Por
Buqui Vatalaro
El pudor de nuestros ídolos
- 08.02.2003
Recuerdo que era una tarde de otoño, al menos así la imagino ahora, o de invierno, no lo sé. Hermosa, soleada y fresca, naturalmente diseñada para ver al viejo Central, alentando desde las tribunas del Pre-Gigante.
Eran los revoltosos y siempre bien recordados años ´60; el rival ¿qué importa el rival?. Lo importante es que jugaba el más grande de todos y, como sucedía usualmente, a cancha plena.
Mi padre, “ El Coco” para los amigos, mis hermanos y yo, como siempre “ensardinados” entre la muchedumbre aguardábamos la salida del equipo, junto al resto de los canallas, parados en el codo de la incipiente tribuna superior sobre calle Cordiviola más cercana al Club Regatas, dispuestos ya con los papelitos en mano que prolijamente cortábamos durante las semanas previas a nuestras localías.
Por aquellos años, la salida de los jugadores a la cancha se producía desde los tradicionales túneles subterráneos que se abrían como bocazas dispuestas en el mismísimo césped. Se abrían y cerraban con sendas puertas metálicas a modo de tapas corredizas, de color verde oscuro, que se desplazaban sobre rieles dispuestos para tal fin.
Además, es bueno recordarlo, en el Pre-Gigante los túneles de salida estaban ubicados, por entonces, sobre calle Cordiviola, y dispuestos de tal manera que los visitantes aparecían del túnel más cercano al centro de la cancha mientras que los nuestros lo hacían de aquél más próximo a Regatas. La fragilidad de mi cincuentenaria memoria me impide recordar, con palmaria exactitud, si había también una tercer salida para la terna arbitral; me parece visualizar, a la distancia, que la salida del árbitro y de sus asistentes se producía desde el túnel de los locales.
Debe haberse conmemorado, ese domingo, alguna de nuestras fechas patrias. Digo esto por dos motivos: en primer lugar porque, por aquellos años, el pueblo argentino tenía un marcado sentido de pertenencia con la Patria Grande y siempre se festejaban las fechas más trascendentes. Entre otras cosas con desfiles cívicos militares, con tempraneras chocolatadas en instituciones estatales y en las escuelas públicas, con festivales de hondo contenido patriótico, engalanando con banderas celestes y blancas las ciudades y los pueblos de todo el país, con bandas de música entonando marchas y canciones alusivas, bailando el pericón en los escenarios, ofreciendo espectáculos escolares infantiles para toda la infaltable familia, donde cada uno de los niños-alumnos interpretaba un personaje ligado a nuestra rica historia, lamentablemente ya olvidada por casi todos.
Y, en segundo término: porque, prolijamente formada en las cercanías del mástil, que por entonces se erigía orondo sobre el codo de Regatas y Cordiviola, estaba la banda militar de música esperando también por la salida de los equipos a la cancha. Prolijamente ubicadas sobre la base de cemento del mástil, aguardaban ser izadas las banderas argentina, de la AFA y el banderín triangular de Central en ese orden.
De pronto, cuando la entendible impaciencia de toda la canallada llegaba a su máxima tensión, apretando los papelitos, sosteniendo las banderas, vociferando los más tradicionales y eternos cánticos centralistas, con todas las miradas puestas sobre la negra boca del túnel local, por fin apareció el equipo encabezado por su recio capitán: Carlos Timoteo Griguol.
El silencio fue total, sepulcral diría yo recordando ese momento. Como una horda de miles de centralistas boquiabiertos, estupefactos, sin poder reaccionar, todavía con los papelitos apretados en las manos, permanecimos durante varios segundos mirando cómo los once trotaban, con evidente pudor, hacia el círculo central.
“¡Los jugadores estaban vestidos con un coqueto saquito azul, tipo blazer estudiantil, sin solapas, pantalones cortos, medias y botines!”. Recién cuando elevaron sus brazos para saludar arrojamos los papelitos en medio de un respetuoso silencio. Una verdadera escena “fellinesca... kafkiana”.
Luego, formaditos como en la escuela, con Timoteo al frente, se dirigieron hacia el mástil donde aguardaban otras personas que presumo directivos del club y el equipo rival que, debo pensar, nadie de los presentes esa tarde recuerda ni recordará nunca.
El silencio fue transformándose en risas, en un interminable murmullo cómplice. Los jugadores lo percibían seguramente. Luego todo el estadio fue una sola carcajada. Aparecieron las lágrimas de risa en los hinchas que, a esta altura, se tomaban de la panza a la vez que señalaban con el índice hacia la correcta formación en línea frontal, para colmo mirando hacia las tribunas, de los 22 jugadores y las autoridades, todos en apresto para izar las banderas y cantar el Himno Nacional Argentino.
Timoteo, nuestro capitán inmutable, serio, impertérrito ante la “tragedia”, con pasos firmes y decididos, sin atender a las risotadas de su hinchada, salió de la formación dejándola detrás, a su espalda y, junto con el otro capitán, izaron las banderas. Luego, una vez formados nuevamente junto al resto de los planteles, se entonaron las célebres estrofas.
No puedo ponerle palabras a ese momento; es imposible describirlo. Se cantó el himno con la más mínima solemnidad jamás presenciada, toda la gente tratando de contener las risas y pretendiendo, a la vez, cantar con seriedad nuestra canción mayor.
Mientras tanto los jugadores, haciendo gala de una correcta postura casi castrense, formaditos en línea, con un leve rubor en sus caras, cantaban el himno con debido respeto, mientras que, por su ubicación en la ceremonia, debían mirar de frente, nada menos, que a toda la hinchada que, a esa altura de los acontecimientos, ya daba por justificado el pago de la entrada antes de que, siquiera, comience el partido.
Resultó ser -luego nos enteramos todos- que, según las malas lenguas, el entonces técnico Miguel Ubaldo Ignomiriello, por causas supuestamente esotéricas, propias del ocultismo y que se nunca serán conocidas, resolvió que ese día los jugadores salgan así vestidos a la cancha.
Pasaron muchos días en que no pude conciliar el sueño debido a la risa que se me había instalado en mi memoria visual, recordando el “porte y la pinta” de Timoteo izando las banderas, sumada a la imagen tragicómica del Bocha Bielli, del Gato Andrada, de la Chocha Casares, del Negro González, del Coco Pascuttini, del Chino Mesiano, del Gordo Palma, del Oreja Giribet y hasta de nuestro Prócer Máximo, el Aldo.
Se quitaron los pitucos saquitos azules con una premura inusitada, como queriéndose despojar del ridículo. Debajo lucían glamorosas camisolas auriazules, estilo guayaberas, con cuello abierto y bolsillo tipo placa sobre el pectoral izquierdo, abotonadas en el frente y a rayas verticales para envidia del mismísimo Yves Saint Laurent.
Nadie recuerda el resultado del partido, claro. A los quince días, empero, todos aguardábamos un bis que nunca se produjo.
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)