Por Sebastián Zanni
Diecinueve de Diciembre de 1995
- 28.07.2003
Todavía recuerdo el nerviosismo de aquella semana, plagada de cargadas hacia nosotros, los canallas, por parte de los leprosos (aunque vale decir que también las hubo por parte de hinchas de otros cuadros, nunca sabré por qué, pues Rosario Central era el primer equipo argentino en la historia del certamen que llegaba a la final del mismo).
Claro que imagino que estas cargadas sólo eran motivadas (obviamente) por el odio entre ambas hinchadas y por otra parte debido a los celos que les originaba ver al enemigo de siempre en una final internacional, más allá de que se empeñen en llamarla “la copa de leche”. No sé por qué este mote, dado que fue jugada y ganada por el San Pablo de Brasil apenas un año después de ganar su segunda Libertadores al hilo y también doce meses más tarde de haber obtenido la Supercopa. Es decir, había obtenido los dos trofeos más importantes de Sudamérica hasta el momento (uno de ellos dos veces) en un lapso de quince meses sin contar la por ellos llamada “copa de los segundos”.
Tampoco sé por qué esa ironía de su parte, dado que Central había clasificado al menos a la Conmebol y ellos a ninguna cita internacional, ni de primera clase, ni de segunda, ni de tercera. Esto significaba que nuestra querida y amada Academia había quedado muy por encima de ellos en la clasificación general de la temporada doméstica, aunque se empeñen en querer justificar ese detalle con burradas.
La dolorosa y humillante derrota por cuatro a cero sufrida en Brasil, en el mítico estadio Mineirao (en donde el Atlético Mineiro, rival de turno, ejerce la localía en torneos tanto domésticos como internacionales, al igual que el Cruzeiro), hacía presagiar que la historia en el partido revancha a jugarse en Rosario no sería muy distinta que la desarrollada durante el de ida.
Pero claro que hay oportunidades en las que los pronósticos quedan hechos trizas ante la realidad de los acontecimientos, ante la evidencia de sucesos a los que ni siquiera soñamos con el mejor de los optimismos.
Recuerdo claramente que ese martes entré al Gigante con mi padre y mis dos hermanos. Teníamos plateas del lado del río y hacia allí nos dirigimos, situándonos en la bandeja de abajo. Estábamos cerca del arco que da a Génova, el cual, como todos sabemos, sería crucial en la definición del torneo.
Era escalofriante ver la cantidad de gente que había en la cancha aquella noche, tanto como apreciar la cercanía con el impecable césped sobre el que minutos después los jugadores estarían sin dudas dejando la vida.
Entraron los jueces. Apenas asomaron sus siluetas en la entrada de la manga la gente estalló en una feroz y atronadora silbatina, la cual me produjo una sonrisa y un comentario de mi padre: “¿Por qué lo silban, si ni siquiera empezó el partido? Esperen al menos a que se mande alguna cagada.”
No mucho después, ya casi sobre la hora del partido, entraron los jugadores adversarios, aquellos que representaban el último escollo de esa copa internacional, la primera para nuestro equipo. En ese momento pensé que en caso de que, milagro mediante, la ganáramos, la otra parte de la ciudad, esa que representa al sector infiel del fútbol en Rosario, diría que es “la copa de leche”, o tal como después la llamaron la copa de los segundos.
Todo lo que quieras, Ñuls, pero vos ni siquiera clasificaste a ella.
También supe en ese momento que en caso de que la perdiéramos las cargadas provenientes del sector pagano durarían meses.
Todos éramos conscientes, sin embargo, de que era muy difícil revertir un cuatro a cero. Nuestra presencia allí, la del hincha en el Gigante, se debía más que nada a un reconocimiento para los jugadores, que pese a haberse comido una goleada en Brasil habían dejado todo en la cancha y aquella noche sabíamos que volverían a hacerlo, porque de eso se trata vestir la casaca auriazul, significa no rendirse jamás ni siquiera en los escollos que a simple vista aparentan ser invencibles.
Al entrar nuestro equipo se me erizó la piel y un escalofrío me recorrió la columna vertebral, mientras desde los cuatro costados de la cancha (pese a todo lo que digan los paganos infieles y a los rumores que hacen correr al respecto, nuestro estadio estaba colmado, lleno total y sin lugar para nadie más) bajaban los aplausos, papelitos, gritos, cánticos, alientos de toda clase y un sinfín de reconocimientos más para una escuadra de primera que me emocionaron por completo y me hicieron sentir orgulloso de ser parte de la mejor hinchada del fútbol argentino.
Según una nota del negro Fontanarrosa publicada en los días subsiguientes, quedó claro que el recibimiento otorgado a Central al entrar a la cancha esa noche sólo puede compararse con el dado a la Selección Nacional durante el mundial de 1978 para el partido que debía disputar con Perú.
Tuve una fugaz visión: Rosario Central no se iría con las manos vacías.
El primer tiempo de ese cotejo fue muy peleado, aún cuando increíblemente para muchos terminó tres a cero a favor nuestro, a un gol de los penales y a dos de la ansiada hazaña.
Sufrimos todos con la expulsión del colorado Lussenhoff, pero a su vez disfrutamos con el raje al morocho del otro equipo luego de que un tumulto se armara en el área de ellos tras el segundo gol de Central, el que a la larga sería el primero del petaco Carbonari, de tiro libre, en aquella soñada noche.
De todas formas, en cierto sentido yo estaba medianamente tranquilo con mi escuadra. Sabía que había habilidad y aptitud en cada uno de los diez jugadores que quedaban como para revertir la situación y sacar adelante el resultado. Quedaba un tiempo, debía poder hacerse un gol si en el tiempo anterior habíamos hecho tres.
Comenzada la segunda parte, los minutos transcurrían pero las señales de ese gol no se vislumbraban. Los hinchas estábamos perdiendo la tranquilidad que los tres goles del primer tiempo nos habían sabido dar.
Por eso mismo, por la tranquilidad que estaba empezando a perderse, el minuto ochenta y siete (cuarenta y dos del segundo tiempo en la jerga futbolística argentina) quedará para siempre guardado en nuestra memoria.
Tiro de esquina para nuestro equipo desde la izquierda.
En lugar de mandar el centro a la olla de una, pase para el negro Palma, quien, levantando la vista, la empaló de primera para la entrada de Carbonari, quien, solito en medio del área (casi como si fuera un penal, aunque con la cabeza) metió un frentazo fulminante hacia la ratonera derecha de Taffarel, campeón del mundo con la selección de Brasil el año anterior en Estados Unidos.
Locura y delirio en el Gigante. Nos abrazamos todos, gritamos, reímos, lloramos... el cuarto gol duró en nuestra garganta tanto como esos tres últimos minutos, que parecían no querer pasar jamás.
Esa clase de sensaciones no pueden explicarse. No puede describírselas por más empeño que se ponga en ello, hay que vivirlas para saber de qué se trata.
Remontar un cuatro a cero en una final contra un equipo de Brasil no es algo que se viva todos los días ni algo que pueda transmitirse de manera sencilla. Quizás yo ahora describa en unas pocas páginas la cadena de sucesos de esa noche que más que real parece soñada, pero se necesitan varios tratados para detallar la pasión de la gente.
El pitazo final sonó en medio de la cancha por parte del árbitro, así que en pocos minutos más, al quedar igualados en goles, debía recurrirse a los penales para definir el título, el más importante para Sudamérica después de la Copa Libertadores por más que se lo quiera desmitificar con argumentos absurdos, ridículos y, si se me permite, estúpidos.
El primero en patear fue un jugador brasilero y para alegre delirio de todos nosotros la mandó por sobre el travesaño.
Pateó Palma y adentro. Uno a cero para Rosario Central, comenzábamos a tocar el cielo con las manos.
Los nervios no daban respiro, parecía que esa noche no había tregua para ellos.
El segundo brasilero también lo erró, por lo que seguíamos uno a cero. Parecía que la tribuna de Génova (que es el arco en donde se pateaban los penales) se venía abajo. El estruendo de la hinchada era ensordecedor.
Pobersnik disparó y adentro. Dos a cero para nosotros y un electro para el pobre corazón.
De nuevo ellos. Fue el turno de Taffarel, el arquero, pero esta vez no falló el conjunto brasilero en el disparo. Dos a uno.
Carbonari, el tercer pateador nuestro, tampoco falló. Le pegó muy bien, fuerte y al medio del arco. Tres a uno.
Ahora bien, si ellos erraban este penal, que era el cuarto para el conjunto de Brasil, Central era el campeón dado que la diferencia para nuestro equipo sería indescontable.
No tuvimos tanta suerte y la serie se puso tres a dos.
Pero nos tocaba a nosotros el cuarto penal ahora, con una diferencia aún interesante que nos seguía ilusionando. Con cualquiera de los dos penales que metiéramos seríamos los justos campeones (Central fue el único equipo en todo el torneo que de los ocho encuentros disputados ganó siete, contando el de esa noche).
Colusso era el encargado. Pateó al medio, sí, pero tan débil que permitió que el arquero reaccionara a tiempo y lo atajara, dejando la definición aún tres a dos a favor nuestro pero con un penal para cada uno por ser ejecutado.
El corazón de todo el mundo se aceleró aún más. Si erraban el quinto penal la Copa Conmebol 1995 era nuestra.
Pateó el brasilero y adentro. Tres a tres, con nuestro último penal aún por impulsarse, pero comenzábamos ya a asustarnos por el giro de los acontecimientos. Acababan de empatar, con un disparo más ellos, por lo que para asegurar la victoria el Polillita Da Silva (el último pateador por nuestro equipo) debía embocarla sí o sí, pues de lo contrario terminaríamos la tanda de los primeros cinco empatados y se venía el uno por equipo hasta definir.
Ese penal fue disparado con suma clase y categoría, tal como corresponde al jugador en cuestión. Al ver la pelota en el fondo del arco, el éxtasis alcanzado fue y será inigualable.
Central campeón de la Conmebol 1995, el primer equipo argentino en ganarla y el primero del interior en conseguir un logro internacional. Tiempo más tarde, este hincha se sorprenderá muy gratamente al saber que según un departamento de la FIFA (encargado de investigar las estadísticas) Rosario Central es el primero y hasta ahora el único (en julio de 2003, que es cuando redacto estas páginas) equipo en el mundo en revertir un cuatro a cero en una final y más tarde ganarla por penales. Ni siquiera en Europa (lugar de encuentro de los grandes clubes en las millonarias copas) se consiguen estas hazañas.
Ñuls, es hora de que aprendas. Por más que sigas pegando carteles, por más que minimices este importante logro de tu eterno y paternal adversario, calificándolo de “copa de leche” e insignificante, todos los canallas de corazón sabemos que te morías de ganas por ganarla (o por clasificar a ella, al menos, ya que JAMÁS CLASIFICASTE a la que vos mismo llamaste “la copa de los segundos”).
Ahora que ya no existe, te morís de ganas por entrar a cualquier copa, a la que sí o sí tendrás que ganar en la primera edición que juegues (eso es lo que hizo Central, pues en 1995 era la primera vez que participaba de la Conmebol) para poder rivalizar con el más grande y único de la provincia de Santa Fe: el Club Atlético Rosario Central.
Sebastián Zanni