Por
Buqui Vatalaro
Si lo hubieras visto jugar... Canalla
- 28.02.2003
Puedo decir con absoluta certeza que ningún centralista de ley, que se precie de tal, reputaría auténtica una historia de los últimos setenta años de la entidad si en ella faltara una mención muy especial para quien fuera uno de sus más genuinos representantes: el señor Alfredo Augusto Fogel. Tuvo una vocación, el fútbol, y un destino que jamás quiso torcer: Rosario Central.
Pérez, ciudad canalla si las hay -por entonces sólo un caserío, con talleres ferroviarios y gente humilde y de trabajo- lo vio nacer. Llegó a Rosario Central a mediados de la década del ´30 con la ilusión de vestir, como tantos otros jóvenes, la casaca auriazul en primera división. A poco de estar y luego de haber jugado en la cuarta, el sueño se cumplió: debutar en primera.
La irrupción de este jovencito fornido a quien de inmediato, y por el color de su cabellera, la popular centralista (todavía no éramos los canallas), haciendo alarde de una inusual e ingeniosa picardía bautizó como: El Colorado Fogel, no tardó en hacerse notar. El Colorado Fogel era ese chico de Pérez que supo aprovechar la oportunidad.
Ya en 1939, al editarse la revista del 50º Aniversario del club se señalaba que Fogel es el jugador que se hizo en base a la voluntad, ya que sus primeras actuaciones en primera división no pasaban de discretas. No sé si fue así, lo que sí sabemos todos es que muchos años después, cuando la mayoría de los jugadores ya declinaban en sus rendimientos, los centralistas de antaño supieron ver a un colorado fogoso, leal, incapaz de hacer un lujo innecesario como también difícil de ser sorprendido en un error.
Era el jugador prototípico hecho en el club. Por pinta, por presencia, por el respeto de su tribuna, de sus compañeros y de sus propios adversarios, tanto como de los árbitros, que jamás tuvieron que sancionarle una jugada brusca o una actitud antideportiva. Fogel lo hacía todo así, de la manera más sencilla y menos torcida. Por eso siempre es recordado como un señor, un lord dentro y fuera de la cancha.
Capitán del equipo por derecho natural durante muchos años. Mereció, además, ser tenido en cuenta para integrar los distintos seleccionados argentinos y jamás quiso, siquiera oír hablar, de supuestas transferencias a otras instituciones. En Central conoció los máximos halagos a los que podía aspirar como futbolista y, también, bebió los tragos más amargos y los momentos más tristes de su ejemplar carrera deportiva: los dos descensos de categoría, en 1941 y 1950 que lo tuvieron como protagonista.
Pero también allí, su fibra de capitán aguerrido, de hombre de agallas para derrotar a la adversidad, aportó la cuota necesaria para que aquel infierno tan temido de jugar en la Divisional B, se convirtiera en un mero pasaje de tránsito hacia un retorno esperanzado, cargado de triunfos y de glorias. Y volvió una y otra vez a primera, henchido de orgullo por haber cooperado en ambos ascensos.
Su enorme cariño hacia la divisa auriazul lo llevó, tras su despedida como futbolista en 1954, a actuar como director técnico del equipo superior. Desvinculado posteriormente de tal función, comenzó a devolverle a su familia todos los domingos robados por su otra pasión: Rosario Central. Y se alejó poco a poco del fútbol.
Hasta que llegó el amargo descenso de 1984. No me es difícil imaginar los tantos pensamientos tristes que habrán rondado por la cabeza, ya no tal colorada, de Fogel, quien resolvió retornar al escenario de innumerables triunfos para sumar su voz a los miles de voces canallas que, el amor por una divisa, reunía todos los sábados en el Gigante.
Allí, entre los plateístas, lo podíamos ver con sus, por entonces, sesenta y tantos abriles a cuestas, con más bríos centralistas que muchos jóvenes, con tantas ganas de gritar por un Central Campeón, remedando sus dos épicas excursiones anteriores en ese mismo torneo.
Su innata cualidad de líder, su condición de caudillo respetado y respetable, le colocó siempre en la necesidad de tomar decisiones propias y arrastrar con ellas a los demás. Por eso fue capitán. Por eso fue líder. Por eso este Señor con mayúsculas seguirá, por siempre, alumbrando con su ímpetu de muchacho tenaz y emprendedor el camino que muchos, carentes de su espíritu y de su fortaleza, no suelen encontrar tan fácilmente.
Para todos, el Colorado Fogel, siempre será quien tenga la mano extendida dispuesta, la sonrisa fraterna, la palabra cordial. Fue un jugador excepcional, por garra, por temperamento, por ganas, por pudor y, también, por vergüenza centralista a la hora de la derrota.
Alfredo Augusto Fogel: un verdadero ejemplo a imitar por todos nuestros jugadores de hoy y de siempre.
Buqui Vatalaro
(Rosarino, tanguero y de Central)