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Por Roberto "Tito" Bonano

Un viaje bien Canalla: Última parte

 

 

 

- 16.09.2000

Nuestro querido y recordado Tito se comunicó con nosotros a través de Charly Preis, para hacernos llegar un cuento que escribiera hace ya varios años, relatando un momento de su vida muy especial: un momento en el cual acompañaba a Central como hincha. Del relato que hemos dividido en dos partes se desprenden situaciones muy conocidas por todos los fanáticos.

Hoy Roberto Bonano es un profesional, y juega en otro equipo del país, con millones de dólares danzando siempre a su alrededor. Pero no ha perdido ese amor por los colores. No ha vendido su alma al diablo. Lo saben los que lo conocen personalmente . Y lo sabemos los que en una fría tarde de hace casi un mes, lo vimos en la cancha de River, esquivando el aplauso millonario para enfrentar a esos Canallas que lo saludábamos desde una tribuna con los brazos en alto, como diciendo "Acá estoy. Y nunca dejaré de ser Guerrero"

Gracias Tito por dejar todo cuando estuviste en Nuestro arco, y gracias por tener tan buena onda con los Canallas...

ROBERTO BONANO

"Los viejos me decían que era un afortunado porque me tocó vivir la época dorada de Central.

Yo nací en el 70, cuando el club creció enormemente en la masa societaria como consecuencia de los campeonatos ganados, la remodelación del estadio para el mundial del 78, la compra de la sede, la guardería náutica con playa al río y tantas otras cosas.

Esos mismos hinchas jovatos contaban que antes para ser canalla tenías que ser ferroviario, verdulero, obrero, o mejor dicho clase media para abajo, y si no porque te gustaban jugadores como Aguirre, Mur, Juárez, el Gato Andrada, Kempes, entre otros. Si bien eran fenómenos, jugadores extraordinarios, nunca ellos obtuvieron títulos para el club. Es mas, cuando salían de Rosario a jugar de visitantes era normal eso de perder por goleada, estaba asumido que éramos inferiores.

Cuando realmente empieza a ser grande Central es con el primer título, en el 71 con el Negro Jorge González, Landucci, Poy, Bóveda, el Chango Gramajo, Colman, siendo el primer equipo del interior del país en obtener un título de A.F.A. Por mi edad, aunque mi viejo me llevaba a la cancha, no recuerdo mucho.

En cambio donde comienzo a sentir amor por Central es en el año 80, con la famosa sinfónica de Don Ángel Zof.

Para un pibe de 10 años ya con ver el estadio caías sentado de culo, pero lo emotivo era ver cuando salía el equipo por el túnel. Te juro que se me hacía un nudo en la garganta, lloraba de la emoción viendo la popular estallar en miles de papelitos y cintas, de brazos agitados al aire acompañando un grito ensordecedor: Central, Central, Central!!, de los monos que saltaban colgados a las banderas, que caían majestuosas desde lo mas alto de la popu hasta besar el agua turbia del foso.

Y de fondo se escuchaba el anuncio desde la cabina de la voz del estadio diciendo: Aaaaateeennncion!!! La formación de nuestro primer equipo! En el arco con el número 1,Carnevalli; línea de fondo, Ghielmetti,Craiyacich,Bauza y García; en el medio Gaitán, Palma, Bacas; y adelante Orte, Marchetti y Trama.

Con este equipazo le ganamos a la lepra 3 a 0 en semifinales y a Racing de Córdoba 5-1 la primer final, después perdimos 0-2 allá pero dimos la vuelta olímpica igual, en la Docta.

Ahora, eso sí, ninguno fue tan especial como el campeonato 86-87.

Yo estaba en el secundario, en 5to año del San Francisco Solano, con una manga de vagos sensacionales como compañeros.

Viste que a esa edad uno quiere aventuras, entonces nada mejor que hacer un viaje con la hinchada pensamos.

La idea la trajeron Fabi Alonso y el Tucán Marcelo Britos que eran nuestros guías espirituales en varios aspectos. Ellos recomendaban los boliches de moda, contaban como levantar minas, nos hacían escuchar a Pink Floyd, a los Rolling Stones, todas esas cosas a boluditos que todavía íbamos a asaltos, nos matábamos con GIT, Los enanitos verdes, Soda Stereo y aún no habíamos salido del cascaron a la vida real.

Te inspiraban respeto, vestidos siempre última onda, le teníamos devoción a tipos como ellos que fumaban escondidos en el baño del colegio, tenían ideas políticas formadas, frecuentaban los puteríos y hasta iban al frente como gremialistas cuando el curso se metía en cualquier quilombo y querían amonestarnos a todos.

La cuestión que un día empiezan a empuarnos que del bar de Cafferata y Mendoza salían los micros para la hinchada a precios accesibles, unos diez australes creo, que incluía el viaje ida y vuelta con la entrada a la cancha.

Yo pensaba que si caía con eso en casa me sacaban a patadas en el orto. Acordate que todavía se acostumbraba el respeto por los padres, pedirles permiso para todo, avisarles que hacías y que no, muy controlado todo, no como ahora que los pendejos hacen su vida y no les importa un choto.

Así que tuve que hacer todos los preparativos en el mas estricto secreto. Esa semana no dejé trámite o mandado por hacer, aprovechando para guardar los vueltos, incluso asalté varias veces la billetera de mi vieja, era un trabajo de hormiga loco, juntando monedita tras monedita para que no se avivara. Fueron mis primeros ahorros, hasta juntar diez australes, pero el motivo valía la pena.

Recuerdo que andábamos excitados esperando que llegue el día del viaje, repasando los cánticos de Los Guerreros del Infierno, ese nombre autoimpuesto por la temible barra brava simbolizado en una bandera azul oscuro con una calavera desafiante en color amarillo.

El partido elegido para nuestra aventura era en Bs. As., contra Argentinos Jrs., que hacía de local en cancha de Ferro. Central venía primero seguido a un punto por San Lorenzo y por Ñuls. Era la antepenúltima fecha y había que ganar si o si para tratar de definir en el Gigante contra Unión.

Pero no era una parada fácil, enfrente estaban los bichitos colorados de la paternal con Batista, el Chivo Pavoni, el Nene Comisso, Castro, Ereros, Borghi. Venían de ganar la Libertadores 85 y habían perdido dignamente contra la Juve de Platini, Laudrup por 4 a 3 en un espectáculo grandioso de fútbol la copa Intercontinental.

Otro de los aspectos jodidos ahora que me acuerdo, era justificar mi ausencia hasta la madrugada, porque el partido se jugaba un día de semana a las 9 de la noche, así que tenía que buscarle la vuelta.

Me zafó que siempre andaba inquieto con los estudios, que iba a la casa de los amigos o que picoteaba con alguna minita, ya tenía el libreto algo armado.

Por fin llega el día esperado, me encontré con el Fabi, el Tucán y Pototo Bordignon en la esquina del bar que estaba repleto de gente.

Juntamos la guita y Fabi se mandó adentro para volver con los pasajes.

A los 5 minutos sale con una sonrisa triunfal y una mano levantada con papelitos de colores entre los dedos como si fuera un trofeo de guerra..."

2ª Y ULTIMA PARTE...

..."-Esto es lo que conseguí, me hicieron precio y todo- dijo Alonso mostrándonos los numeritos en distintos tonos, esos de las rifas de barrio.

Repartió uno de cada color para cada uno. Ahí tomé conciencia que debía subir solo al colectivo con unos energúmenos dispuestos a cualquier barbaridad.

Decí que fui precavido al irme bien reo, con el jean mas viejo ( el otro lo tenía para salir), una remera desteÔida sin marca, las eternas zapatillas Topper tenis de lona blanca y la campera de gimnasia atada a la cintura por si refrescaba.

El gran tesoro eran dos sandwichs de milanesa que contrabandié en casa y estaban envueltos en una bolsita de nylon escondida estratégicamente entre los pliegues de la campera.

De golpe, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo, salieron en manada los grone cantando, apurados, trepándose a los micros.

- Vamo viejita, vamo todo, la cadeee y la cadeee….

- Le rompemo el culo a lo bichito…

- Soy canalla, soy canalla soy… canten amargos.

Eran hormigas en un movimiento continuo de subir banderas, redoblantes, bolsas de papel y bártulos a los 10 micros que estaban en marcha calentando motores. Parecía un ejército jubiloso de monos golpeando las chapas despintadas de los ómnibus, repletos de tipos enardecidos yendo al frente de batalla.

A mis amigos los perdí de vista y subí al bondi que me correspondía casi pidiendo permiso, sin mirar para atrás. Me había tocado el segundo asiento, respiré aliviado de no ir en el fondo con toda la mersa de faloperos, violadores y choros.

Me senté rápido, vi las piernas del flaco que tenía al lado pero no levanté la cabeza para observarlo. A demás él estaba distraído gritando con medio cuerpo afuera de la ventanilla hasta un rato largo que el micro comenzó la marcha alejándonos de Rosario.

No pasó media hora cuando escucho la voz ronca del tipo de al lado que me hablaba.

- Fiera habilitame un fasito.

Alcé la mirada y encontré una cara redonda y negra, unos pelos oscuros de indio largos hasta los hombros y una boca generosa con tres dientes a lo sumo, amarillentos. El aliento era poco mas que asqueroso, pero notaba algo raro que no lograba descifrar.

Negué lentamente como disculpándome, un pibe de adelante giró y le puso un cigarrillo encendido en los labios.

No entendía nada, pero cuando presté mas atención pude comprobar que a su cuerpo le faltaban los brazos, tragué saliva con dificultad, quedé helado unos minutos observando como pitaba el cigarro sin que se le cayera, formando una ceniza larga que de tanto en tanto caía sobre su panza.

El ómnibus era un quilombo de tipos borrachos, chupando vino en cajitas de todas las marcas imaginables. Desde el fondo venía una nube espesa de humo, un aroma extraño, de porro o algo de eso que te reventaba la cabeza, y los vagos que estaban mas zafados y cargosos que de costumbre estaban aburridos.

- A ver que criaturita tierna se viene a sentar en el pelado…ja, ja

- Hermano que merca, pasame otra pastillita de ésas, macho.

- Dejá eso forro, que vas a hacer la gran Aldo Poy desde la segunda bandeja y te van a juntar con cucharita, trastornado.

- Y cual es loco?. Te recago a trompadas vigilante de mierda.

Medio que se fueron a las manos, tiraron un par de trompadas y los separaron enseguida.

En un momento uno dijo de parar a mear y de paso comprar algo porque tenía hambre, entonces me acordé de mi bolsita y rogué que nadie oliera el perfume aceitoso de las milanesas, porque corría el riesgo de ser acuchillado.

Fueron a comprar al minimercado, pero era la escusa para simular, porque pagaron dos gaseosas y se afanaron de todo. Saquearon el negocio ante la mirada resignada del empleado y seguimos viaje algo mas tranquilos, algunos durmiendo mansos, los viejos hablando de otras épocas o despuntando el vicio con un truco.

Afuera caía la noche sobre la ruta serena, a veces cortada por los bocinazos de un auto que pasaba a los pedos con la bandera centralista flameando sobre el techo. Pero de golpe no podía creer lo que estaba viendo, después del peaje de la entrada a Bs. As., había una montonera de micros estacionados y alrededor una marea humana saltando rítmicamente, como en las comparsas brasileñas.

Nuestro colectivo paró sobre la banquina y bajamos enloquecidos, eufóricos, cantando todos abrazados, teñidos de azul y amarillo. Ahí uno se da cuenta el poder, la magia del fútbol, como nos hermanaba la pasión por nuestra camiseta, sin medir clases sociales, si existían diferencias, ni nada. Fue un instante erótico, de gozar con la piel y el corazón, era el carnaval del alma canalla.

Desde ese momento los gritos retumbaron mas potentes en la noche porteña, queríamos provocarlos, despabilarlos de la indiferencia hacia un club del interior.

Llegamos a cancha de Ferro y copamos la popular, jamás esos añejos tablones de madera olvidarán como se forzaron para no quebrarse mientras 10.000 almas saltaban cuando el Negro Palma con un perfecto tiro libre desde 30 metros la clavó en el ángulo (como diría Pablo Saro, ni Tarzán llegaba a esa pelota) y después con otra genialidad del Tordo, pasando a cuatro rivales y cuchareándola por encima de la salida del arquero puso el 2-0 definitivo para gastarnos las gargantas y reventarnos en avalanchas contra el tejido, trepando como monos tití, sacudiendo el quieto alambrado, retorciéndonos de alegría, casi a punto del orgasmo.

El viaje de vuelta fue impresionante, un festejo sin fin, supremo, indescriptible, tenías que estar ahí para entenderlo. Porque al otro día en el colegio con Pototo, Britos y Alonso quisimos compartirlo con los demás, pero no, esas experiencias se viven, no hay otra.

Por eso te digo que para mi fue especial y lo será hasta llevarla conmigo al cajón, cuando me muera.

Finalmente ese equipo de Lanari; Hernan Díaz, Balbis, Bauza y Pedernera; Gasparini, Cornaglia, Palma; Escudero, Lanzidei, Galloni venció 2-0 a Unión en Rosario y con un empate 1-1 en la última fecha contra Temperley allá de visitantes, Central ganó el título de campeón 86-87 , un punto encima del segundo, nada menos que los putos leprosos que se querían matar todos.

Pero esa ya es historia conocida.