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Por
Buqui Vatalaro
El Gran Simulador
Los estigmas de la mediocridad...
- 23.07.2003
Por razones que no vienen al caso explicitar, me resulta harto embarazoso escribir esta columna. No obstante ello, para ser intelectualmente honesto con los lectores de canalla.com y conmigo mismo, debo hacerlo en defensa de la saludable libertad de expresión e independencia que nos caracteriza y que ustedes tanto valoran.
En el universo de candidatos que se suman para ocupar cargos directivos y regir los destinos de Rosario Central, uno de ellos, reviste un sinnúmero de aspectos individuales que lo categorizan como, al menos, torpe. Pertenece a esa clase de hombres que adaptan maneras especiales de simulación y disimulación.
El ex candidato a presidente del club por el Movimiento Independiente para Recuperar a Central (MIRC) que, hasta hace muy poco tiempo, “hablaba peste”, entre otros, de los señores Fergusson, Mascó y Sauan, especialmente de este último, ahora integra con ellos la misma lista, la misma fracción política que aspira a ganar las elecciones del 3 de agosto. Curiosamente como eventual tesorero, nada menos.
Existe un paralelismo entre las formas de lucha por conseguir los objetivos y las simulaciones correspondientes. Para los mediocres “saber vivir” equivale a “saber simular”. Sólo los individuos superiores -más cuando se tienen hijos que suelen emular los comportamientos paternos- sólo los individuos dotados de las condiciones para la lucha en procura de alcanzar lo deseado, pueden imponer su personalidad al ambiente sin someterse a simular para adaptarse.
Porque simular es fingir y fingir es mentir. Por eso mismo presumo que Alberto Martínez se ha convertido en un gran simulador y, junto con él, también fueron mentiras todos los postulados del MIRC. Al menos hasta que ellos mismos aclaren esta especie de “traición colectiva”, para mí lo serán.
Lo creí un muchacho serio, un poco iluso, desordenado, pero serio. Parecía tener “firmes convicciones” para sostener con la pluma lo que solía decir con el pico (puedes acceder a todas sus declaraciones, exclusivas para canalla.com, publicadas recientemente en nuestra página) . Pero no fue así, claro. Está a la vista de todos. Más de una vez lo vi “ponerse rabioso” -todo el mundo lo sabe- cuando se refería y hacía mención a las actividades, según él “non sanctas”, llevadas a cabo dentro de la actual CD. El muchacho se “volvía loco”, en ocasiones, con sólo escuchar algunos nombres de los actuales directivos. Ahora, en cambio, parece reconfortarlo.
“Somos gente nueva no contaminada”, se ufanaba diciendo a cada rato y por doquier en todos sus improvisados discursos de campaña. Y muchos le creyeron, o necesitaron creerle por el bien de Central. Hasta hoy, por supuesto. Este muchacho, con muy poco de sagacidad y sin mucho esfuerzo, exageradamente ambicioso para mi gusto y casi con desesperación, dio por tierra con un movimiento que tanto tiempo les llevó construir dejando a todos sus miembros y seguidores “colgados del pincel” sin saber qué rumbo seguir. Es decir, los abandonó a su suerte sin importarle, aparentemente, un bledo lo que hizo.
“Scarabino no me dio bola por eso ahora me uno con Boerio”, me dijo en primera persona y bastante exasperado, al menos así lo percibí, del otro lado del teléfono. Es verdad, me consta que primero se sentó con Scarabino a la mesa. Éste lo escuchó pero no accedió a formar una supuesta y eventual alianza; sí aceptó, en cambio -tal como me lo explicara en persona el propio Martínez- la posibilidad de una activa participación del MIRC “desde afuera”, aportando y sumando todos juntos en beneficio de Central. Pero esa respuesta, evidentemente, no conformó las expectativas del muchacho. Quedó, entonces, con “mucha sed” todavía, dejando el discurso acerca del destino y grandeza de Central en un segundo plano de importancia para él y su movimiento y se sumó a la otra lista para “dejar de ser oposición”.
Con esta inesperada actitud, el MIRC parece haber muerto mucho antes de nacer. Estaba signado por el destino; desde aquel primer Spuches hasta este último Martínez. Es una lástima porque, a mi juicio, el MIRC contaba con gente muy valiosa que, alguien, ahora deberá rescatar de este “abandono prematuro” del que fueron víctimas.
Todos los males resultan pequeños frente al supremo bien de sentirse digno de sí mismo, menos para algunos por lo visto. Como un imparcial socio descubrí, por suerte a tiempo, que a Alberto Martínez, al que siempre acudí para escucharlo -igual como hice siempre con los demás candidatos- al que presté atención para saber acerca de sus ideales, de sus proyectos canallas; el mismo que tuvo siempre una palabra sonora, aunque poco clara, que acostumbró a murmurar mil palabras enmarañadas y nunca una transparente, le es ahora imposible hablar de dignidad. Para él, de ahora en más, sólo le será lícito callar.
Decir a medias lo que se cree, disfrazar las ideas, corromperlas, hacer concesiones a la mentira, es una manera hipócrita de traicionar el propio ideal. Porque las palabras ambiguas se entibian cuando salen de los labios que las pronuncian a los oídos que las escuchan. Y este muchacho, a partir de sus acciones recientes, se ocupó que ya no tenga más oídos que lo escuchen.
En toda lucha por un ideal, por un objetivo supremo, como es conducir a la cima al glorioso Rosario Central, se tropieza con adversarios y se levantan enemigos. El candidato, cuando está firme en sus convicciones, no los escucha ni pierde un instante en contarlos. Quien marcha hacia la luz -lo que no hizo, al parecer, Martínez- no puede ver lo que ocurre en la sombra. El muchacho tendrá que aprender que no es digno juntar migajas en los festines.
Hay que saber querer y ejecutar lo que se quiere. Los hombres valiosos nunca hacen cosa alguna que les repugne ni culpan a los otros por sus males. Los necios, en cambio, los mediocres, esperan el favor ajeno y renuncian a dirigirse por sí mismos, incurriendo en mil pequeñas vilezas que los convierten, inexorablemente, en esclavos de sus propias actitudes.
Si Alberto Martínez, ahora ya “definitivamente contaminado”, hubiese aplicado su vida al servicio de sus ideales para la grandeza de Central, jamás podría haberse comportado como lo hizo y tendría, tal vez, asegurada la simpatía de muchos socios. Podría, sí, haber comprometido su rango, arrastrado pasiones, generado odio y hasta haberse expuesto a perder una elección, pero hubiese salvado y preservado su dignidad.
Pobre Central y, como dijo un ilustre amigo de todos nosotros: “Dios nos salve y nos guarde”.
Falta muy poco para el 3 de Agosto. Gane quien gane las elecciones y más allá de los circunstanciales nombres en danza, de los socios depende el presente y el futuro del más grande.
Y de nadie más.
“Buqui” Vatalaro