Por Sebastián C. Zanni
Una noche en comunión
- 10.03.2004
Los hinchas que concurrimos al estadio la noche del 26 de febrero de 2004 dudo que olvidemos el partido contra el Sporting Cristal, al menos yo, por cierto. Hubo un par de ingredientes que me llevan a recordarla casi constantemente.
“...en el Goloso hay una banda puta, que nunca tuvo aguante, que nunca va a aguantar.”
“Por eso yo, soy de Central...”
Rosario Central jugaba por
El segundo ingrediente era que apenas cuatro días atrás había fallecido el padre de Mariano Messera, lo que agregaba una cuota extra de afecto y solidaridad hacia el jugador en cuestión. De por sí es muy querido por la hinchada, dada su entrega y su profesionalismo en cada partido, pero en aquellos días, como recién mencioné, se le agregaba cierto plus muy especial.
“...canalla, de corazón...”
No había salido de titular, desde el arranque y era comprensible dado el obvio bajón anímico experimentado muy poco tiempo antes ante tan mala novedad. Pero estaba claro que la noche tenía reservado un momento, apenas un instante, muy especial, tanto para él como para todos los hinchas.
“...vamo’ vamo’ la Academia, te queremo’ ver campeón...”
El partido se había mostrado muy chivo, con un equipo contrario colocado casi por completo atrás (como todos los extranjeros y algunos locales que vienen a nuestra cancha) y especulando con el contraataque. Al término del primer tiempo, el descanso del cuarto de hora nos encontraba empatando sin tantos un partido al que para ese momento debíamos estar ganando por al menos dos goles.
“...leproso puto, te falla la memoria, porque ese cuatro a cero no se olvida jamás...”
Allí tuvimos ocasión de darle una muestra de nuestro cariño a quien había sabido ganarse nuestros aplausos y nuestro afecto de hinchas. En el entretiempo salió junto con los demás suplentes para precalentar y supusimos allí que estaba pronto a entrar dada la perfomance de un par de titulares y que se necesitaba de alguien en el sector ofensivo que le cambiara la cara al equipo.
“...veintidós años, te lo meté’ en el culo, leproso hijo de puta, ¿qué vas a festejar?...”
Tuve una premonición.
“¿Y si entra y mete un gol?”
Es lo que le dije al que estaba al lado mío. No podré olvidar el pequeño escalofrío que me recorrió la espalda sólo imaginándome la escena.
Comenzado el segundo tiempo, Central casi no paraba de errarse goles. Tal como preveíamos desde las gradas, Russo metió dos cambios. Uno de ellos fue el de Messera por Carbonari, dado el esquema ultra defensivo de los peruanos por el cual necesitábamos un defensor menos y un volante ofensivo más.
A la media hora del complemento, baldazo de agua fría. Córner desde la derecha, cabezazo de Luis Bonnet y uno a cero para el Sporting. Nadie podía creerlo, menos cuando Central se erró otros dos goles casi hechos merced a las masitas de Vitamina y Cámpora.
Los minutos pasaban y la cosa no pintaba para el cambio, a pesar de la baja calidad del conjunto contrario, sobre todo de los defensores, que no paraban de revolearla a cualquier lado.
El partido se terminaba y nuestro invicto internacional también.
“...en el Goloso hay una banda puta, que nunca tuvo aguante, que nunca va a aguantar.”
Casi no podía soportar ver el tiempo pasar en el autotrol. Cada minuto era una puñalada certera en nuestro orgullo canalla.
Es allí cuando –siempre, sin excepciones, está comprobado- aparece, asoma el jugador distinto, aquél que cambia el transcurso de la Historia sólo con una casi fugaz aparición en el área, más allá de que en el medio estaba siendo un león y que se notaba el cambio positivo experimentado en el conjunto local a partir de su ingreso.
Ya había concluido oficialmente el partido, pero estábamos en el transcurso del segundo minuto de descuento agregado por el árbitro. Es decir, presenciábamos impávidos cómo nuestro equipo, en el minuto noventa y uno, caía por uno a cero frente a un mediocre equipo peruano.
Aunque no estaba todo dicho.
Centro de Emiliano Papa desde
Uno a uno y a cobrar.
El estallido de una bomba en medio del campo de juego no hubiera tenido el mismo efecto. Casi cuarenta mil personas gritamos ese gol con el alma y el corazón, nos abrazamos y poco me faltó a mí mismo para que un par de lágrimas cayeran por mis mejillas, profundamente emocionado.
Si adeudaba algo para que terminara de meterse de lleno en el corazón del hincha, acababa de saldarlo con creces.
¡Grande Mariano! ¡Nunca te vayas!
Sebastián C. Zanni