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Hay personajes que van mas allá del cuadro de fútbol que elijan… Rafael, no Beltramino si no Bielsa, es uno de ellos…
Debemos reconocer que gracias o no a los fracasos de su hermano, este pingüino, ha logrado algún grado de notoriedad…
Como en todas las cosas, hay que esperar el error del otro… y así me senté… a esperarlo…
Lo vengo siguiendo desde hace unos años…
El otro día le encontré una burrada donde hablaba de las plumas que tenía su camiseta en una nota para Clarín cuando presentó su libro de cuentos pechifrescos…
Pero todo llega y gracias a Mónica Parés, una canalla de alma, tengo entre mis manos un relato tan especial como bello…
Pero como el que escribe es un pingüino, no quedaba otra que leerlo y esperar que hermosas sorpresas nos deparan estas hermosas escrituras…
El 26 de Junio del 2003, Rafael, decidió que debía contar una tierna historia, de cómo, con 12 años, jugaba imitando al querido "Torito" Aguirre…
Trató por todos los medios de generar una partitura de música pingüinezca y terminó incluyendo hermosos detalles canallas…
Por ejemplo, vaya a saber uno que quiso decir cuando tan perfectamente describe como se ve una persona vestida con los colores más fríos del planeta… "Más tarde transformé mi vestimenta"… "sino porque comencé a comprender el lenguaje cifrado del ridículo."
Primero nos cuenta lo contento que esta de tener ropa rojinegra, luego comprende lo ridículo que le queda y decide "transformarla"… hermoso…
Mas adelante describe su estado de animo… "eran instantes de soledad y de abandono, de impotencia"… Sin palabras…
Luego cuenta como jugaba, como todos los niños haciéndose pasar por jugadores de la actualidad… donde ¿quién es su ídolo?…
Un canalla… El "Torito Aguirre"…
Para finalizar, y como una premonición de lo que sucedería en el futuro, da la fecha en que se realizó el partido de su relato "23 de Noviembre de 1965"… y como no podía ser de otra manera con una derrota pingüinezca…
Pero como en toda actividad gélida siempre hay un canalla, el que armo la nota se ve que estaba dispuesto a dejar claro su equipo de fútbol…
Qué mejor foto para acompañar la nota que la de un futbolista que marcó la vida del pingüino…
Qué mejor que la foto de Torito…
Una vez más queda claro que cualquier pingüino, por mas cultura o poder que tenga es propenso a realizar los actos más ridículos…
Porque como siempre digo… "Nacieron pecho fríos… y yo para recordárselos…"
Mariano Olmedo
Santiago de Chile
Nota Completa
![]() El joven Waldino "Torito" Aguirre fue el ídolo infantil que tuvo Rafael Bielsa |
ROSARIO/12 - 25.06.2003
Hombres solos
Por Rafael A. Bielsa
Bajé por "la escalera de atrás", como la llamaban en la casa de mi abuela, tratando de no hacer ruido. Era un sábado de finales de noviembre de 1965, y la primera mañana batía con sus alas el cielo.
Yo andaba por los doce años, y como todos los sábados, me desasosegaba la posibilidad de que la lluvia estropeara mi inminente partido de fútbol. Al día siguiente jugarían Ñuls y Boca en Rosario, pero a un niño la emoción inmediata alcanza para abolirle el futuro. Mi preocupación era el desafío que en dos o tres horas más tendríamos que jugar contra un equipo de otro barrio.
Yo era medio "maleta", un cinco de esos que más que dejarse ver se hacen oír. Como muchos "troncos", compensaba lo que la naturaleza me había negado con una dedicación al deporte más cercana a la pasión malsana que a la diversión propia de la edad. Frotaba mis botines de cuero "Sportlandia" (una excentricidad que mi abuelo me había comprado en Buenos Aires) con el papel vegetal con el que se envolvía la manteca, lo que los dejaba flexibles, impermeables y suaves. Tenía mi camiseta rojinegra impecable, lo mismo que los pantaloncitos y las medias. Más tarde transformé mi vestimenta en la de un "reo", pero no porque hubiese mejorado mi caudal de juego, sino porque comencé a comprender el lenguaje cifrado del ridículo.
Pasé por el comedor diario, luego por el "office" (ignoro por qué mi abuela llamaba así al cuarto de planchar) salí al patio de las estrellas federales y los malvones. La luz estaba como acuartelada, hecha con jirones y residuo de plomo, y ya caían las primeras gotas. Esos eran momentos de una infinita tristeza, en los que se desplomaban todos los sueños de la semana, eran instantes de soledad y de abandono, de impotencia y de rabia.
De modo que no habría partido... Una de las razones por las que recuerdo aquella mañana calurosa de fines de noviembre, es porque tomé una decisión bizarra que me permitió subir las gradas de pedernal de la pena con algún fervor: a pesar de la lluvia, iría hasta la canchita del Parque, y si no había nadie jugaría mi partido solo.
Volví a subir, me vestí de futbolista (porque la casa de mi abuela quedaba enfrente del Parque y podía ir ya cambiado), y esperé la hora del desayuno. Afuera, los truenos corrían por entre la lluvia como una jauría sublevada.
A eso de las nueve de la mañana, entre las protestas de mi abuela, y de Susana y Amalia, dos mujeres que trabajaban en la casa y eran como madres supletorias, bajé la cabeza, crucé con cuidado las lajas del patio y las baldosas del porche, porque los tapones de los botines podían hacerme romper la crisma (esa era una palabra que le encantaba a mi abuelo), y empecé a correr Parque traviesa hasta el lugar de la contienda.
Cuando llegué no había nadie, y nadie habría de llegar. Los árboles murales, al costado del Hipódromo, se desposaban entre sí a la altura de sus copas, por lo que yo me empapaba dentro de un androceo, contenido a su vez por el cáliz de la tormenta. Allí dentro estaba todavía más oscuro; tomé como referencia dos pares de árboles menores enfrentados, como si fuesen dos especies de arcos, y comencé a jugar el partido.
Cuando peloteaba solo, en el patio de atrás de la casa de mis padres, solía relatar el evento como si se tratara de un partido de primera división. Aquel sábado hice lo mismo, anticipando el Ñuls & Boca del día siguiente. Lanzado contra los dos vigías que estaban al norte, llevaba la pelota el "Torito" Aguirre, se la pasaba a Nemiña, que eludía a Rattin y a Silveira (un uruguayo que tenía unos bigotitos que, más que afeitados, parecían pintados con corcho quemado), para pasársela a Sarrachini, éste a Puntorero, quien con elegancia se la hacía llegar a Parenti, que shoteaba con violencia, y Osvaldo Pérez la sacaba con la punta de los dedos por encima del travesaño.
En realidad, Ñuls era una especie de combinado, porque yo mechaba en la formación venerada algunos jugadores de otros equipos que me gustaban mucho. Puntorero, por ejemplo, jugaba en Atlanta, y Parenti en Lanús, pero a un hombre solo bajo la lluvia no había quien le enmendara la plana, y así es como debía ser.
Corriendo hacia los palos que estaban al sur, Marzolini se la daba al Beto Menéndez quien, parándose en seco la hacía correr hacia Angel Rojas, que hacía cimbrear su cintura hasta que Musante evitaba con vista de lince el pase al "Pocho" Pianetti, metiendo un pase de veinte metros para Zucca, lo que permitía recomenzar el asedio leproso. Nunca como durante esos relatos "el Gringo" Gironacci, nuestro arquero, tocó menos la pelota, y jamás los guardametas rivales fueron sometidos a tan variadas y cruciales pruebas.
Al cabo de un par de horas, Ñuls y sus allegados ganaban tres a cero, de modo que consideré cumplido el tiempo reglamentario, y volví con la pelota blanca con pentágonos coral bajo el brazo a la casa de mi abuela.
El domingo 23 de noviembre de 1965 fui a la cancha con mi tío Pancho. Él tenía una platea baja, de modo que los "players", como se les decía entonces, parecían al alcance de la mano. El Gráfico tituló aquel partido "La borrachera del sudor", y me acuerdo que la crítica la escribió Osvaldo Ardizzone. Se usaban unas zapatillas con suela de goma llamadas "Sorpasso", Rosario tenía un gran boxeador, Hugo Rambaldi, que pesaba sesenta kilos, Antonio Roma se había quebrado la novena costilla (me parece que en un choque con Pachamé, que comenzaba a advertir las comodidades de ese estilo de fútbol), los short Lavi. Listo secaban rápidamente y los relojes Tissot ("desde 1853 al servicio de la precisión") sumaban robustez y precios ventajosos.
Ardizzone escribió que un partido como aquél tendría que haber terminado con un brindis de caña, de esas que hacen toser hasta a los más fuertes, caña más arriba de los 60 de graduación, un final reservados para hombres solos.
A mí me encantaba Ardizzone porque comparaba el fútbol con el amor, porque era poético y todo el tiempo parecía que estaba despidiéndose, porque era mordaz. A propósito de aquel partido, dijo que Zucca fue sobre Rattin, Musante sobre Gonzalito, Nemiña acercándose a Alfredo Rojas, y De los Santos libre, aunque después del partido toda la tribuna local le pedía la cárcel. El "Negro" De los Santos era un defensor con inclinación a los lujos que terminaban en errores, y cuando éstos derivaban en goles rivales los hinchas lo querían matar.
Al final del primer tiempo, proyección de Marzolini, el "Negro" que en lugar de reventarla la regala, y Rojitas de media vuelta la manda a guardar. Estoy seguro que la nota de El Gráfico tenía la foto de Rojitas pateando, agachado, mordiéndose el labio, con los brazos como las alas de un albatros.
Al comienzo del segundo tiempo empató el "Toto" Ferrero, tras un centro shot contra el piso (así se le decía al centro al rastrón) de Sarrachini. El gol de la victoria de Boca lo marcó Alfredo Rojas, y me parece que también tuvo algo que ver De los Santos. Pero a lo mejor lo digo de puro resentido, porque cuando yo trasmitía un partido, jamás lo mencionaba. A mí me gustaba Casares, el de Central, pero eso no se podía decir, y lo reconozco ahora porque después de cuarenta años los Estados suelen desclasificar sus secretos.
Al final del partido cabeceó Ferrero, la pelota pegó en el travesaño, rebotó sobre la línea y la sacaron al córner. Tengo en la retina a Errea dándose vuelta en el aire después de la volada, tratando de embrujar la pelota con los ojos, con las dos manos huesudas (en aquella época no se usaban guantes), con los dedos haciendo un manifiesto maleficio. Aunque debe tratarse de un error, porque el suplente del "Tano" Roma era Osvaldo Pérez, que lo respetaba tanto que no veía la hora de que "La Roca" reapareciera.
El Gráfico calificó el partido de "intenso". También usaba el "discreto", el "mediocre", el "malo" y hasta el "muy malo". Por aquellos años, se usaban los pantalones y las camisas "Ombú" de Grafa, y el periodismo sin concesiones.
Salí en silencio, con mi tío Pancho que siempre trataba de hacerme ver el lado conveniente de las cosas. "Esta vez no se nos dio, pibe", me confortaba, "pero el equipo demostró que está para pelear mucho más arriba".
Yo estaba solo, como se está en las derrotas, como la mañana del sábado anterior, como están los hombres cuando la vida les da la espalda, y todavía sienten deseos de vencer.