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Serapio Acosta, uno de los precursores entre los arqueros de Rosario Central

Por Buqui Vatalaro

La Emoción de un Padre

De cómo la historia se repita una y otra vez...

 

 

 

 

- 24.06.2003

Recorriendo la historia de nuestro querido Rosario Central y de su rico anecdotario más que centenario, junto con unos viejos amigos canallones pudimos descubrir este reiterado y no menos triste episodio.

Reiterado porque más de una vez he oído contar anécdotas similares y triste porque se trata, nada menos, que de la muerte de un centralista. Claro que, a la hora de elegir el momento de morir, nadie de nosotros se privaría de optar por morir en el Gigante.

Corría el año 1912, dos años antes de iniciarse la Gran Guerra en Europa, y se enfrentaban Rosario Central y Tiro Federal. Central gana ese partido 4 a 2 pero Tiro, enfurecido, lo arrincona contra su arco que estaba custodiado por el enorme Serapio Acosta.

Me solían contar los viejos centralistas, entre ellos mi querido padre, sobre las bondades de este gran arquero canalla que hacía maravillas debajo de los tres palos. Y cuando digo debajo de los tres palos me refiero, precisamente, a ello porque, por entonces, a ningún “goalkeeper” se le podía siquiera ocurrir abandonarlos para “cortar” una jugada.

Entonces el árbitro sanciona un penal a favor de los tirolenses. Lo va a ejecutar un jugador llamado Guillermo Dampaher, gran centrodelantero o centro forward del momento. Serapio, con toda lucidez aquella tarde, se lanzó como un felino, abajo, cerca de la ratonera y detuvo el disparo.

Detrás mismo de su arco, a poquitos metros de él, papá Acosta cae como fulminado por un rayo. La “hazaña” de su hijo le paralizó su ya cansado corazón y falleció justito a sus espaldas. En medio de semejante congoja, el capitán de Tiro Federal decide retirar de la cancha a su equipo.

Días después, Central propone reanudar otra vez el juego hasta concluir el partido suspendido. El Club Tiro Federal acepta y deciden que la recaudación sea entregada a la viuda de Don Serapio Acosta padre, que dejó este mundo con la imagen de su hijo atajando un penal.

Su corazón no resistió y su cuerpo se dejó caer mansamente sobre los escalones de la cancha de Central. La muerte de un anciano centralista que, más de uno, quisiera tener algún día. Porque morir de esta manera tiene un sabor canalla que la caracteriza. Porque libres son los que saben querer y ejecutan lo que quieren, nunca hacen cosa alguna que les repugne; por eso escogen, incluso, el modo y el momento de morir con dignidad.

Una historia que se repite, una y otra vez, con el paso del tiempo. Puede que el destino me tenga reservado el mismo final: morir viejito en el Gigante junto a la hinchada.

Desde ya, muy agradecido.


“Buqui” Vatalaro

buqui@canalla.com