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Por Buqui Vatalaro

El Caballero de los Sueños... mi Padre

 

 

- 23.03.2003

El Caballero se marchó, llevó consigo cuanto pudo cargar en sus manos amplias y generosas, otras cosas las dejó aquí. El Caballero desvelado, huérfano de fuerzas, el Caballero de mi esperanza, confundió el sueño de una noche de otoño con el sueño eterno, y en él entró para siempre.

El Caballero...mi Padre decidió morir de madrugada, casi al alba, a la hora en que mueren los que saben morir. Escogió un viernes, el día que él más quería; le pidió a ese viernes 23 de marzo de 2.001que lo acompañara al sitio elegido y ese viernes le obedeció.

Dejó la vida, dejó sus sueños y se marchó. La partida fue por decisión propia, por primera vez inconsulta, quiso apurar el delicado momento de su muerte para que aprendamos a morir con dignidad.

Tanto me enseñó el Caballero...mi Padre, que ahora yo, que ya no soy una pena, también aprenderé a morir. Nunca quiso perder su tiempo, ahora se sabe dueño de todo el tiempo y para siempre. El Caballero, con su morir sereno, le hizo burlas a su vivir convulsionado, apartó de su espalda la carga del dolor. Cansado ya de la máquina de la vida, de la máquina de diálisis, que ya era propia, con la que compartió más de siete años, la máquina que le había quitado la sonrisa, entonces, se despojó de las agujas que lastimaban las venas de sus brazos y, con paciencia, ultimó los detalles para iniciar la marcha.

Dejó atrás el mundo que construyó e hizo suyo, el mundo que nosotros disfrutamos como digna y única herencia. Ahora comprende, al fin, como el poeta, sobre esa cuestión tan sumamente seria que es morirse. 

El Caballero Ausente...mi Padre, ha podido morir como nunca pudo vivir. El Dignísimo Caballero de la Vida y de la Muerte. El Señor de los Regresos. El Hidalgo Caballero de las Miradas y los Gestos. El Caballero Dueño de los Silencios. El Caballero del Amor y los Desvelos. El Caballero del Honor y del Respeto. El Caballero...mi Padre, en suma, me ofreció su vida para aprender y su muerte para continuar vivo.

Busqué  sus manos blancas, elegantes, generosas, las tomé entre las mías y noté que ya se estaban enfriando, hice caricias en sus dedos largos, finos, perfectos, besé su magra mejilla y su frente ancha, dejé caer en la mortaja una lágrima de dolor y otra de alivio de un alma comprimida y me despedí para siempre. Ahora siento que el Caballero de los Sueños...mi Padre y yo, estamos en paz.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com