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Por Buqui Vatalaro

¿Liberación o Dependencia?

Una tangata argentina y rea frente a la cultura inglesa en los puertos...

 

Luego de los fracasos ingleses en sus sucesivos intentos de conquistar Buenos Aires utilizando la fuerza y las armas, queriendo “tajearnos el rostro” en aquellas dos invasiones repelidas a principio del XIX, un tal Lord Castlereagh, astuto canciller de la Corona Británica aconsejó, sabiamente, acercarse a estas playas sureñas ya no como guerreros sino como mercaderes.

Se abrieron entonces, por primera vez en la historia, las puertas a las manufacturas inglesas en desmedro de la artesanía nacional, ensanchando el ancho cauce de la dependencia de nuestro pueblo. La sangre derramada por los seguidores de los caudillos federales no alcanzó, sino fugazmente, a romper los moldes de la dependencia con Inglaterra.

Con el fútbol -para nosotros un invento inglés- pasó exactamente todo lo contrario. Lo conocimos por ellos, claro que sí, pero lo patentamos como nuestro; como el truco, el asado, el tango, el dulce de leche, Gardel, el colectivo, la birome y los ravioles del domingo.

En contraposición con lo ocurrido con otros elementos culturales introducidos durante un siglo y medio por los colonizadores británicos, incorporamos al football a nuestra propia idiosincrasia y, entonces, pasó a ser “el fútbol”. Lo aprendimos, lo asimilamos y lo connotamos fuertemente con nuestras propias virtudes y defectos, reemplazando las características del juego colectivo que distingue a los ingleses por la dominante individualidad que nos es propia en todo sentido.

Un poco más allá de la vigencia de los nombres y de las expresiones inglesas argentinizadas, además del vocablo fútbol, como lo son las palabras referí, orsay, ful, córner, güin, láinman, etc., la esencia del juego, su entorno y la respuesta de los argentinos en torno a este juego es auténticamente nacional y no reconoce sino casi imperceptibles vestigios de sus cultores primitivos.

El potrero, el caño y la gambeta; la chilena, el chanfle y el sombrero; la rabona, la cintura y el amague, todo ello junto y armonizado en los pies de un “Dios Pagano y Maradoniano”, confirman lo que digo. Y Rosario Central, el más antiguo club de fútbol viviente del país no es la excepción a esta regla, todo lo contrario.

Mientras otras instituciones del país quedaron “anudadas” en sus nombres al origen británico del fútbol -llamando “Plate” a un río marrón y sucio; “Juniors” a los descendientes de una Boca cantinera y genovesa o nominar ridículamente “Old” a unos pocos pibes sin barrio- la historia centralista cuenta cómo los nativos de esta tierra rosarina y joven fueron “modelando con su arcilla” el criollismo de una institución señera creada a imagen y semejanza de su pueblo.

Esa historia canalla, canyengue y bandolera, que hizo eclosión en 1903 con el cambio del nombre original inglés, por el autóctono y eterno Rosario Central, amerita con largueza que la cultura, en tanto creación inmanente de un pueblo con berretines auriazules, es indoblegable sin importar cuáles fueren los instrumentos de dominación que se manejen.

El fútbol argentino el general y Rosario Central en particular son un ejemplo vívido y actual, en realidad intemporal, de que sólo los grandes movimientos populares, con sus pasiones, carencias, aciertos y errores, están sólidamente dotados para romper los moldes de la dependencia y recorrer, aunque sea a los tumbos, el camino de la liberación cultural.

Las ataduras no son siempre impuestas por los demás; muchos las llevan dentro como forma de vida. Porque les resulta más fácil vivir inmóviles que intentar desatarse.

Ojalá cunda entre los más jóvenes el ejemplo cultural que nos dio nuestro amado Central hace justo cien años.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

buqui@canalla.com