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Por Buqui Vatalaro

Turismo Cultural
(tercera entrega)




- 30.07.2005

La carta de menús se me cayó de las manos, también las medias y, por poco, la bombacha bataraza. Quedé boquiabierto, lo admito, como pocas veces. Estupefacto. Comencé a mirar en derredor suponiendo que estaba siendo víctima de una “cámara oculta”; que mis amigos, y en nuestro día, habían pergeñado una bromita para pasarla luego por TV.

No solamente lo esperé hasta las cuatro de la tarde sentado en un banco de la plaza que se encuentra justo en frente de la Carreta de Don Olegario, desechando todo intento de hacer excursiones por la zona, visita a las bodegas y demás paseos turísticos previstos para la tarde de ese día, sino que ese almuerzo resultó ser uno de los mejores de mi vida.

Entusiasmado por conocer la sede de Central en Cafayate, ya había recargado mi cámara con rollo nuevo, por las dudas se terminara el que estaba en uso cuando, pasada las cuatro de la tarde salen los dos mozos canallas, se suben a sus bicicletas y me hacen señas de que los siga con el auto.

Tres o cuatro cuadras, no más, recorrimos hasta llegar al Barrio Rosario Central. Cafayate no es una localidad muy extensa por supuesto. Doblé en una esquina para estacionar a pocos metros de la ochava. Y allí estaba, justo en la intersección de las calles Buenos Aires y Diego Pedraza: “El Club Rosario Central”, al que le sacaron el “Atlético” por una “cuestión de modestia”, porque “sólo hacemos fútbol”, me dijeron.

No podía dar crédito a lo que mis ojos veían. El pulso temblaba y había transpirado los dedos de las manos, las que apenas podían sostener la cámara. Mi esposa, al bajar del auto, permaneció parada frente a la sede de Central en Cafayate durante algunos minutos, con los ojos exageradamente abiertos, inmóvil y emocionada.

Todo el lugar, la ochava y frentes por ambas calles, estaban prolijamente pintados con nuestros colores, con nuestras estrellas. Un hermoso escudo actual de Central ornamentaba el espacio. Ingresamos al interior de la sede. Se trataba de un sitio no muy grande, humilde, con piso de tosca tierra, paredes de ladrillos de adobe con techo de caña y paja como se estila construir las viviendas por aquellos remotos lugares. Detrás de una pared de barro prolijamente pintada con rayas verticales azules y amarillas, a través de dos ventanitas se podía observar una pequeña cocina, un parrillero y algunos utensilios. Justo en el centro del recinto, había dispuesta una gran mesa rústica flanqueada por media docena de sillas y de improvisadas banquetas de madera de cardón.


"Buqui" Vatalaro

Secretario de Cultura C.A.R.C.

buqui@canalla.com