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Por Eduardo Pace Vairo

Ni ebrio ni dormido

 

 

 

 

 

 

- 03.03.2003

Siempre le habíamos advertido al Colorado Quitadamo que encurdelarse con el blanco le traería problemas. En primer lugar con su esposa, gemela de hermana; en segundo término, con los vecinos del barrio Echesortu, porque cada vez que dormía afuera entonaba doscientas veces seguidas el "sapo cancionero" en medio de la calle Montevideo.

Los discursos se agotaban; nos cansaba, realmente. Los sabios consejos nuestros caían en sacas vacías cuando hacíamos la estadística de los fines de semana, en aquello de mandarse casi tres litros de la más berreta producción vitivinícola en oferta del almacén de Don Alberto Valenti. El Colorado era uno de esos tipos que fresco tampoco se lo entendía demasiado. Debía tener poca memoria o lo que es peor, una carencia notable de cerebro. En ciertas oportunidades no hilvanaba una conversación lógica y teníamos que examinarlo como los jueces de la Real Academia Española de Letras. O terminar todos en el psicoanalista. Fue así que también nosotros confundimos al comisario de la sexta con uno de esos que se ganan la vida hablando del legado de Sigmund Freud, para mal de males.

Tomarlo por costumbre era parte de la amistad, bien decididamente. Nos volvíamos anormales cuando lo llevábamos también a la cancha, y peligraba su integridad física cada vez que venía el amargafiestas de Atlanta. Un sábado por la tarde, mientras recibíamos a los niños de Villa Crespo, dejamos a medio morfar los chinchulines del flaco De Zetta y lo vimos al Colorado atropellar súbitamente el viejo Chevrolet verde estacionado en calle Alsina.

Atleta el muchacho, pese a que no se mantenía en pié. La lluvia era terrible. No sabíamos si el auto del flaco llegaría a Genova y Cordiviola, se quedaría a mitad de camino o terminaría flotando en las playas del Espinillo. Lo cierto fue que el pelirrojo sacó de nuevo pasaje gratis, pese a nuestras súplicas de no hacerlo. Habíamos prohibido fumar en el coche; la baranda a alcohol era insoportable y por legado, no despertar a nuestro compañero de rutina sabatina.

El flaco rezaba cada vez que al Chevrolet le ponía segunda. El aguacero era peor que aquel del 25 de mayo. Pensábamos que así el partido no se jugaba y al menos teníamos la posibilidad de mentirle al Colorado para traerlo dormido a la vuelta. Pero no fue así. Los micros lentamente anunciaban que el encuentro no se postergaba. Otra vez Atlanta. Otra vez, pero esta vez jugando con nosotros el ascenso del 84. Otra vez a luchar a brazo partido contra el espécimen de esponja humana. De Zetta, yo, el narigón Marzunio y Quito Aranda habíamos decidido abandonarlo a su suerte. Lo dejamos en la entrada de las populares de calle Génova y venirlo a buscar a la salida. No sabíamos si había entendido, pero igual lo hicimos.

Bajó del coche demasiado dormido, tambaleándose. Pisamos el Chevrolet como el Flaco Mouras, giramos por Cordiviola y desaparecimos. Misión cumplida, al menos. Un problema resuelto, incluso con los socios de Regatas. Nos apostamos a las tres y cuarto en un recodo de la popular, con la lluvia de frente y de costado. Palpábamos una sensación de angustia de haberlo traicionado al Colorado, pero gracias al flaco podíamos cambiar de tema como un noticiero. Hablaba del rival, de las estadísticas, del campo de juego, de la oscuridad reinante, de todos esos fatos que nos distraían por un momento.

Esa tarde, Atlanta vestía la misma camiseta de Rosario Central, el mismo diseño, todo igualito y a la perfección. Confundirse no era un despropósito. Central, todo de azul. Inspiraba un no se qué mirar a un equipo contrario como si fuera el nuestro. El césped estaba magnifico, sin lugar a dudas. El agua auguraba trabajo para los alergistas de turno. La pelota va y viene. Nadie encuentra el rumbo en la cancha. Tiro libre para Atlanta, en el área chica, previo aviso de un penal que no fue cobrado, pero una infracción demasiado peligrosa. Un buscapié. Dos minutos del segundo tiempo, en el arco de la Avenida Génova. Gol. El escenario del diluvio que no cesa. Allá distinguí a un espectador, bajo el tablero, que gritaba como loco. Gesticulaba. Corría, bailaba, agradecía. Todo eso.

Mientras, mis amigos y los demás, injuriaban al extraño personaje, que parecía ser uno de la hinchada visitante, yo ajustaba mis anteojos para observarlo mejor. La intuición me dio la razón. Era el Colorado Gualterio. Sin entrar aún más en los detalles, seguí el desarrollo del partido, escuchando los mejores insultos dirigidos hacia él de parte de los ocasionales vecinos de tribuna. Así terminó la historia. Uno a cero.

Fuimos a buscar el auto y decidimos secuestrar a Gualterio mientras caminaba lentamente por calle Avellaneda, con evidentes signos de haberse empapado hasta los calzoncillos. Lo incorporamos al Chevrolet y de allí en más el silencio fue sepulcral, en espera de que alguien dirigiera la primera palabra.

El pelirrojo nos ganó de mano.

-No entiendo nada, dijo, ganamos, jugamos bien y la cancha se quedó muda-

Allí recordé las sabias palabras de Mariano Moreno.


Lic. Eduardo Pace Vairo

Manfredonia - Foggia- ITALIA