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Por Eduardo Pace

Concierto de Mujeres

Opus Oficial Numero Uno

 

 

 

 

- 28.01.2003

Como simple hombre amante del buen espectáculo, siempre llevo adosada a mi valija de recuerdos las épocas en las cuales mi padre abusaba de su generosidad llevándome a escuchar los mejores conciertos del teatro El Circulo, los viernes por las noche, sabiendo que una vez finalizados iba a terminar comiendo unos suculentos carlitos con gaseosa en el bar de Laprida y 3 de Febrero. El fin justificaba los medios. Quedaban así registrados en mis bellos tímpanos las más variadas melodías del romanticismo italiano de Giuseppe Verdi, el homogéneo y dramático novecentesco de Giacomo Puccini o bien el particular vanguardismo del inconmensurable Juan Carlos Zorzi, hijo adoptivo canalla de nuestras tierras.-

Empero, a estómago lleno, ya podía hablar con claridad del desafinado corno del maestro Miguel Frontuto, si la fiel trompeta del Gringo Fregappane se había octavado un poco o bien de los timbales del maestro Antonio Cinnio, mal estirados como en otras noches. Mi padre, obviamente, admirador de mis conceptos mientras yo por lo bajo eructaba por cuarta vez los tostados de jamón y queso. A la salida del pequeño bar quedaba con el interrogante si al domingo próximo me llevaría a ver un nuevo espectáculo que, por cierto, de sinfónico no tenia nada en absoluto, pero se emparentaba demasiado a varios solos de sopranos líricas de registros extremadamente agudos. De ellos, los más exitosos compositores del momento hubieran sacado buen provecho, con perdón de la palabra.-

Solos de rabiosas femeninas que me deleitaba en escuchar cuando la vieja popular de socios de Regatas era de una sola bandeja y sobre el codo derecho, casi en su intersección a la salida de calle Cordiviola, se erigía circundada de vetustos alambrados la terrible tribuna de mujeres. En la balanza de criterios jamás pude decirle a mi padre que gozaba mucho más la belleza tímbrica de mi señora madrina, ya vitalicia en esa época, que un aria misma de cualquier bruta imitadora de la Maria Callas en el teatro de Mendoza al 700. A unos ochenta metros de las gradas, en donde hoy hace codo la techada, pasaba los tristes y aburridos minutos de cualquier partido sintonizando los epítetos de esta colosal vecina de Jose Ingenieros y Cortada Marinero Fernández (ex 77) que por su madurez espiritual y vocal no hubiera sido un error proponerla como primera soprano del Teatro Colón, sin ir mas lejos. Mi tía ya sabia de antemano a qué rival putear, con la misma consistencia que Anatoly Karpov jugando frente a un americano, motivo para tratar de digerir los pesados ravioles domingueros de su hermana Elena u olvidar una durísima semana de ventas en el negocio del ramo fotográfico. Puedo recordar, asimismo, a otras tantas dignas de antaño, veneradas tanto en mi memoria igual que las bravas legionarias de la salteña Juana Azurduy. Valga la redundancia, las nuevas generaciones ya no se acuerdan ni de una ni de otras.-

Hubiera sido un gran placer haberlo invitado al maestro Zorzi para dirigirlas. Con sus particulares métodos de conducción orquestal, el gran maestro de la Sinfónica ya desaparecido las hubiese homenajeado componiéndoles una obra: Concierto de Mujeres, Opus de la Oficial Numero Uno. Allí podría hacerse eco de la sonoridad mas pulida que se haya conocido en las historias corales femeninas, versión aggiornada de diversos modismos libres y contemporáneos, con textos de las madres visitantes.-

Un ilustre ingeniero rosarino, amante de los números como ninguno, ha aportado su grano de arena a este escrito haciéndome saber que se registran datos y estadísticas muy concisas que denotan una reducción notable en el número de tiros de esquinas ejecutados por equipos visitantes desde ese ángulo preciso, opuesto al que mira al río Paraná. Puedo llegar a suponer que nuestros rivales gozaban del encanto musical femenino, del rabioso aliento en nuca de estas colosales mujeres para encontrar excusas y tirar la pelota para otro lado.-

Claro, era de esperar que la madrina retornaba al cuartel hecha pelota. Pasarían dos largas semanas para recuperar el hilo de voz que la caracterizaba. La tía Elena jamás le dijo nada; caer en manos de su hermana seria terrible, en el peor de los casos. El culo del arquero visitante se congraciaba tras cada mate amargo digestivo mientras apelaba con sagacidad a rescatar alguna galletita dulce antes de caer en manos del gato Pebeto. Yo la observaba y esperaba el momento en que ella, mi padre, el nono y mi hermano cerraran el debate de la tarde, nada envidiable con aquel manifiesto en el Cabildo Abierto del día 22 que tiró a Cisneros por el puerto de Buenos Aires. Luego de un improrrogable bostezo, los mayores se dieron cuenta que era hora de que interviniera en el asunto en el momento que la brava mujer de Arroyito me interpelaba :

- Ahijado, ¿qué le pareció el partido?.-

Miré fijamente a Pebeto cómo marcaba mi cuadragésima galletita dulce que ingresaba en mi boca y denotando precocidad le contesté:

- Muy bueno madrina, pero la felicito porque usted putea como los dioses.-

Quedó evidenciado que no sólo para la música tendría un oído de tísico. Al menos hoy puedo agradecerle a la veterana vecina de Arroyito que para ser un gran ejecutante, no es necesario aprenderse de memoria los textos de teoría y solfeo.


Lic. Eduardo Pace Vairo

Manfredonia (FOGGIA) Italia