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Por Darío Casen

Yo fui enfermo de lepra

 

 

 

- 30.10.2004

Con todo respeto, déjenme tratarlos de amigos porque la gente de Central no puede ser otra cosa. Afirmo este sentimiento a partir de una de tantas de esas experiencias que te regala la vida, esas cosas que no te enseña nadie que tenga "nombre y apellido". Las cosas que se te dan y no se borran jamás del recuerdo porque no quedan en la mente porque (filosofando un poco) se escriben en el corazón.

En mi manera de ser, me considero un necesitado de sociedad. Esto me llevó siempre a buscar amigos (entiéndase amigo como la gente que te mantiene consciente que todavía se vive). Así que desde pibe frecuentaba la pibada del barrio sin discriminar entre canallas, bosteros, gallinas o leprosos - ¡viejo! - era pibe! - lo mío era jugar y compartir momentos.

La vida me llevó a conocer a un personaje en particular. Un leprosito. Pasamos la niñez creciendo y nos sentimos que tanto uno como el otro éramos de confianza mutua y que nuestra diferencia (yo canalla, él leprosito) no tenía por qué ser un motivo de no amistad... pero... la lepra es una enfermedad, "aclaro que es enfermedad y no pasión" porque la enfermedad te debilita hasta matarte y la pasión te alimenta y fortalece; y me dejé enfermar (perdón). En su forma, aparentaba ser un humano normal, común; pero en sus raíces, ahora lo se, era resentido y como todo aquel que guarda rencores de la vida y el pasado, era un arma escondida, un peligro. Y  la vida te hace crecer y como crece uno, crece lo que lleva dentro porque está allí en sus genes. Ya grandes, si en algo confiábamos era en esos espacios que, café mediante, nos hacíamos para llenarnos de la filosofía de lo cotidiano.

La cosa fue un viernes. Yo era estudiante universitario y estaba cursando mientras; lejos en el bar de J. J. Paso y Alberdi, un grupo de "amigos míos" entre los que estaba el leprosito de la historia, estaban destruyéndome, dándome todos con un hacha, criticando y hasta culpando de cosas inexistentes. Se supone que "el amigo defiende al amigo" pero ahora sé diferenciar entre amigo y leprosito... señoras, señores, gracias a ese hecho lamentable, me di cuenta que no se puede igualar amistad y lepra, ambas cosas son antagónicas. No fue necesario dar explicaciones a nadie. Yo tampoco las pedí.

Unos años después (ya recanallizado) me casé con el amor de mi vida. Ella (la busqué canalla) me propuso que invitara a la boda "al leprosito". Le conté la historia, como fue la cosa, pero insistió tanto en que no hay que ser rencoroso ni resentido, que aflojé y lo invité... para qué... se comportó como un inadaptado... mi "ex-amigo leprosito" casi me arruina la fiesta. Con el tiempo un sabio que es el abuelo de mi esposa y se llama "Don Algel Rubén" me enseñó que el leproso es resentido social, es amargo y donde cae un leproso se amarga todo en torno a él. Ahora lo sé. La vida te enseña cosas que es mejor aprenderlas en base a la experiencia de otros. Por eso señora, señor; cuide a sus hijos. Aléjelos de compañía peligrosa. No los deje juntar con la escoria de la sociedad. Por algo dice la voz popular "dime con quien andas y te diré quien eres" y esto es advertencia. Seamos precavidos.

Permítanme aportar un comentario: Desde tiempos muy antiguos, a los leprosos se los aísla para que no se mezclen con la sociedad por el obvio peligro que representan... Propongo que esto se haga también en Rosario...


Darío Casen