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El boliche de Don Venancio Fuggini...
- 25.06.2003
Estoy seguro que ningún centralista de viejo cuño admitiría una historia auriazul que excluya el nombre de Don Venancio Fuggini. Ya quedan pocos centralistas de aquella época, es cierto, casi todos han partido; pero los pocos que quedan siempre lo recuerdan con extremo cariño.
Desde los primeros años del Siglo XX, a principios del ´900, en la esquina de Salta y San Nicolás supo Don Venancio explotar un negocio de almacén de ramos generales y despacho de bebidas.
Centralista de alma y corazón, Venancio Fuggini y su boliche “eran” Rosario Central. Allí se llevaban a cabo las reuniones, se recibía la correspondencia y los escasos llamados telefónicos de la época. Se lo llamaba el “Rinconcito de Fuggini”.
Hasta allí llegaban los propios jugadores del primer equipo de Central para saber cuándo y dónde debían presentarse para practicar. La patriarcal estampa de Don Venancio, su figura, era un pedazo mismo del paisaje que conformaban los antiguos caserones del Cruce Alberdi, a metros nomás del nudo de rieles, de vías férreas que, todavía hoy, subsiste.
La vieja casona de Fuggini se fue como se van los recuerdos. Sucumbió ante la piqueta hace casi cincuenta años dejando incólume, no obstante, su figura de leyenda que vuelve desde el más allá. Como queriendo renacer con esa voz extra terrestre, azul y amarilla, que besa la memoria de un romántico y eterno café.
Cuentan que allí, el club siempre encontraba el “aval” necesario para salir de alguna estrechez económica. Allí compraban los jugadores sus botines, pagaderos en cómodas cuotas mensuales que, de tan cómodas, más de uno se “olvidaba” que había que pagarlas.
Después de cada partido, los jugadores del primer equipo centralista, a quienes Don Venancio jamás le reclamaba deuda alguna, concurrían a su boliche para beberse un “liso tirado por su propietario”, el inefable Don Venancio Fuggini.
Se armaba, entonces, una larga mesa servida con una abundante picada de quesos y fiambres de “a peso por cabeza” que tiene, a su vez, una rica historia que, también, deseo contarte.
Pero deberás esperar la ocasión prendido siempre, como se suele hacer todos los días, a nuestra página maravillosa.
Hasta entonces.
“Buqui” Vatalaro