Enviale un mail al creador del Reporte Canalla: Andrés Ponte
Bar
El Cairo. Miércoles entre la tarde y la noche.
Poca gente.
Casi todos contra los amplios ventanales que dan a Santa Fe y a Sarmiento.
Ventanales por los que desfilarán con el correr de los minutos, unos cuantos conocidos.
Bar El Cairo. Cuánta historia.
Muchos cuentos de Fontanarrosa se escribieron en este sitio, con un piso de plástico que ya está gastado.
Parece un bar de común para abajo. Pero si respirás profundo, como se debe, te das cuenta que el aire no es el mismo.
Y casi inmediatamente te dan ganas de contar todo lo que ves.
Llega un hincha.
Se sienta del otro lado de la mesa vacía y rústica.
Las que no valen un mango, pero cuando no existan mas, todos buscaremos como joyas de colección.
Lo miré y me dio vergüenza no reconocer que nunca había pisado tan célebre lugar.
Es la primera vez que vengo.
Yo también..., contestó al toque.
La franqueza es un buen valor.
Estábamos ahí de casualidad. El destino decía que teníamos que hablar ahí.
El hincha estaba bien empilchado. Limpio.
Pullover al cuello. Vaquero sport.
Y una camiseta Puma informal manga larga de Central que hacia juego.
Como para ir a un boliche y ganar.
Pero ganar bien y robarse a la mejor mujer del lugar.
Es más, la camiseta hasta le daba un aire de jerarquía.
Casi sin un hola, empiezan a desfilar momentos por la mesa.
El taxi de la tardía noche de San Pablo.
¿Te acordás que chocó el tipo?
No me acordaba. Si tenía fresco en la memoria el largo camino recorrido en la soledad de una ciudad muy peligrosa.
Después el partido con Estudiantes.
Ganábamos dos a cero y era baile.
Y dije, esta es la mia.
Mandé a la mierda la cábala de ver el partido en la platea, yo quería estar ahí saltando con Uds. y gritando...
Y nos echaron a uno, y nos hicieron el descuento..
Y si no vuelvo a la platea, esa cabezazo de Quatrochi que se fue al lado del palo, te juro que entraba.
Siempre sentí que debía confesarles el porque no los acompañaba en la popu.
Al rato cayó el mozo.
Un porrón...
¿Del chiquito? - y gesticula con sus manos.
No... uno grande... los de litro.
El tiempo de los momentos dejó lugar al de los personajes.
Desfilaron tipos raros, buenos, laburadores, chorros, cagadores, honestos, odiables, queribles, inteligentes, limitados, etc., etc.
Les diría que todo Central caminó entre lisos y maníes.
Las apreciaciones eran contundentes y eran así. No dejaban mayor lugar a dudas.
El cagador es cagador. El bueno es bueno y el boludo es reboludo.
Una conversación ágil como pocas.
No se trababa. No tenía esos nudos molestos que mientras el otro habla te hacen pensar cuando mierda va a dejar de decir tantas pavadas.
Nada de eso.
Cada segundo de charla era aprovechado como si fuera el último.
Y como buenos hinchas, no dejamos de imaginar qué hacer por nuestro club.
Una mano a las inferiores. Botines o lo que sea.
Contame. Contame para eso. Contame para lo que sea.
Cero paja mental. Acción pura.
Y qué quieren que les diga, a esta altura era como si me estuviera mirando al espejo.
La cara del otro lado no era la mia. Pero lo único distinto era la cara.
Tal vez sea demasiado pretensiosa esta afirmación, pero así la siento.
¿Cuánto es maestro?
Dos pesos.
Deja, pago yo.
No, deja.
No, pará...
Eran dos mangos. Pero si hubieran sido cuarenta o cincuenta, la situación hubiera sido la misma.
Y no es porque sobre la guita. Si no que hay momentos que parece que no tuvieran valor.
Hincha, porrón, amigo. Palabras que son casi sinónimos.
Cuando el porrón está bien frio y es de los buenos.
Cuando el amigo es amigo.
Cuando el hincha prioriza a su club por sobre todas las cosas.
Este fue uno de los reportes que mas disfruté vivir y que se escribió acompañado por un baileys con hielo, la música de Fito y Sabina (no somos más que dos canallas, que no tiramos la toalla) y el Rosario de Central de jueves por la noche.
Dedicado a Leo.
Y sean felices canallas, que aunque el fútbol no empiece, nosotros tenemos la suerte de ser hinchas del glorioso Rosario Central.