Por José María Suárez *
¿No volveremos a ser como antes?
- 07.06.2003
Tiempo atrás, no mucho -cincuenta años no es nada en la dimension de la existencia- cuando todavía nadie había descubierto aquí en nuestro querido pais, que para detenerlo, atontarlo, paralizarlo, gobernarlo al albedrío de los que trepan a los cargos publicos sin la obligada idoneidad o la necesaria capacidad, no hay nada mejor que apuntar al destrozo de la educacion y la salud, yo me divertía de lo lindo trabajando de maestro de grado en el primero inferior turno tarde en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta de la Capital Federal.
La tarea en el grado inicial tiene sus complicaciones, sus agradables complicaciones porque al no existir en esa epoca los jardines de infantes, es decir la preescolaridad, todos los pibes llegaban a la Escuela el dia de la apertura de las clases temerosos, desconfiados y sin saber qué diablos iban a encontrar en ese Edificio enorme donde los meterían sus papas y sus mamás para dejarlos en manos de un desconocido que ellos miraban como a un monstruo de los cuentos de Calleja que se pasaba las horas tratando de martirizar al hada buena.
Atento a que en tal epoca (1953) todos los chicos eran hinchas de fútbol me puse a pensar en la manera de evitar el llanto y los pataleos del primer día. Elimine de las paredes de mi salón todos los cuadros con figuras de próceres (ya me ocuparía de ello en su momento) y los cubrí de banderines de todos los clubes afiliados a la A.F.A. y laminas de los jugadores entonces mas de boga. ¡Éxito total! Los pibes se soltaban de sus padres y se metían en el aula como a una fábrica de chocolatines mientras yo le preguntaba uno a uno de qué cuadro eran. Sin embargo, el método contó con su excepción. La excepción se llamaba -se llama- Enrique Ochoa un petisito que se agarró, aquí cabe el termino de los pantalones de su papá y se largo a llorar a moco tendido negándose siquiera a poner un dedo del pie dentro del salón..Le hable cariñosamente, pretendí comprarlo con caramelos, engrupirlo con juguetes pero no logre nada. El papá lo retorno al vestíbulo donde aguardaba la mamá y regreso para decirme algo en voz baja. Luego el matrimonio se llevo al hijo a su casa para aparecer nuevamente al día siguiente. Lo arrastraron hasta el aula, lo metieron de prepo, le levantaron la cabeza para que observara un punto de la pared y al pibe se le abrieron los ojos como cobres de dos centavos, cambió el sollozo por una sonrisa y se fue derechito al banco que le señalé mientras sus compañeritos, ya los había alertado, estallaban en aplausos de bienvenida a la par que coreaban: “¡Rosario Central! Rosario Central! ¡Rosario Central!”
¿Qué había sucedido? Había sucedido que en las paredes cubiertas de banderines faltaba el de Rosario Central, que yo no había conseguido ni me preocupé en conseguir pensando en la inexistencia en Buenos Aires de pibes hinchas de los auriazules rosarinos.
El padre me lo dijo, yo busqué el banderín, lo compre, lo colgué y obtuve el alumno más brillante de ese año…
(*) José María Suárez es el decano de los periodistas acreditados en la A.F.A.
Enrique Ochoa es, desde hace muchos años el Representante de Rosario Central en la Asociación del Fútbol Argentino.
Publicado en la desaparecida Revista “Humor” en una de sus ultimas apariciones.