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Por Buqui Vatalaro
Turismo Cultural
(segunda entrega)
- 29.07.2005
Sabido es que Cafayate se distingue por su sol, sus días claros, su hermoso cielo de color turquesa y que conforman un clima benigno, adecuado, para el cultivo de la vid y en particular el cultivo de su cepa torrontés, bien argentina, que ha ganado ya varios premios internacionales compitiendo con otras variedades de excelentes vinos producidos en distantes regiones del mundo.
Está dicho, hay que programarse un viajecito; claro que a la mayoría de los canallas nos gusta degustar un buen vinito con amigos, al menos lo presumo, pero ese no es el motivo principal para llegarse hasta allá, sí como complemento de lo esencial. Y, lo esencial, no siempre es invisible a los ojos como me ocurrió en Cafayate.
Era el mediodía del 20 de julio, coincidentemente “El Día del Amigo”, cuando buscábamos un lugar para almorzar en Cafayate. El sol y el clima seco y fresco (con perdón de la palabra) había despertado nuestro apetito. Los aromas a tamales, humitas, locros y empanadas salteñas provocaban aún más nuestros deseos. El aluvión de turistas hacía casi imposible conseguir una mesa libre hasta que, por fin, ingresamos a “La Carreta de Don Olegario”, un restaurante típico salteño que ofrecía sus mejores manjares a los visitantes.

Vestido con bombacha bataraza, faja, chaleco y sombrero de ala ancha al tono y mi campera polar gris con el escudo de Central sobre el corazón, ingresé al lugar presto a tomar una silla para acomodarme cuando, de repente, uno de los mozos se me acerca y me dice: “¿usted es de “Yosario” Central?
Hasta ahí, y como ocurrió muchas veces en otras latitudes en las que nunca faltan los hinchas de Central, me pareció normal y hasta obvio que un joven oriundo de Cafayate sea hincha de Central. Saqué pecho y lo felicité como corresponde a todo buen canalla.
Me senté a la mesa y, mientras intentaba casi infructuosamente leer la carta con el detalle de los menús -me había olvidado los anteojos para mirar de cerca- observo que otro de los mozos del lugar lucía un llavero con el escudo de Central, el anterior escudo con la letra “C” y los laureles.
“¡A la merde! -me dije- ya son dos en el mismo sitio y acá en Cafayate, tan lejos de Rosario”. Lo llamé casi de inmediato, ya no para hacerle el pedido sino para preguntarle por el llaverito de Central, claro está. No digo que se me había pasado el apetito, pero almorzar ya no era el objetivo principal de mi estancia en el restaurante.
Juro que hasta allí no había probado ni un solo trago de vino que podría hacer suponer un estado exultante de beodez. Y continuó diciéndome:
"Buqui" Vatalaro
Secretario de Cultura C.A.R.C.