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Un 15 de noviembre, pero de 1970, el Chango Gramajo convertía uno de los goles más recordados de la historia

Por Buqui Vatalaro

Chango quiere decir niño

 

 

 

 

 

 

Por Buqui Vatalaro

- 15.11.2002

Imagino que no era difícil la diversión para todos los pibes de aquel pintoresco pueblito de La Banda, en la provincia de Santiago del estero. La infaltable gomera, los perros vagabundos y las frutas maduras robadas de las quintas formaban parte del paisaje de aquellos pibes que, rara vez, podían darse el lujo de patear una pelota.

La pobreza era invitada permanente de aquellos humildes hogares y, cuando alguno conseguía “una pelota de verdad”, el picado se armaba enseguida y todos sus pequeños actores mostraban sus habilidades jugando descalzos. En verdad, todos se parecían en ese aspecto. No había muchos que usaran calzado y, si los había, no arriesgaban romper semejante “lujo”, un par de zapatillas, jugando a la pelota. Si hasta en los torneos de fútbol infantil se admitía, por entonces, que los chicos jugaran descalzos.

En esa geografía santiagueña nació, creció y se desarrolló Roberto Artemio Gramajo, El Chango, “nuestro Chango”, felizmente llegado a este mundo, en un hogar numeroso, el 28 de julio de 1.947. Pasó sin sobresaltos la etapa escolar pero sólo porque su padre era el mayordomo de la escuela y le perdonaban todas las travesuras que, su genio vivo y desenvuelto, le llevaba a cometer a diario con su natural desparpajo.

Después de varios torneos y campeonatos más o menos “en serio”, con la cancha marcada, camisetas todas iguales y hasta alguien que alcanzara un poco de agua durante los partidos, lo anotan en la quinta división de Central Argentino, en su pueblo natal. Comenzó allí el gran problema para el Chango: debía usar obligadamente botines de fútbol. Jamás los había calzado y le costó un enorme esfuerzo de voluntad adaptarse a ellos.

Un año más tarde, cuando apenas tenía 18 comenzó a presagiar que ese esfuerzo valdría la pena. Ya había debutado en la primera de su club siendo todavía un adolescente pero, la alegría de llegar a la división superior se contraponía con las obligaciones que ello le demandaba: detestaba las exigencias emanadas de su condición de jugador de primera división y, como años atrás en la escuela, más de una vez se hizo la “rabona”.

La selección de la Liga Cultural de Santiago lo tenía en la lista cada vez que había que defender los prestigios el fútbol lugareño. Hasta que llegó la grata sorpresa desde Rosario; otro santiagueño notable jugador y mejor persona que brillaba en el fútbol superior vistiendo nuestra casaca auriazul, el zaguero José “La Chocha” Casares, interesó a los dirigentes  de Central para que gestionaran su contratación.

Y en 1.967, el ojo visionario de La Chocha Casares y la decisión de un presidente notablemente emprendedor -Don Adolfo Pablo Boerio- posibilitaron la incorporación de Gramajo a Central. Su pase costó 4 millones de pesos, dinero de entonces, y ese mismo año debutó en la primera división demostrando sus notables cualidades, además de un abdomen impropio para un jugador profesional. El estreno fue el 29 de octubre de 1.967, en la 8va. Fecha del Torneo Nacional y no pudo ser más exigente; Central enfrentaba a uno de los finalistas del anterior Torneo Metropolitano: Platense. Ganó Central 3 a 0 con coles de Timoteo Griguol, del Prócer (antes de serlo) y del “Bocha” Bielli dejando, el Chango, una excelente impresión tras ese partido.

El Chango presentaba todas las características de un jugador físicamente “no trabajado” y, poco a poco, fue mejorando ostensiblemente. Mientras se ponía en forma, seguía acumulando experiencia en la reserva dirigida por el Pepe Minni, su técnico de entonces.

A partir de 1.968 ya sería titular definitivo en la primera. Responde siempre con su infaltable buen humor santiagueño, con su rapidez mental para definir una jugada y su enorme despliegue físico que contrasta con la imagen parsimoniosa de sus comprovincianos. El Chango era todo vitalidad una vez que fuera buscado y tomaba la pelota por el andarivel izquierdo del ataque centralista. Su pique corto era demoledor y lo iniciaba siempre imprevistamente, en apenas un metro, sorprendiendo a su marcador de turno que, cuando reaccionaba, ya había sido ampliamente superado.

El despliegue de Gramajo era tan motivador que hacía poner de pie a todos nosotros en las tribunas; cualquiera fuese el resultado de su acción quedaba flotando en el aire, por unos segundos, el murmullo de la gente. Sus momentos estelares coincidieron con los momentos de mayor brillo de Rosario Central. Adquirió la “manía” de hacerle goles a los del laguito y volver loco a su marcador.

A propósito de goles del Chango, éste que te cuento ahora, marcado en noviembre de 1.970, no me lo contaron, lo vi con mis propios e incrédulos ojos y lo grabé en mi retina para siempre: SI HASTA LAS LÁGRIMAS SE ME ESCAPARON. Aquella tarde en el chiquero fue para todo el pueblo canalla, una jornada inolvidable. Mi garganta de 18 años de edad, estuvo doliente durante toda la semana de tanto gritarlo, no quedó ni un solo leproso (ahora pingüino) por las calles, estaban todos escondidos, lo juro, avergonzados. El partido lo ganamos 4 a 1, si mal no recuerdo, no debieran confiar mucho en mi memoria, pero qué importa ese dato, ¿verdad?.

El Chango venía de hacerle un gol parecido nada menos que a Pepé Santoro, el uno de Independiente y por la TV, en “vivo y en directo”, como se decía por aquellos tiempos.

Si la memoria no me falla, me parece que fueron, los dos goles, muy seguidos uno del otro. El arquero de ellos era el pobre de Fenoy, el gol del Chango fue un presagio de lo que tendría que sufrir un año después, en el Monumental, con la palomita del Prócer.

Por Dios, lo que fue ese gol: apiló a un montón de ellos entrando al área por izquierda del ataque nuestro, creo que su marcador era un tal Musante, lateral derecho de la lepra, sobre el arco que da al palomar, en el chiquero, antes de rebautizarlo cubetera; enfrentó a Fenoy, le hizo una hamaca con la cintura y lo dejó sentado en el césped, pero al tranquito, cansinamente, bien a lo santiagueño, seguro de sí mismo. Llegó a la línea demarcatoria del gol, pasó la pelota 20 cm. dentro del arco, la puso debajo de la suela, luego la tomó con las manos y regresó trotando y sacando pecho hacia el centro de la cancha mostrándosela a la hinchada de ellos, FUE APOTEÓTICO, EXTRATERRENAL, LO JURO.

La canallada, emocionada, no gritó el gol como se grita cualquier otro, nos quedamos todos estupefactos durante unos segundos, sin reaccionar, hasta que despertamos y entonces sí, fue todo un delirio auriazul que, hasta hoy, recuerdo con mucha emoción y nostalgia. No es común, ni es fácil, ni es espontáneo gritar un gol semejante. A cualquier hinchada lo sorprende esa actitud.

Muchos testigos dicen haberlo visto con bronca y reprochar de mala manera dentro del vestuario al técnico, a la sazón Don Ángel, por haberlo reemplazado durante el encuentro final con Boca en el Nacional del ´70. No me consta, claro. Sí me consta, en cambio, haberlo visto aquella noche mágica del miércoles 22 de diciembre de 1.971, recogiendo un pase al centímetro del Prócer (ahora sí ya lo era), volcar todo su cuerpo, en carrera, hacia el costado izquierdo del arquero Irusta de San Lorenzo, para meterla por el otro lado, en el arco del hipódromo. Era el empate de Central y el primer paso hacia el primer título de campeón. Cuando lo vi correr hacia nosotros, gritando su gol, supe que no dejaríamos pasar esa oportunidad de salir campeones. Esa noche era nuestra noche. Y así fue nomás.

Un año después, las lesiones y las nuevas generaciones de futbolistas, determinaron su transferencia al fútbol de Grecia. Se cerraba el 16 de junio de 1.972, su último partido con la gloriosa a rayas verticales, un ciclo de casi 150 partidos en primera, de más de 50 goles y de una cantidad de afectos que hinchada y jugador nos prodigamos mutuamente, imposibles de medir a la distancia y que perduraron en el tiempo.

El Chango Gramajo, nuestro Chango, es un verdadero ídolo que posee, aún hoy, los auténticos valores que reconoce, celebra y aclama la incomparable hinchada de Rosario Central.

Para vos Chango, los que tuvimos la suerte de verte jugar y los que no, con todo nuestro afecto incondicional y eterno. Simplemente... Gracias.


“Buqui” Vatalaro

(Rosarino, tanguero y de Central)

 

Algunas imágenes son gentileza de www.mundocanalla.com.ar