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Los números del prócer

 

 

En su mes, homenajeamos al más grande entre los grandes

Por Buqui Vatalaro

¡De pie señores! Su majestad... Aldo Pedro Poy

 

 

 

 

 

- 14.12.2002

Aquella noche de diciembre de 1974 lo vi caer al suelo, quedó tendido sobre el césped retorciéndose por el dolor, un sudor frío corrió por mi espalda y por la de otros miles de centralistas más.

Un silencio increíble se apoderó el estadio. Le estábamos ganando, una vez más y como era costumbre por entonces, a los del parque con las clases prácticas que dictaba este verdadero “Maestro”.

Fue su última clase, la culminación de un ciclo que se había iniciado el 3 de octubre del ´65 cuando, debutando en primera división, enfrentaba a los de Huracán allá en Parque Patricios, siendo aún un chiquilín y vistiendo la camiseta Nº 7.

Él sabía cómo correr en la cancha, hacer una cortina, en qué momento frenar, de qué manera aprovechar la mejor ubicación de sus compañeros para descargar la pelota o recibirla de ellos, conocía y explotaba muy bien la vitalidad de Aimar, el despliegue de Bóveda, las subidas de González por derecha, la potencia arrolladora de Kempes y la movilidad de Cabral o el mejor perfil de Gramajo. Junto con el Gitano Juárez, a mi criterio, fueron los dos mejores “jugadores sin pelota” que he visto. Siempre libre, desmarcado, buscando los espacios, anticipando las marcas y arrastrándolas. El Aldo fue uno de esos escasos jugadores que jugaban y hacían que los demás jueguen también.

Nació centralista, nació en Arroyito cerca del Parque Alem y del Gigante. Empecinado en mirar siempre, y desde chico, la red en el arco rival. Fue goleador en los baby de Leña y Leña y de Talleres hasta que Central se lo llevó a sus inferiores en 1962. Sin saberlo, en aquellos tiempos, el Aldo comenzaba a escribir esta historia de nunca acabar.

Luchó siempre, despejó los nubarrones de críticas que, en sus comienzos, bajaban de las tribunas del viejo estadio de Arroyito, cruelmente hostigado por una parcialidad canalla exageradamente influenciada y ganó. Ganó porque el Aldo... nunca dudó. Mostró su temple, nos hizo ver a todos, incluso a sus detractores, su coraje y su convicción de vestir la casaca Nº 9 del más grande.

La tribuna, entonces, comenzó a descubrir su fibra canalla y su enorme talento futbolero y fue rápidamente convirtiéndose en adicta a Poy, como sintetizan las crónicas deportivas de aquellos años. Alguien, alguna vez, ilusoriamente quiso llevárselo a jugar a otras tierras. Pero como la misma tierra llama a su gente, el Aldo esperó escondido en una isla y se quedó. Estaba llamado para realizar grandes proezas. Condenado a la inmortalidad, el Aldo se convirtió en ídolo, el más grande ídolo de Central de todos los tiempos.

En el ´70 Central quería ser campeón. Despojado arteramente por los intereses porteños de semejante halago, en una final lamentable contra Boca y contra el árbitro Ángel Coerezza en el Monumental, el Aldo se erigió como el abanderado, apretó los dientes, sacó a relucir toda su estirpe canalla y esperó la revancha que se produjo al año siguiente, por aquel glorioso ´71. Y fue campeón, por primera vez, junto a su Central querido de toda la vida.

El Monumental de Núñez, testigo presencial de sus amagues y gambetas, que un año antes había preanunciado el milagro que habría de suceder, lo tuvo como protagonista principal de su mayor canallada: imitó el vuelo de una paloma, se elevó por el aire y, con ese gol a los leprosos, pasó tempranamente a la inmortalidad aquel 19 de diciembre de 1971.

Supo decir el Aldo: “Aquella vez, cuando hice el gol de palomita, el pecho se me hinchó de alegría... Era algo difícil de explicar, parecía que iba a reventarse el corazón. Y corrí hacia la tribuna, hacia aquellos hinchas que nos habían seguido tantas veces a Buenos Aires, a San Juan, a Jujuy, a todos lados...Después recuerdo el retorno a Rosario. La gente me abrazaba, me besaban, me llamaban “Maestro”, “Ingeniero”, qué se yo...Un día tocaron a la puerta de mi casa y apareció una señora mayor. Traía una valiosísima pulsera de oro, con una leyenda tallada que decía, simplemente: “Gracias Aldo”.

Ese fue Aldo Pedro Poy como jugador. Cuando llegue su momento de ser un mito, llegarán otras generaciones de muchos otros canallas que repetirán la historia, que invocarán su nombre bajo el grito, también inmortal, y cada vez más guerrero: “Aldo Poy, Aldo Poy el papá de ñulsolboy”.

Pero es cierto, aquella noche de diciembre de 1974, el mismo año en que integró la selección nacional, se iba ayudado por los camilleros, con la rodilla destrozada, el gran ídolo centralista. Aquella bandera que empuñó el Aldo espera ser recogida, alguna vez, por quienes lo suceden. Él le ganó primero a su propia tribuna, haciéndole un gol sobre la hora, tribuna que lo convirtió, con la nobleza de quienes queremos bien, en su figura más querida.

Por eso Aldo te digo que hoy, cada vez que entro al Gigante, me hago ilusiones y te recuerdo casi en blanco y negro cuando de pibe te veía jugar con tu camiseta de piqué bien transpirada. Si todavía me parece verte correr por el Gigante que nunca te conoció, escondido detrás de tus enormes bigotes negros, al acecho de la oportunidad, quebrando la cintura cerca de la medialuna del arco rival, poniendo la bocha debajo de los tapones, tu cabeza levantada, junando la posición del compañero mejor ubicado para descargar. Recién vuelvo en mí, cuando mis hijas, una a cada lado sentadas en la platea, me tocan el hombro diciéndome: “Papá, estás llorando”. ¿Sabés qué pasa Aldo? que, cada vez que te recuerdo, cada vez que añoro aquellos tiempos de tardes de gloria azul y oro, o mientras escribo esto, qué se yo, se me pianta un lagrimón, de alegría por supuesto... y de nostalgia. Vos me entendés, claro.

Con el tiempo te has convertido en el más grande ídolo de todos y, lo peor del caso, es que lo sabés Aldo... lo sabés.

¡Cuánto te queremos Aldo Pedro Poy!, nuestro Prócer, mentor de un vuelo eterno y de mucho más. El agradecimiento de toda la hinchada de Central, de canalla.com, de los que te vimos jugar y de los pibes que no te vieron, nunca será suficiente.

Con todo mi afecto,


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)