como dos metros, vestía una remera andrajosa, mugrienta con la cara del “Negro” Olmedo sonriendo en el pecho.
¿Como suena qué?, ¿qué es lo que te suena pibe?.
Nnn...nada señor, usted dijo Tapia como pared... como muro, digo.
¿Vos me estás cargando?.
De ninguna manera señor, sólo hago mi trabajo.
Entonces hacélo bien...hacélo. Y apurate te dije que estoy por cerrar...estoy.
En seguida me di cuenta que no era bienvenido, que se me podía complicar el mediodía dominguero.
¿Edad?
Cincuenta y dos pirulos tengo... así como me ves.
Se me ocurrió, confieso que lo pensé, pero menos mal que no hice ningún comentario gracioso, creo que Dios me protegió. En realidad el tipo parecía como de sesenta y cinco.
Se lo ve muy bien señor, muy bien.
Y la pongo todos los días... la pongo. ¿Vos la ponés todos los días?. Me parece que no ,ja ja ja.
Me sonreí más por “cagazo” que por compromiso. ¿Ud, vive aquí señor?, pregunté mientras le veía, en el antebrazo, un horrendo tatuaje con la cara de un demonio escupiendo fuego por sus fauces.
No bolú...vivo en Chañar Ladeao. Claro que vivo acá. ¿No ves?.
Bien señor. ¿Casado?
“Acoyarao”. Cuatro veces. Dos se murieron jóvenes, no me preguntés cómo. Otra se me piró con un punto que laburaba en el puerto. Me hizo un favor...me hizo. Ahora me queda ésta, señalándome a una mujer regordeta y medio petiza que estaba atendiendo a una vieja adentro del local.
¿Hijos?, ¿tiene hijos señor?.
Siete, creo... sí siete, tengo siete. Uno está en el Chaco, en “El Zapallar”, el pueblo donde yo nací. Pero a ese no lo vi nunca...no lo vi. Es el más grande. Lo tuvo la Yolanda, no sé bien si es mío... pero yo lo anoté.
¿Los otros seis viven con usted en esta casa señor?.
No me hagá reir...no me hagá. Tás en pedo -me dice casi gritando- yo no mantengo vagos. Ellos viven afuera, en la calle laburando como se debe. Acá tengo solamente a la Cristina conmigo, la menor, que es medio tonta. Bah!...bastante tonta me salió. Me ayuda con los cajones.
Y los chicos ¿son muy chicos, qué edades tienen?.
Ya son grandes los guachos. Uno tiene quince, tengo dos meyisos de catorce y las pibas tienen más de diez cada una. Todos en edad como para laburar y ganarse la vida...ganarse. ¿Qué más querés saber?.
No digo que el tipo estuviese nervioso; parecía, en cambio, estar como enojado conmigo, con las “bolas hinchadas” digamos. Debía terminar cuanto antes con él porque ya me fastidiaba su maltrato y su sola presencia me alteraba el ánimo. Además, te juro, temía ofenderlo con algún comentario boludo y que me metiera un trompadón en la nariz.
¿Estudios?.
Sí, una vez estudié algo pero no me acuerdo qué era.
¡Ajá!, dije seriamente tratando de mantener la calma. De paso, hacía como que anotaba en las planillas todas sus respuestas.
¿Tiene cable en la casa señor?.
¿Cable para qué?, dijo mirándome directamente al entrecejo.
Cable, conexión a señal de cable para mirar televisión. ¿Me comprende?.
¡Ah!, see... tengo, pero “enganchao” con el del vecino. Se lo “choreo” a él. No sabe nada, es medio salame. Si me botoneás te mato, oíste... te mato.
Nnn...no señor cómo voy a hacerle eso. De ninguna manera se me ocurriría, por favor.
Mejor pa vó... mejor.
¿Teléfono?, ¿tiene teléfono?.
¡Quéee!...¿me pensás llamar por teléfono maricón?... ¿vos sos un trolo verdad?, tenías toda la pinta... que te parió. Putarraco... eso es lo que sos. Me lo imaginé... me lo imaginé. ¡Vieja!, mirá un trolito vino a visitarnos y encima me pide el teléfono. ¡Caradura... mariconazo!.
¡No señor!, grité... ¡yo no soy ningún trolo!. Estoy casado y ya tengo dos hijos. Soy bien machito. Me saltó el indio de adentro. Levanté la voz sin darme cuenta, lo que me provocó un posterior susto repentino por las posibles represalias de este homínido que me tocó censar.
Pero tenés la pinta ...tenés. Te voy a cagar a trompadas mirá.
No dije nada porque, en realidad, el tipo estaba bastante cerca de meterme una ñapi de las mejores y, en realidad, no me interesaba terminar mi día hospitalizado por culpa de un pelotudo medio idiota.
¿Gas natural, inodoro, baño instalado?. ¿Tiene sanitarios?.
¿Vos la querés ligar verdad?, me dijo desafiante. ¿Qué clase de pregunta es esa?. Claro que tengo sanitarios, tengo un botiquín lleno de sanitarios, ¿quién no lo tiene, eh!?... ¿quién?.
No nada señor, me equivoqué yo. Claro... ¿quién no lo tiene?. Disculpe. Leí mal la pregunta. ¡Qué tonto que soy!.
Ya lo creo -me dijo sonriente la bestia-
¿Trabaja?.
¿Vos sos pelotudo o te hacés, me estás agarrando para la joda?. ¿Y esto qué es?, me señaló hacia el interior del negocio levantando la pera.
¿Tiene una verdulería?.
¡No!, vendo lencería fina italiana... bombachitas, ñocorpis. ¡Claro pelotudo!, soy verdulero... ¿no ves?. Esto que está acá es una palta, esto es un melón -señalaba con el dedo tieso- esto es una zanahoria que, si me seguís jodiendo, te la meto... ¿sabés dónde te la meto? en el culo...te la meto. ¿Entendiste?.
Sss...sí claro que entendí señor, claro. Ahora, si me disculpa, lo dejo libre porque hemos terminado el cuestionario, muchas gracias y que tenga Ud. un muy buen día.
Ni se me ocurrió adherir la calco en la vidriera de la verdulería porque, supuse, sería mi último acto en esta vida. Acomodé como pude las planillas dentro de la carpeta, guardé la birome en el bolsillito de la camisa y amagué con retirarme raudamente dando la espalda cuando, desde atrás, un vozarrón, una voz de ultratumba me detuvo al instante.
¡Paráte ahí pendejo!. Hace como media hora que me estás preguntando boludeces y no me preguntaste lo más importante. Vos sí pibe que sos un pelotudo total, de los pieses a la cabeza -me espetó-
Disculpe...pero...
¡Pero nada!. No me preguntaste de qué cuadro soy hincha. Lo más importante.
Es que eso no interesa saberlo señor. Esta es una encuesta que pretende... -me interrumpió abruptamente con un grito casi gutural-.
¡Quéeee!... ¡yo te mato, yo te mato!. Vení para acá. ¿Cómo que no interesa saberlo?. ¿A quién no le interesa?, a vos seguro que no porque vos... vos... pendejo de mierda, con esa pinta de trolito amargado seguro que vos sos hincha de los otros, de los putitos.
¿De qué cuadro sos vos, a ver... a ver putito?.
¡De Central, soy de Central señor!... contesté sacando pecho, sí, pero con el mismo miedo de morir que sienten los que están esperando en el patíbulo que se descuelgue la guillotina. Esperé el golpe directo de cross a la mandíbula o un gancho al hígado que terminara con mi día, en el mejor de los casos. Pero no, nada de eso sucedió.
¿En serio que sos de Central fierita?, “laconchitumá”...igual que yo. ¡Que lo parió. ¡Por qué mierda no me lo dijiste antes!. Vení hermano, vení, dame un abrazo. Canalla... ¡mirá vos!, ¡canalla había sido el pibe!.. grande fierita... grande. ¿Tenés verdulería también, seguro que manejás un taxi, qué mierda hacés, de qué laburás?.
Estoy desocupado, dije casi con vergüenza y agachando la cabeza.
¡Mejor fierita..mejor!. Para qué querés laburar si no te pagan un carajo... no te pagan. Mejor así, sé de Central a muerte y seguí haciendo preguntas boludas por la calle para pasar el día entretenido, digo. Ojo con los pingüinos, eso sí... son pocos pero, por las dudas, tené cuidado... tené. ¡Grande fierita... grande, canallón viejo y peludo nomás!.
El tipo se me acercó y me dio un abrazo que, en primera instancia, parecía del oso. Su rostro ya no estaba desencajado, sonreía y hablaba en voz alta. Decía cosas raras:
Guachito lindo... ¿cuántos años tenés vos?... ¿lo viste jugar a Menotti?... ¿y al Gitano Juárez?. ¡Qué jugadores mi viejo, qué jugadores!. ¿Te acordás del Tablero Alumni en el codo?... ¿y “la fruna”, te acordás de la fruna que apagaba la sed y quitaba las ganas de fumar?. ¿Y la tribuna de mujeres?... ¡cómo gritaban esas locas!... ¿te acordás cómo gritaban?. Andrada, Casares y Cardozo -comenzó a recitar- Álvarez Minni y La Rosa... que cuadrazo teníamos ¿te acordás fierita, te acordás?. ¡Recién ahora me estás empezando a caer bien guachito!.
Por supuesto que le dije todo que sí. Que me acordaba de todo. Que nada se me había olvidado sin saber, siquiera, de qué cuernos me estaba hablando. Yo tenía apenas veintiséis años, creo recordar que mi viejo, una vez, me contó algo al respecto.
Me agradeció ser hincha de Central: “Sos como yo, igualito a mí carajo” -repetía una y otra vez- y un frío horrible me corrió por la espalda con sólo pensarlo.
Me palmeó los hombros efusivamente. ¡Tomá llevate algo!, dijo, y me regaló una planta de apio, un tomate perita y una pera madura, media pasada digamos; luego me retiré del lugar.
Cuando estaba ya a unos metros de distancia, sobre el cordón de la vereda casi por cruzar la calle, escuché que algo me gritaba, por las dudas me di la vuelta para mirarlo:
¡Peroncho carajo!... además soy peroncho. ¿Vos también, no fierita?
Asentí con la cabeza, le hice un simpático mohín, sonreí, levanté mis dedos índice y medio de la mano derecha haciendo la “V” y me retiré presuroso.
Acababa de darme cuenta, ya en la vereda de enfrente y lejos de la bestia, de que mi querido Central me había salvado, al menos, las costillas.
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)