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Por Rafael Beltramino
Sobre la imbecilidad pechofresca
- 10.03.2005
Hace unos días pudimos apreciar con lujo de detalles la mediocridad, estupidez e imbecilidad pechifrescas, expuestas a la luz del día.
Como burdo remedo de club, y de hinchada que son, sus torpes imitaciones convierten a un acto folklórico lleno de creatividad, emoción y significado como la Palomita Ocalista en un triste, lamentable y penoso acto, cuyo protagonista confunde la fecha de la “gesta”
Pero el ridículo acto, sirve para comparar lo incomparable, al menos para que los periodistas malinformados o malintencionados se vayan enterando de cómo son las cosas.
Central hace su festejo en 1972, abandonob en 1992; Central tiene como prócer a Aldo Pedro Poy,abandonob cuando tuvo que nombrar una tribuna le puso el nombre de un ídolo bostero, al que alquilaron por un rato, y que pasó sin pena ni gloria o mejor dicho con bastante pena y nada de gloria, Central festeja un gol que le permitió ser el primer equipo del interior en ganar un título, Abandonob, 20 años después y sin nada trascendente que festejar, con una terrible espina adentro (para ser bien educados) festeja un partido más de un campeonato.
Lo increíble es que todo esto parece pasar desapercibido para los periodistas que comparan e igualan ambos festejos como similares.
Y de similares no tienen nada.
Qué tienen de similar Alberto Olmedo y Pachu Peña? En qué se parecen Alberto Agri o Fito Páez a Pablo Granados? O Juan Carlos Baglietto y Lito Nebbia a Pablito Ruiz?
En nada, la sola mención de los nombres juntos en la misma pregunta parece una ofensa.
Como es una ofensa que se pretenda equiparar a la palomita Ocalista con el “Día del padre” pechifresco, si decimos que ambas son celebraciones folklóricas, una es la expresión de la creatividad, el ingenio y la picardía canallas y la otra la resentida copia de un mediocre, fracasado y amargado Salieri, que al querer imitar el “carnaval canalla” fracasa, rotundamente.
Espero con esto explicar el asunto a los periodistas porteños, que padecen usualmente de una ignorancia supina, salvo honrosísimas excepciones.
A los malintencionados, empleados del capitán frío, no hay como convencerlos, salvo con dinero, pero la gente cada vez les cree menos.
Rafael Beltramino