Por Buqui Vatalaro
Cuando Perdimos el Rumbo
No solamente Central jugando en otra categoría, también algunos de sus hinchas, alguna vez, perdieron el rumbo
- 29.01.2003
Como ocurría todos los sábados, cada quince días, Juan Carlos y yo aprestábamos nuestros autos, una vez cada uno, alrededor de las ocho de la mañana, para viajar a donde sea a ver a nuestro querido Central jugarse una parada contra el rival de turno.
Ello ocurría allá por el ´85, año en que, por los errores de algunos y por las distracciones de muchos nos tocó, nuevamente, jugar en el campeonato de ascenso, perdiendo el rumbo hacia donde están llamados los grandes de verdad.
Las anécdotas se sucedían una y otra vez por entonces. Siempre habrá algo que rescatar del almacén de los recuerdos para poder escribirlo y deleitarnos con su lectura. Esta anécdota que te cuento, canalla, ocurrió uno de esos sábados “de gloria”, por así llamarlos.
Central debía visitar a San Miguel, un club que militaba también en el ascenso y que, según habíamos averiguado el día anterior, pertenecía a la Provincia de Buenos Aires.
Fueron muchas las canchas que visitamos acompañando siempre al nuestro. Claro, eran canchas pocos conocidas y muy difíciles de hallar en la mayoría de los casos. A las de Atlanta, Colón, Lanús, Racing o Bánfield llegábamos casi sin problemas pero, con las demás canchas como la de Deportivo Morón, Deportivo Italiano, Villa Dálmine, Sarmiento de Junín, All Boys, Los Andes, la cosa se complicaba bastante.
Es verdad, cada viaje nos dejaba impresa una o más anécdotas que perdurarían para siempre y que, aún hoy, todavía las recordamos en cada encuentro con Juan Carlos. Pero esta que te cuento, canalla, ésta sigue siendo la más recordada por ambos.
Como iba diciendo, ese sábado el rival de turno era el Club Atlético San Miguel. Pues hacia allí partimos tempranito, hacia San Miguel, Provincia de Buenos Aires. Una de las actividades que más nos complacía, además de ver jugar al nuestro en sitios hasta allí impensados, era la perfecta organización del viaje. La idea regente era, inexorablemente, salir siempre temprano para viajar despacio, disfrutando del trayecto, matear durante el viaje y comiendo bizcochitos de grasa previamente comprados siempre en la misma panadería, por cábala claro. El auto se preparaba un día antes, tanque lleno (tiempos idos), agua en el radiador, 30 libras en las 4 cubiertas y parabrisas y luneta limpios.
Con nuestros “apenas” 32 años de edad, preferíamos manejar un tramo cada uno para evitar cansarnos y llegar con toda la furia a alentar al más grande. Casi siempre al llegar a los estadios, por así llamarlos, tardábamos en visualizar a la siempre numerosa y seguidora hinchada canalla porque, no sé por qué capricho del destino infiel, generalmente entrábamos por el otro lado, a pesar de nuestras respectivas experiencias en canchas de fútbol desde el año ´57, casi siempre aparecíamos por el lado de los locales con nuestras banderas y camisetas auriazules a la vista de todo el mundo. Nos corrían por aquí, nos corrían por allá, amenazas por doquier: ...“Lo vamo a mataaaaar, lo vamo...” nos repetían una y otra vez. Pero siempre zafábamos de las piedras y de los palos.
Cerca del mediodía arribábamos al lugar donde debía disputarse el encuentro, sea una ciudad o un barrio capitalino y dejábamos el auto lejos de la cancha para evitar que nos lo destrozaran porque, por aquellos tiempos, las patentes se identificaban por provincias y Santa Fe era la “S”; además debajo de la patente la palabrita “Rosario” les quitaba todas las dudas a nuestros enemigos. Luego nos dirigíamos a pie hacia un restaurante o comedor que escogíamos “según la pinta” y allí disfrutábamos de un almuerzo con bon vin antes de partir, definitivamente, hacia el estadio una hora antes del comienzo del partido.
Esta vez llegamos a San Miguel con alguna dificultad de orientación en algunos cruces de rutas, pero no más que eso, dejamos el auto y fuimos a almorzar tranquilamente según nuestra costumbre habitual. Ese día se había colado con nosotros otro canallón, más veterano, Guido, muy buen amigo. Tenía un entusiasmo más virulento que el de un pibe; estaba contento, exultante, con su banderita azul y amarilla de plástico desteñida, de los años setenta, de no más de medio metro de largo, colocada en un palito cuadrado de madera lleno de amenazantes astillas que dificultaban poder asirla y quedar ileso, corriéndose el riesgo de ensartarte una astilla y llevarla clavada en la palma de la mano por lo menos hasta el regreso a casa ya avanzada la noche.
Guido, en su juventud, había vivido en San Miguel durante unos pocos meses y pretendía, iluso de él, que lo lleváramos “un minutito a saludar antiguos amigos”, pobre Guido. Según él mismo afirmaba, el club San Miguel estaba cerca, a pocas cuadras del restaurante y, como era temprano, nos tomamos todo el tiempo para disfrutar de una prolongada sobremesa. Cerca de las tres de la tarde pagamos la consumición, mientras Guido había ido al baño y, haciendo uso de nuestro “canchero accionar rosarino y centralista”, Juan Carlos y yo le preguntamos al mozo:
Maestro, ¿por dónde queda la cancha?.
¿Qué cancha?, respondió amablemente el mozo, de unos 50 años.
La cancha de San Miguel.
San Miguel no tiene cancha, sólo una de bochas sin terminar.
Ja ja ja ... buen chiste maestro, pero en serio, ¿por dónde queda?
Lo digo en serio muchachos, ¿ustedes, adónde quieren ir?
A ver el partido que juega hoy Rosario Central con San Miguel.
Ah!, pero esa cancha está en la ciudad de Los Polvorines, a 72 km. de acá.
En ese momento regresaba Guido del baño, parsimoniosamente, acomodándose el oscuro pantalón, el cabello mojado, con un peine verde en la mano, aprestándose para “hacer sus breves visitas fuera de protocolo”, antes del partido.
Poco más de media hora nos llevó cubrir el trayecto desde San Miguel a Los Polvorines. Durante el viaje, y con la comida en la boca, nadie habló una palabra luego de que Guido intentara darnos explicaciones acerca del club San Miguel que él “conocía tan bien”. Llegamos con el partido recién empezado. Juan Carlos y yo con un gesto adusto, severo, intransigente. Guido, que todavía no lograba salir de su estupor, casi sin entender el por qué de tanta bronca y de tanta prisa, guardaba un silencio sepulcral.
Creo recordar que perdimos 1 a 0; creo recordar también que al Negro Scalise le anularon, increíblemente, un gol válido entrando de atrás y por la izquierda.
El viaje de regreso a Rosario fue interminable. A Guido “lo bajamos” en la esquina de Avda. Alberdi y French, todavía conservaba el peine verde apretado en su mano derecha. Hasta el día de hoy, cuando nos encuentra por las calles, intenta escapar.
Él se lo buscó. Con Central no se juega.
“Buqui” Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)