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Por Buqui Vatalaro
Central y la vida misma
- 29.03.2005
Aquél mediodía “El Viejo” se levantó como siempre de la mesa -luego de almorzar solía “tirarse un ratito” antes de regresar a cumplir con el resto de sus obligaciones cotidianas- pero, esta vez, regresó rápidamente con una carpeta llena de papeles muy bien acondicionados. “Tengo algo muy importante para decirle a toda la familia”.
Fue un otoño de los ´60; no me es posible precisar exactamente la fecha. Yo rondaba los trece o catorce años, no más. Mis dos hermanos, más pequeños, en ese momento sintieron casi la misma curiosidad que yo. Queríamos saber qué era lo importante que quería decirnos papá.
Por entonces, todos en la familia ya éramos socios de Rosario Central. La Bisabuela María, la Abuelita Sofía, Mamá Stella, Papá Coco, Fernando, Guillermo y yo portábamos orgullosos el “carné librito” color rojo oscuro con el viejo escudito de Central en la portada.
“Ustedes saben lo que significa para nuestra familia ser de Central”, comenzó diciendo “El Viejo”, dejando a todos expectantes como pocas veces. “Esta vez Central nos necesita más que nunca; nos ofrece adquirir títulos patrimoniales de un terreno al lado del río en Granadero Baigorria, algún día tendremos allí una Ciudad Deportiva dijo el Presidente”, concluyó.
No recuerdo el costo de cada “Bono Patrimonial”, así se llamaban. El asunto era que “El Viejo” había decidido comprarnos un título a cada miembro de la familia, “para ayudar a Central”. Y… si papá lo decía, así sería. El Viejo siempre tenía razón.
“Habrá que hacer un esfuerzo”, nos dijo muy resuelto. Inmediatamente nos indicó, a sus tres hijos, que toda monedita que “sobrara” del vuelto de los mandados debería ser guardada en una alcancía (por entonces todos los chicos teníamos una, además de la vieja Libreta de la Caja de Ahorros porque, en aquellos tiempos, en la escuela nos enseñaban a tomar conciencia sobre la importancia del ahorro) para ayudarlo a él hasta “terminar de pagar las cuotas de los bonos”.
Eran tiempos en los que ni se hablaba de campeonatos, ni de jugar las copas, ni siquiera formaba parte de un sueño. Tampoco se esperaba “ninguna campaña de socios” para convencernos ser parte del padrón. Todo lo contrario, cada hincha se esforzaba por ver de qué manera le devolvía al club parte de todo lo que nos daba. Y no era solamente fútbol, claro.
Las familias pasaban sus días en el camping, como se lo llamaba. Al lado del Gigante, debajo de los vestuarios, todavía sobreviven algunas mesas y árboles de aquel viejo camping. Ese era el lugar donde se hacían los asaditos, donde los niños jugaban y donde éramos felices al lado del viejo estadio canalla. Muchos años después tuvimos acceso a la playa.
Una tarde de domingo, en el Opel ´38, El Viejo nos llevó a todos para ver los terrenos comprados. Me pareció un enorme campo repleto de yuyos, al lado del río que apenas se veía. Eso sí, ya habían despejado un sector donde se cortó el césped, se pintaron las líneas de cal y, más atrás, se podían observar un sinnúmero de arbolitos del grosor de una vara, simétrica y cuidadosamente plantados.
Hoy, la Ciudad Deportiva luce orgullosa, oronda vecina del río. En ella cientos de familias pasan sus jornadas los fines de semana. Los arbolitos crecieron, ahora nos dan su sombra. De aquella primera canchita, ahora son siete reglamentarias. Los yuyos, hoy, son la “cancha del pozo” con sus vestuarios y tribuna incluida. Un comedor, sanitarios, añosos pinos en el merendero, pileta enorme muy bien cuidada y el hotelito de tres plantas son los mudos testigos del resultado de aquella gestión de los ´60.
El Viejo ya no está; es decir, ya no está con nosotros. Hace cuatro años, un 23 de marzo y de madrugada, partió para siempre. Y, como él, tantos otros Viejos parecidos. Él no precisó ninguna “campaña de socios” para tomar sabias decisiones; nunca esperó que Central le ofrezca nada. Él era puro amor por la camiseta y por el club… puro amor. Él no sabía cantar “daría la vida por verte campeón”, ni tampoco “a Central lo llevo adentro del corazón”, pero al club lo sentía y lo demostraba con hechos.
No solía esperarlo a Central, él iba siempre en su búsqueda sin pedirle nunca nada a cambio. Y esa enseñanza aún perdura en sus hijos y, a través de nosotros, transmitida a sus cuatro nietos canallas y, por supuesto… socios plenos.
Central, para él, era como la vida misma… como su familia.
"Buqui" Vatalaro
Secretario de Cultura C.A.R.C.