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Por
Rafael Beltramino
Profesionaliza-ción, gerencia-miento y otras yerbas
- 03.02.2002
El 2 de febrero de este año, reprodujimos en canalla.com un artículo de La Nación referido al sistema que implementará el club Gimnasia y Esgrima de La Plata y que su presidente no quiso denominar gerenciamiento si no “profesionalización”.
Cito textualmente las palabras del Sr. Domínguez “Los dirigentes tenemos que aceptar que no estamos capacitados para ocuparnos de todo. Ocurre lo mismo en las empresas, en las que los gerentes no saben todo y delegan las cosas a la gente capacitada, encargada de cada área.”
No conozco la realidad de Gimnasia pero en Central eso existe desde hace más de 50 años cuando, debido a la complejidad de las tareas, fue necesario pagar a profesionales para que las realizaran. Estos profesionales van desde el Gerente al Contador General y a todos los empleados; la suma pagada (en realidad imputada el pago es otra cosa, como bien podrían decirnos esos empleados) por sueldos administrativos en los últimos ejercicios excede los 400.000 pesos.
Podemos decir que son ineficaces, que son en realidad empleados más o menos ñoquis producto del clientelismo político, pero no podemos proponer como sistema novedoso, algo que ya existe.
El gerenciamiento es algo totalmente diferente y personalmente he escrito oponiéndome a esa forma de organización desde hace tiempo. En el gerenciamiento hay decisiones claves que quedan en mano de los “gerenciadores” que por supuesto no son empleados del club, sino terceros que le facturan honorarios.
Mi oposición principal al gerenciamiento se basa en que las decisiones fundamentales para la vida de una organización no pueden quedar en manos de gente que no tenga un sentimiento de pertenencia con esa institución, que no sienta su “ethos” (término que incluyo no por pedantería si no porque traducirlo por carácter es insuficiente) y que, por supuesto, sea representante legal y legítima de sus dueños, los socios o asociados.
No es verdad que esas decisiones exijan capacidades profesionales en administración o legales para ser tomadas, nada más falso que eso. Esas decisiones fundamentales son políticas y las puede tomar un comerciante, un médico o un policía, siempre y cuando tengan raciocinio, sentido común, honestidad y representatividad.
Por supuesto esto no implica renegar del consejo o asesoramiento experto, en tareas que por su complejidad lo exijan, por ejemplo aunque todos los canallas quisiéramos jugar en la primera de Central, no podemos hacerlo y aunque todos quisiéramos ser los directores técnicos de nuestro equipo, no estamos capacitados para ello.
Pero no tenemos que olvidar que lo importante es el carácter de honorario de las máximas autoridades del club que se debe seguir manteniendo a rajatabla; los profesionales aportarán lo que su formación les permita, pero lo hacen por un estipendio, llámese sueldo u honorario, lo hacen por plata. Nada de malo ni de ilegítimo hay en eso, pero no es ni debe ser la clase de relación que tengan quienes toman las decisiones claves en Central y el club.
“Un club es una empresa que tiene miles de clientes a los que descuida” dicen los representantes de la empresa que va a gerenciar, perdón a profesionalizar a Gimnasia.
Comparar a los asociados con clientes es un gravísimo error, es no entender que no todas las clases de relaciones humanas son iguales. Un cliente es alguien que recibe una cosa o un servicio a cambio de un precio; podrá generar por la interacción humana continua o por el uso habitual alguna clase de sentimiento extra mercantil por el proveedor del servicio, por ejemplo que a uno le caiga simpático el almacenero donde compra habitualmente, pero la raíz de la relación es mercantil (lo que no está de más aclarar que no tiene nada de malo). El día que el almacenero Don José se funde, se muda o se va a vivir a Miami no nos ponemos a llorar.
La relación de los asociados con Central es muy diferente, persiste aunque no haya luz, no haya pileta, el equipo de primera se vaya al descenso, y todas las calamidades que hemos visto en los últimos tiempos. Eso ocurre porque no se trata de una relación mercantil, si no de amor; del amor más puro y desinteresado, aquel que no espera recibir nada a cambio. Nada más lejos de una relación mercantil donde precisamente la reciprocidad o bilateralidad es fundante.
Y una buena definición del amor es el asumir los intereses del otro como propios, eso esperamos de los dirigentes, que asuman los intereses de Central como los suyos.
Central no es una empresa, cómo comparar el sentimiento de “fidelización” que crearon los comercializadores con la religión canalla? Las empresas cierran, se trasladan y desaparecen. Es posible pensar en Central jugando en otro lugar, por ejemplo en Mendoza (al estilo de las franquicias sumamente exitosas económicamente de la NFL y de la NBA estadounidenses)?
Ni siquiera nos pasa por la cabeza, porque ese modelo sí es parecido al de las empresas comunes. Central, en cambio, no se puede trasladar, y no desaparecerá mientras quede un canalla vivo.
A mí no me parece una diferencia menor.
El fracaso de la dirigencia canalla es indiscutible, su impericia es evidente, pero eso no debe ser interpretado como un fracaso de las asociaciones civiles, como creen algunos ingenuamente y otros sin nada de ingenuidad, si no porque les conviene.
Sería un error funesto para el futuro canalla.